Nueva vida

“¿Tú qué quieres?”

“Yo… no… no quiero… “


-(¿Qué es ese sonido? Parece… alguien trabajando.)

Todo había sido un sueño. Estaba tumbada en una cama, blandita, tapada con una sábana. Hacía calor. La luz del sol entraba por la ventana de aquel sitio. Me costó un poco reconocer dónde estaba, ya que cuando lo visité apenas había luz. Estaba en la habitación a la que me llevó Ziram y donde me encerró, la misma en la que encontré la ropa que al parecer había dejado para mí. Pude examinarla mucho mejor: frente a la cama estaba aquel armario, y junto a él el espejo de cuerpo entero. En el lado derecho del cuarto estaba la puerta, reparada, con un escritorio al lado.

Me extrañó ver que la habitación había cambiado bastante. Los muebles estaban limpios, sin rastro de polvo. Todo estaba perfectamente ordenado, muy al contrario que la otra vez. Me preguntaba cuándo había limpiado Ziram esto: estuve todo el día con él y no pasamos por aquí.

Tardé algo en levantarme de la cama. Se estaba bien, aunque la luz entraba de lleno y calentaba la cama más de lo que estaba ya.

-(Buff, qué calor… menos mal que no llevo tanta ropa… espera, ¡¿Y mi ropa?!)

Me fijé en que sólo llevaba la camiseta y el pantalón corto. Empecé a buscar el resto desesperadamente, temiendo lo peor. Tras un buen rato buscando, lo encontré en la silla del escritorio, todo ordenado. Me sentí aliviada, aunque me asaltó la duda de cómo había llegado a aquel sitio, si estaba con Ziram en lo alto de aquella torre. Me costaba imaginar que me había traído él y que me había quitado la ropa… sentí un escalofrío de repente al pensar en ello.

Escuché de nuevo aquel sonido. Se asemejaba a una pala o parecido dando golpes al suelo. No sabía de dónde venía, pero me asomé por la ventana por si había suerte. Daba al patio donde vimos aquellas extrañas plantas, y allí vi a Ziram trabajando la tierra. Estaba rojo y probablemente sudando, y no era para menos. No sabía la hora que era, aunque por la altura del sol debía de faltar poco para el mediodía. Y él estaba dándole a la azada a pleno sol, y con la misma ropa de siempre… ¿cómo podía aguantar tal espanto?

Me dispuse a bajar a saludarlo. No me puse el resto de la ropa, sería una tontería con aquel calor. Sin embargo, vi unas zapatillas de andar por casa bajo la cama, muy monas. Tras ponérmelas salí de la habitación y sin apenas recordar el camino de aquella vez bajé a la planta inferior y me dirigí al patio.

-(¡Ay!)

Noté un terrible dolor en el pecho, justo donde Ziram había hecho aquello esa misma madrugada. Lo revisé en busca de rasguños, marcas o sangre, pero no vi nada. Y sin embargo, dolía horrores. Me senté en el suelo, con la cabeza entre las rodillas, para intentar calmar los nervios. El dolor se fue tan rápido como vino, no así el susto. El corazón ya empezaba a latir a gran velocidad, aunque no temía demasiado por mi vida.

-(¿Q-Qué ha sido eso?)

Estuve resoplando unos minutos más, hasta que por fin logré calmarme. Me ayudó el comprobar al levantarme que tenía el pelo diferente. No me acordaba muy bien de cómo lo tenía antes, pero ahora tenía un color extraño, como una mezcla de violeta y gris. Las cosas se estaban volviendo más raras por momentos.

Finalmente llegué al patio, muy similar a un claustro típico de un monasterio. Allí seguía Ziram, levantando la tierra dejando huecos considerables. A su lado tenía una caja de madera de la que asomaban plantas y tallos, aunque diferentes, de vivos colores y formas muy raras. Cada poco tiempo tomaba una de aquellas plantas y la plantaba con delicadeza, asegurándose de que se mantenía sin problemas. También enterró algunas semillas que sacaba de su bolsillo. No sabía explicar por qué, pero la escena era reconfortante. Ziram estaba sobreviviendo por sí mismo, haciendo crecer su propio sustento. No era algo que se viese a diario.

