Se abre la sesión

Ambos nos quedamos petrificados. Ziram aún me miraba, con el brazo extendido, sin saber qué hacer. Yo seguía temblando de los nervios, ante lo que acababa de soltar. No recuerdo el tiempo que tardamos en reaccionar. Pudieron ser unos segundos, pero me parecieron interminables.

-¿E-Es en serio? ¿Quieres quedarte conmigo?

-Sí…

Rápidamente bajó el brazo, corrió hacia mí y me abrazó con fuerza. No sabía ni qué decir. Pude notar cómo el corazón le latía muchísimo, quizá demasiado para una situación así.

-… Gracias.-me susurró al oído.

Permanecimos así otro rato considerable. Fue bastante agradable, sin embargo, el ver cómo Ziram se iba expresando algo más que antes.

En un movimiento rápido me soltó, se sacudió la ropa y volvió a la normalidad como si nada hubiese pasado.

-¡Bueno, esto cambia los planes! Tenemos que realizar el juicio y ver qué hacemos contigo, ¿vale?

-¿Todavía tengo que pasar el juicio?

-Por supuesto, las reglas son las reglas. Tranquila, no es nada complicado, y la mayoría de los pocos juicios que tenemos acaban de la misma forma. No hay nada de qué preocuparse.

-Está bien…


La sala del “juicio” estaba en la casa de Ziram, en una zona bastante escondida bajo la torre principal. Su estilo era diferente al del resto de la fortaleza, pareciendo realmente un tribunal de verdad. Y dentro de ella, había cuatro sillones dispuestos en cruz alrededor de una mesa redonda, sobre la cual, en el techo, había una compuerta metálica cerrada. Era una habitación bastante grande para estar bajo tierra.

-¿Te gusta? El diseño es mío.

-¿Eh?

Ziram apareció detrás de mí, andando con los brazos en la nuca y su extraña actitud.

-¿Tú has construido esto?

-Diseñado. La construcción y demás trabajo pesado se la deje a otros más… acostumbrados.

-Todavía no me has pagado las obras.

Giré la cabeza hacia el lugar de procedencia de aquella voz, el pasillo. Y su creador, caminando acompasadamente por el mismo. Molger. Esta vez no tenía la vestimenta de la última vez, llevaba un traje de ejecutivo naranja oscuro, con corbata y zapatos. Le quedaba bastante bien, he de reconocerlo. Llevaba las manos en los bolsillos y nos miraba con algo de arrogancia, algo que parecía ser normal por aquí.

-Creo que en ningún momento dije que te pagaría…

Había algo que no encajaba, aparte de qué rayos hacía Molger ahí. Hace unas horas, Molger había amenazado a Ziram de muerte si yo no cambiaba de idea, y ahora volvían a tener esa relación de pique constante que descubrí en el pasillo de entrada. ¿A qué juegan estos dos?

-¿Estamos todos? ¡Genial!

Una nueva voz entró en escena, esta vez femenina. Detrás de Molger apareció una joven, quizá algo mayor que yo, de aspecto alegre e ilusionada con la vida. Llevaba también un atuendo de ejecutivo, con una chaqueta, camisa y falda hasta la rodilla, de color púrpura, además de zapatos con tacón bajo. Su pelo arrubiado estaba perfectamente recogido en un moño, y tenía un aspecto mucho más profesional que su acompañante. Llevaba un maletín de cuero, a diferencia del resto.

-Ay… – Ziram resopló al verla.

La joven se acercó a él hasta situarse a pocos centímetros de su cara, examinándolo.

-Eres un desastre andante. ¡Tu primer juicio en años, y me vienes así, con esas pintas! El pelo fatal, la misma ropa de siempre, sin zapatos… ¿Cuándo te vas a poner lo que te regalé?

Me quedé atónita ante eso. ¿Quién era y qué relación tenía con Ziram? Parecía una madre regañando a su hijo, aunque lo miraba de forma diferente, como… como si fuesen pareja.

-Todos los juicios la misma charla…

-Me preocupo por ti, ya lo sabes… no quiero que vayas por ahí como una-

-¡Ejem!

Molger carraspeó para interrumpirlos, y le hizo una seña para que se diese cuenta de mi presencia. Al momento, la joven se volvió, me tendió la mano y se presentó:

-¡Oh, disculpa! Te había pasado por alto… Soy Manne, ayudante de Molger, y jueza. Encantada.

-Eh… igualmente – la correspondí con un apretón de manos.

-Tú eres la protagonista de todo esto, ¿no? Eh…

-L-Lo siento, no me acuerdo de mi nombre.

-Ah, cierto, Molger me lo dijo. No es algo muy normal, pero puede pasar.

-Una cosa… ¿qué hacéis vosotros aquí?- pregunté a ambos – Escogí a Ziram…

-Ah, eso… – El mismo intervino – Verás, como juez, sólo voy a estar yo. Manne y Molger vienen como… testigos, por así decirlo, y si tengo alguna duda, algo normal después de tanto tiempo, me pueden echar una mano. Además, como tenemos tan pocos juicios, decidimos hacerlos así para no perder el hábito.

-Sí, y también acordamos ponernos presentables en estas ocasiones, cosa que parece que alguien no entiende – Manne aprovechó para asediar a Ziram otra vez – ¡Por favor, si ella está mejor que tú!

-Qué he hecho yo para merecer esto…

Ziram y Manne volvieron a tener su particular charla, mientras todos entramos en la sala. Yo fui con Molger, aunque no sabía qué decir. No sabía cómo reaccionaría tras haberle rechazado de aquella forma… ni de saber cómo era tras esa fachada carismática. De vez en cuando me descubría mirándolo, y yo volvía rápidamente la cabeza, avergonzada. Noté que se reía por lo bajo, pero sin malicia. ¿Qué clase de persona era?

-A ver, todos a sus sitios – Ziram tomó el mando en cuanto llegamos al centro de la sala – Manne, a mi derecha. Molger, a mi izquierda. Y tú… – dijo poniéndome las manos sobre los hombros-… aquí, delante de mí.

Todos nos sentamos en las sillas, cómodas y confortables, ideales para descansar. Tenía a Ziram delante, trasteando con su engranaje. Manne abrió el maletín sobre su regazo, sacando unos papeles de dentro. Molger se limitaba a contemplar la escena aunque sin atender demasiado.

-En fin, vamos allá – Ziram levantó el engranaje, apuntó a la compuerta del techo y lo movió ligeramente. En seguida la compuerta se abrió lenta y ruidosamente, y a continuación algo empezó a salir de ella. Se trataba de una esfera luminosa rodeada por varios anillos metálicos que se movían continuamente. Descendió progresivamente hasta colocarse en la mesa del centro, momento en que se cerró la compuerta.

Dentro de aquella luz se podían ver varios hilos, como si fuesen serpentinas, de diferentes colores y tamaños. Se movía, giraban, daban vueltas… eso se asemejaba más a una inmensa pecera que a cualquier otra cosa. Ziram se levantó un momento, acercó la mano y, cuando los anillos se detuvieron, la introdujo. En seguida uno de los hilos fue rápidamente hacia su mano, y cuando ya estaba en su poder la sacó de aquella cosa. Fuera del aparato, el hilo brillaba y se retorcía como un gusano. Tenía una parte de color rojo, y la otra marrón.

-Mira… – dijo Ziram dirigiéndose a mí – Ésta eres tú.

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