Amenazas

-¡N-No te acerques! ¡Un paso más y… y…!

-No hay que precipitarse, no querrás que ocurra una tragedia. Vamos, baja ese garfio poco a poco…

-¡No! ¡Ella es la culpable de todo! ¡De que no me haga caso! ¡D-Debe morir!

-Asúmelo, no tienes escapatoria. Estás rodeada y hay varios francotiradores apuntándote.

El tráfico está parado por el incidente. En el cruce se apelotonaban los coches de policía, agentes y curiosos. La zona había sido acordonada para evitar que nadie se colase a una escena un tanto… siniestra. Ese día, por la mañana, se habían recibido noticias de una pelea en mitad del cruce entre dos chicas adolescentes. Al cabo de unos minutos, una de ellas, semidesnuda, sacó un garfio de tamaño considerable y empezó a rozar el cuello de la otra para que no se moviese, tomándola como rehén ante la llegada de las fuerzas del orden. Se desconocían los motivos de la pelea y la identidad de ambas.

En seguida llegaron varios agentes, que intentaron hacer frente a la agresora, sin éxito. De los seis que se atrevieron a intervenir, cuatro de ellos recibieron graves puñaladas producidas por aquel garfio, y los otros dos contusiones varias. Se avisó también a varios francotiradores para que vigilasen desde los edificios vacíos, aunque no tenían una tarea fácil; era consciente de su presencia y se las ingeniaba para poner a la rehén en el punto de mira a cada movimiento. Alguno de ellos recibió orden de disparar, pero la agresora desvió la bala con el garfio impactando en una pared.

El equipo de negociadores llegó al cruce al mediodía. La agresora no había hecho ninguna demanda ni petición, de modo que se barajaron varias posibilidades sobre cómo atajar el problema. Tras las primeras palabras, se llegó a la conclusión de que se trataba de algo sentimental. La agresora hablaba de un sujeto, desconocido, que según ella no le prestaba atención a pesar de que ella se desvivía por él. Echaba la culpa de todo a la rehén, a la cual parecía conocer y odiar, y aseguraba rebanarle el cuello si alguien intentaba acercarse.

-¿Francotiradores? No son un problema. Edificio de la derecha, séptima planta. Edificio de delante, azotea. Edificio de detrás, sexta planta. Edificio a dos manzanas de aquí, azotea. Los fusiles de dos de ellos están desviados. Los otros dos no pueden apuntarme.

-¿Pero cómo…?

-¡Ahora lárguense de aquí! ¡Esto es entre ella y yo, nada más!

La policía estaba desconcertada. Había acertado con todas las posiciones, y era consciente de los fallos de los fusiles antes que ellos mismos. Parecía ir varios pasos por delante siempre.

Pasadas las dos de la tarde llegaron los primeros equipos de periodistas a cubrir la noticia. No parecía importarle a la agresora, la cual se limitaba a permanecer de pie sujetando su garfio. En cuanto a la rehén, se encontraba arrodillada en la carretera, tremendamente asustada. No decía nada ni se movía. Se buscó información de ambas en todas las bases de datos, sin resultado. Igualmente, la gente no parecía haberlas visto antes.

El tiempo avanzaba y la situación seguía sin mejorar. A las seis de la tarde toda la ciudad era consciente de aquel incidente y cesaron todas las actividades para no perder detalle de lo que ocurría. Hubo algunos intentos de negociación, sin éxito.

-¿Ha habido alguna novedad?

-¿Eh? ¿Quién es usted? ¡Salga de aquí, no está autorizado!

Un joven se metió en el puesto montado por la policía. Iba encapuchado, pero se podía ver su pelo grisáceo y su piel pálida. Llevaba las manos en los bolsillos y procuraba no ser visto por la multitud.

-¿Yo? Soy el que no la hace caso.

-¿L-La conoce? ¿Sabe por qué está haciendo esto?

-Es largo de explicar. ¿Puedo hablar con ella?

-Es peligroso. Varios agentes ya lo han intentado y algunos han salido heridos.

-Lo sé. No tiene por qué preocuparse por mí.

-Está bien. Sígame.

El joven y el agente al mando salieron del puesto y se dirigieron a la zona acordonada. La agresora reaccionó el cuanto vio al primero.

-¡H-Has venido! ¡Sabía que vendrías!

El joven pasó el cordón y empezó a andar hacia ella. Empezó a sonreír, aunque seguía sosteniendo el garfio.

-¿Otra vez con el garfio? Suéltalo, anda…

-P-Pero… si la dejo ir… volverás a ignorarme. ¡Y no quiero! ¡No quiero! ¡No quiero!

-…

-¿Qué tiene ella que no tenga yo? ¿Por qué la quieres más?

-Porque no es una sociópata que va por la vida con un garfio amenazando a quien se ponga en su camino.

-…

Caminó hasta situarse detrás de ella mientras se quitaba la sudadera, con la cual tapó a la agresora.

-¿Q-Qué haces?

-Estás casi desnuda en mitad de la calle y no tardará en hacerse de noche. ¿Necesitas más?

Sin moverse, puso su mano sobre la suya hasta alcanzar al garfio. Poco a poco la hizo soltar a la rehén, hasta quedar abrazados ante la mirada de todos. La rehén seguía en la carretera, aunque se había alejado varios pasos.

-¿Estás bien?

-Sí…

-Oye, siento que te haya hecho esto… a veces se pone así y…- La agresora se quedó dormida en los brazos del joven. En su cara se notaba que estaba feliz.

-Antes dijo que me querías… pero no te conozco de nada.

-Ya, cuando está así no distingue muy bien lo que es verdad de lo que no. Te habrá confundido, seguramente. De veras lo siento, es culpa mía…

-Parecía muy dolida. Pero tranquilo, no me ha hecho nada.

-Menos mal, esto…

-Myr. Me llamo Myr.

Los agentes llegaron en seguida para atender a la rehén. También intentaron apresar a la agresora, aunque el joven no lo permitió. Tras unos minutos, cargó con ella, aún dormida, y se fue del cruce mientras la ciudad intentaba olvidar aquello.

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