¿Quieres jugar?

“¿Quieres jugar?

Empieza por suponer que tu mundo no es tu mundo. Que nada de lo que piensas, sientes o haces es cosa tuya. Olvídate de la gente que conoces, nadie estará aquí para ayudarte. Olvídate de todo lo que sabes, las reglas son muy distintas. No podrás pensar en otra cosa más que en seguir corriendo e intentar escapar… si puedes.

Sólo hay una regla: no dejes que te atrape.

¡Que comience el juego!”

-(…)

Curioso cartel.

-(En serio, ¿a quién se le ha ocurrido poner esto en mitad de la calle?)

Volví al banco. Jill no tardaría en llegar. Ya hacía casi un año que no nos veíamos: entre los estudios, el trabajo y demás apenas coincidíamos, como mucho chatear y poco más. Ya tenía ganas de quedar otra vez con él, como en los viejos tiempos.

Apareció doblando la esquina. Alto, algo corpulento, con el pelo corto, barba de pocos días, chaqueta y los típicos vaqueros.

-Volvemos a vernos – le dije aún sentado.

-Si – me levanté para saludarlo con un apretón de manos. – ¿Cuánto tiempo hace, un año?

-Más o menos. Bueno, ¿adónde vamos?

-Conozco un buen bar cerca de aquí, si quieres podemos tomar algo.

-Marque el rumbo, capitán.

En pocos minutos llegamos a aquel bar. Él pidió un refresco. Yo una botella de agua. Generalmente pido algo de picar, pero… no me apetecía demasiado. Había algo que me intrigaba.

-¿No pides nada más? Mucho has cambiado tú…

-No, no tengo hambre hoy.

-Huy, huy, huy… a tí algo te pasa. Venga, cuéntaselo al Tito Jill.

-Jill, por favor…

-A ver, dime… ¿es por quien yo creo que es?

Perfecto. Recordándome que llevaba encaprichado de la misma chica desde hace años y que todavía no me había atrevido a decirle lo que sentía.

¿Qué? ¡No!

-Ya… pero quizá sea por otra cosa… u otra persona…

-…

-Vamos, despierta de una vez. No puedes estar siempre encerrado en esa coraza. Algún día tendrás que soltarlo todo.

-Lo sé.

-¿Y por qué no lo haces?

Ni yo mismo lo sabía. Incluso la gente con la que coincidía a diario apenas sabía nada de mí. Yo no hacía nada por solucionarlo… estaba agusto. Pero desde hace tiempo me iba asaltando la duda. ¿Por qué era así? ¿Aparentaba ser algo que no soy o simplemente era mi personalidad?

-¿Hay alguien ahí?

-¿Eh?

-Te has quedado embobado, como siempre.

-…

-Cambiando de tema… hay una chica detrás tuyo que no ha dejado de mirarte desde que hemos entrado.

-¿En serio? – Y como cualquiera habría hecho, me giré. O al menos lo intenté antes de que Jill me parase.

-Hey, no te gires, parece tímida.

Decidí seguirle el juego.

-Bueno, venga, dime. ¿Como es?

-A ver… – Levantó la cabeza para observar sin ser visto – pelirroja, alta, algo delgada…

-¿Con gafas?

-Sí. ¿La conoces? ¿Sabes quién es?

-No. No sé cómo se llama, ni he hablado con ella en la vida.

-Eh… es una broma, ¿no?

-Me temo que no.

-¿Y cómo sabes que tenía gafas? No me vengas con que ha sido pura suerte.

-Lleva observándome desde hace… a ver que cuente… cinco años, si no me equivoco.

-¡Cinco años! ¡Cinco! ¿Y ni siquiera sabes cómo se llama? ¿Tú estás tonto o qué?

-Nah, no me interesa.

-Que no te interesa… ¿no has pensado que puede estar en la misma situación que tú? ¿Sin atreverse a decir nada por miedo a no merecer lo que quiere? 

-…

-Tienes que decidirte de una vez. O te lanzas al vacío… o empiezas a fijarte algo más en el resto del mundo. No te conviene seguir así.

-…

-Piénsalo al menos, ¿vale?

-Que sí, pesa’o.

-Más te vale. Y ahora cuenta, ¿cómo te va en lo tuyo? ¿Sigues como siempre?

Seguimos charlando de cualquier tema hasta que empezó a anochecer. Era increíble cómo el tiempo podía pasar tan rápido cuando hablábamos, aunque fuesen las mayores tonterías del universo. No estaba así de cómodo con cualquiera.

-Bueno, ya nos volveremos a ver. Y a ver si no es al año que viene.

-Vaaaale, haré un esfuerzo.

Aquella noche no pude dormir muy bien. Lo más lógico habría sido que las palabras de Jill me estuviesen manteniendo en vela, pero… no era eso. Por alguna absurda razón, era ese dichoso cartel. Lo que decía era perturbador…


-(Ay… menuda nochecita…)

Bueno, pues a esperar al autobús para ir a clase. Apenas había dormido pensando en el dichoso cartel, así que parecía literalmente un muerto viviente.

-(Vaya, hoy el autobús se retrasa… ¿habrá atasco?)

Y seguía sin venir. Algo gordo tendría que haber pasado, nunca había tardado tanto. Pero el autobús no era lo único que no pasaba…

-(Qué raro… no veo a nadie por aquí…)

Comprobé la hora, como si fuese a cambiar algo.

-(Esto es muy raro…)

Por fin vi a alguien a lo lejos. Una sola persona. Quieta. Mirando al suelo. No se le veía la cara. Pero por su aspecto… pude reconocer quién era.

-(Uh… ¿qué hace ella aquí a estas horas?)

Era la chica del bar, la que Jill había notado verme de forma furtiva. Ya estaba acostumbrado a verla girarse en cuanto la miraba, pero… ahora daba miedo. Estaba al otro lado de la carretera, enfrente de mí.

-…

Levantó la cabeza rápidamente. Fue aterrador. Tenía la mirada perdida, como si estuviese en trance. Movía la cabeza de un lado a otro lentamente, como si estuviese siguiendo el ritmo de una melodía. Pero a excepción de mi reproductor de música… no sonaba nada. Y sólo yo podía escucharlo.

-…

Empecé a ponerme nervioso. Ahí seguía, inmóvil, sin hacer nada, moviendo la cabeza al ritmo de la música que sólo yo escuchaba. Todo estaba siendo muy raro. Lo más probable es que fuese un sueño. No estaba seguro, pero fue lo primero que se me ocurrió.

Volví a mirar la hora. Sin sentido, pero volvía hacerlo. Las agujas no se movían. Esperé unos segundos. Nada. Pensé en que se hubiese parado, pero la hora no tenía sentido, hace unos minutos lo había visto funcionar.

“Olvídate de todo lo que sabes, las reglas son muy distintas.”

Recordé la frase de aquel cartel. Era lo único que parecía encajar aquella mañana. No había nadie salvo ella, el tiempo no parecía pasar, las cosas estaban volviéndose cada vez más raras…

Volví a mirar donde estaba la chica. No estaba.

-(Por favor, que no esté donde creo… que no esté donde creo…)

Empezó a ponérseme la piel de gallina. También a sudar. Un sudor frío cargado de miedo. Y a los pocos segundos, un susurro confirmó mis sospechas:

-¿Quieres jugar?

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