-¿No tienes calor? – Decidí romper el hielo con la pregunta más obvia.

-¿Eh? Oh, ya estás levantada.- Levantó la cabeza para mirarme. Estaba empapado en sudor y se notaba su cansancio.- Sí, aunque supongo que es inevitable. ¿Has dormido bien? Puedes estar más tiempo si quieres.

-No, estoy bien, gracias. – No sabía cuántas horas había estado durmiendo, aunque no me notaba cansada.- ¿Qué haces?

-Oh, pues… plantando algunas cositas, no mucho más.

-¿No deberías descansar? Estás chorreando… y estás muy rojo.

-Tranquila, ya me he hecho a trabajar así. Aunque sí, quizá va siendo hora de parar un poco… Sígueme, seguro que tienes hambre.

Sí que lo tenía. No se notaba, pero desde que me levanté me habían estado rugiendo las tripas. De hecho, no había comido nada desde… desde que llegué a ese pasillo. No tuve necesidad, claro, pero sí que fue bastante tiempo. Lo seguí fuera del patio, atravesando la torre central y pasando de largo las escaleras de subida. Fuimos por un pasillo hasta una habitación a oscuras. En cuanto Ziram entró, las persianas subieron automáticamente, dejando pasar la luz. Era una cocina inmensa, perfectamente equipada.

-A ver qué tenemos por aquí… –Se dirigió al frigorífico y echó un vistazo. Seguramente él también tendría hambre.- Ten, prueba esto.

Me lanzó algo redondo, una fruta. No era normal. Era muy parecido a una manzana, pero de color azulado. Tenía dudas sobre qué era aquello y si me sentaría bien o no. Pero también tenía un hambre que no podía con él. Sin pensarlo mucho, me la llevé a la boca y la di un mordisco. Era dulce, mucho más que una manzana corriente. También era jugosa y blanda. Seguí comiendo hasta que me fijé en Ziram; estaba sorprendido, quizá porque no tardé ni dos minutos en acabarla. Pensé en cómo me vio devorándola como si fuese un animal…

-L-Lo siento… – Deseé que la tierra me tragase.

-Es normal que tengas hambre, no has comido nada. ¿Quieres otra?

La quería, pero no me atrevía decírselo. Me tiró una segunda, como si me hubiese leído el pensamiento. Esa vez la comí más despacio, no quería causarle una mala impresión. Él tomó otra, de color morado, y tras sentarse de un salto en la mesa empezó a comer. Yo, por mi parte, seguí de pie enfrente de él.

-Bueno, dime. ¿Cómo te encuentras?

-¿Hum?

-¿Has notado algo diferente desde que te has levantado?

-Ah, pues… sí. ¿Qué le ha pasado a mi pelo?

-Efectos secundarios. Después de separar el alma de alguien algunos rasgos se alteran, como el color del pelo o de los ojos. No es problemático, pero si no te gusta puedo dejártelo como antes.

-No, así está bien. De hecho… ni siquiera me acuerdo de cómo era antes.

-Todavía tienes la memoria trastocada, ¿eh? Supongo que eso llevará algo más de tiempo de solucionar. De todos modos, no creo que tengas problema con tus recuerdos a partir de ahora. ¿Alguna cosa más?

Quise decirle lo del dolor en el pecho, pero no lo hice. Sabía que él sabría explicarme, pero me lo callé.

-No, nada más.

-… De acuerdo entonces.– Lo sabía. De algún modo sabía que le estaba ocultando algo. Pero decidió seguirme el juego. – Bien, ¿empezamos con las clases?

-¿Clases? ¿De qué?

-De tu adiestramiento. Desde esta mañana eres mi nueva guardiana.

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