Dar el paso

-(Oye, ¿no hay alguien subido en la azotea?)

-(Sí, sí que… espera, ¿qué hace? ¿Por qué se sube a…? ¡S-Se va a tirar! ¡Hay que avisar a la policía!)


-(Curioso día… normalmente hace bueno en esta época del año…)

Comienzan las sirenas.

-(¿Hum…? Oh, ya ha llegado la policía… qué bien…)

Varios coches patrulla comienzan a poblar la carretera frente al edificio. Los guardias comienzan a acordonar la zona y a alejar a los curiosos.

-(Y mucha gente… bah, qué más da.)

Algunos señalan a lo alto. Otros gritan, como si quien estuviese ahí arriba fuese quien más les importa. Hay quien incluso hace fotos. Cualquier cosa es válida para la red.

-(Me pregunto cuánto tardará esto en convertirse en noticia… veámoslo.)

Saca su móvil del bolsillo. En pocos segundos se conecta a la red y busca lo que le interesa. Más de medio millón de resultados para “Suicida en la calle principal”, de los cuales un millar estaban en la fecha correcta. No habían pasado ni diez minutos desde que se le pudo ver desde abajo.

-(Ay… ¿tan vacías están sus vidas que tienen que meterse en la mía?)

Fija su mirada en la gente. No conoce a nadie. Todo el mundo está mirando al mismo sitio, aunque no sepan siquiera quién es. Caras angustiadas, tristes… por un completo desconocido. Podía verse algún brote que intentaba convertir la concentración en un disturbio, ante la labor contenedora de los guardias. No tenían que hacer frente a estas situaciones muy a menudo, pero eran conocidos por ser de porra fácil.

-(Oh, ha venido. No tardará mucho en subir.)

Algo captó la mirada entre el gentío. Una persona en concreto. Su melena oscura y su rostro eran inconfundibles. No se supo qué hizo, pero atravesó el cordón policial y entró escopetada en el edificio. Varios agentes intentaban frenarla a los pocos metros de la puerta.

-(¿Debería echarle una mano?)

Se colocó en el filo del bordillo de la azotea, a punto de saltar. No pensaba hacerlo en ese momento, pero captó la atención de los guardias. Pudo entrar sin problemas. Tras perderla de vista, se alejó del borde.

La puerta de la azotea se abrió tras unos minutos. Quería correr hacia donde estaba, pero pensó que quizá se tiraría. Decidió ir lentamente. La estaba mirando. De espaldas, pero mirando. No era la misma mirada de otros días. Era fría. Penetrante. Intensa. Parecía que podía mirar hasta la propia alma. No se le podría esconder nada.

-Has venido. No estaba seguro de si aparecerías o no.

-O-Oye… ¿qué haces?

No podía haber dos voces más diferentes. La de él era monótona, sin ninguna emoción en sus frases y sus sentencias. La de ella, por el contrario, estaba cortada por los nervios y los sentimientos encontrados en ese momento.

-Acércate, sin miedo. Ya he tomado mi decisión, así que… no hay peligro.

-¿E-Estás… seguro?

-Para bien o para mal, sí.

Se acercó a él, paso tras paso. Meditaba antes de dar el siguiente, sin perderlo de vista ni un instante. Estaba tranquilo, con las manos en los bolsillos, mirando al tendido. Curioso cómo el resto de la gente pasaba por un gran sufrimiento.

-(¡Q-Que se tira!)

Se sentó en el borde de la azotea. Invitó a ella a hacer lo mismo, pero no quiso. No le importaba. Podría hablar con ella aunque estuviese detrás de él, temblando como una hoja.

-¿P-Por qué?

Por fin hizo la pregunta que ambos estaban esperando. Nadie quería hacerla, pero era inevitable. No se veían apenas, quizá dos o tres veces al año. Alguna vez quedaban de forma esporádica, para contar anécdotas y recordar el pasado. Pero la charla nunca duraba demasiado. El tiempo había hecho mella en esa relación tan peculiar.

-Si te soy sincero, no tengo una respuesta a eso.

-¿C-Cómo que no? ¿M-Me estás diciendo que vas a suicidarte sin una razón?

Parecía más alterada de lo normal. No le gustaba esa situación. No sabía cómo arreglarlo, así que se dejó llevar.

-Razón para suicidarme, no tengo. Sin embargo, tampoco tengo razones para hacer ninguna otra cosa.

-¿Qué?

-Mi camino se acaba aquí, eso es todo.

-¡Mentira!

Acabó enfadándose. Esa actitud serena incluso en los peores momentos la ponía enferma. Lo había comprobado en el último año, cuando no reaccionaba ante casi nada. No se callaba sus opiniones, por crueles y poco convenientes que fueran. Tampoco podría mentir, sería peor todavía. Lo único que le quedaba era ser aséptico y pasar de todo.

-…

-¿Ya te has olvidado de lo que me dijiste? ¿N-No querías cambiar las cosas?

-Sabes que no.

-¿Entonces simplemente te has rendido?

-Simplemente ya me da igual. Mírame, estoy sentado en una azotea, frente a una caída de más de diez metros. ¿Crees que ahora me importan mis anteriores metas?

-P-Pero… ¡tiene que haber una razón para que no lo hagas!

-Adelante, soy todo oídos.

Se dio media vuelta, se espaldas al gentío. Se podían escuchar los gritos al más mínimo movimiento. Los guardias seguramente estaban pensando en cómo atajar la situación.

-¿No has pensado en tu familia? ¿Cómo afrontarán esto?

-Casi toda mi familia ha pasado de mí olímpicamente. Nunca se han preocupado lo más mínimo, como si yo no existiese. Ni siquiera cuando algo grave pasaba, nadie se molestaba en ver cómo estábamos en casa. Y mucho menos reconocer la verdad. Ninguno de ellos ha hecho algo que merezca la pena en la vida; al parecer yo se lo he estado recordando una y otra vez. Y los que no ha pasado de mí, ya no están. Dudo mucho que nadie se moleste por esto. Quizá hasta les haga un favor.

-Lo…

-No lo sientas, no tienes por qué. Ya es parte del pasado, no hay forma de cambiarlo.

-Y… ¿no hay nadie importante en tu vida?

La conversación era cada vez más difícil. Ella no se sentía nada bien al escuchar todo aquello, y él jamás lo había sacado a la luz.

-La vida es difícil cuando eres diferente. Tú ya deberías saberlo. La gente no nos entiende, nos considera extraños, condena nuestra forma de pensar. Todo está definido en base a algo que es “normal”, y en cuanto aparece algo diferente, por miedo a que suponga una amenaza, se elimina. Nuestra vida siempre ha estado llena de obstáculos, se nos ha negado todo lo que al resto por derecho le corresponde. Nadie aprecia lo que hacemos, ni ven a lo que podemos llegar. ¿Crees que en un mundo así le importo a alguien?

-…

Empezó a llorar. Todo lo que había dicho lo había sufrido en sus propias carnes. Cada fracaso en la vida, cada decepción, cada noche gritando sin consuelo. Era innegable. No los aceptaban. Nadie se preocupaba por ellos. Estaban solos en el mundo, y lo único que podían hacer era sobrevivir por uno mismo.

Su mente estaba confusa. Algo habría que pudiese hacerle cambiar de idea. Lo que fuese, lo más básico, algo que arraigase en lo más profundo.

-¿Y… y yo…?

Jamás otras palabras costaron tanto pronunciar.

-¿Tirando de sentimentalismos para intentar convencerme? Arriesgado, pero no por ello despreciable.

-…

-Si te lo estás preguntando, sí que significas algo para mí. Sabes cosas de mí que nadie sabe. Puedes comprender lo que he pasado mejor que nadie. A pesar de nuestro poco contacto, siempre había algo que me quitaba el sueño. Ha sido así desde que nos conocimos. No pude hacer nada como antes después de que entrases en mi vida. Ni siquiera cuando ya no estábamos juntos seguías teniendo un gran efecto. Nunca nadie llegaba donde tú pusiste el listón.

-… -Hacía minutos que no podía contener las lágrimas. Más por lo que estaba oyendo, era porque no estaba logrando nada. Lo iba a perder.

-Cada sueño en el que te colabas, cada recuerdo grabado en mi memoria, cada mensaje… las pocas veces que nos veíamos no hacían otra cosa sino empeorarlo. Desde aquel primer día de clase… te adueñaste de mí. Yo ya no era yo. Ni siquiera pude atreverme a decirte lo que sentía. ¿Miedo, vergüenza, falta de interés? Quién sabe. Sabía que podría estar a tu lado, un apoyo que tanta falta hace en la vida. Pero no me veía en esa situación. Quería, pero a la vez no. Algo me frenaba siempre.

-… Y-Yo…

-Ya lo sé. Hace tiempo que lo sé. Y aun sabiéndolo, no hice nada. Me quedé quieto, viendo pasar el tiempo. Una oportunidad tras otra, desperdiciada. No quería saber nada de algo que no estaba intentando evitar. Veces y veces preguntándome lo mismo: “¿Estaré haciendo lo correcto?” Y ver todo el tiempo que no…

Dejaron de hablar durante un rato largo. La policía ya tenía pensado el plan de entrada en el edificio, con un psicólogo y demás personal para evitar lo que, por otro lado, era inevitable.

Se acababa el tiempo. Si quería hacer algo, debía hacerlo ya.

-Supongo que esto cuenta como nuestra quedada anual.

-Supongo… – Se había sentado con él en el borde de la azotea, mirando a la gente que se ponía cada vez más nerviosa y descontrolada. No se molestaba en contener las lágrimas, a pesar de que ya eran inútiles.

-No pienses que esto es culpa tuya. Ni de nadie. Es lo que he elegido. -Se volvió a poner de pie, de nuevo en el límite. –Perdóname por dejarte sola.

Se miraron una última vez antes del momento del golpe. Quería seguir mirándolo, pero los enfermeros se apelotonaban alrededor, intentando reanimarlo. Los guardias hacían lo posible por contener a la gente, que ya empezaba a alborotarse. Todo acabó como se sabía que iba a acabar.

-No te preocupes… nos volveremos a ver… pronto.

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