Afrontando la verdad

Aquella mole estaba cada vez más cerca. Aun con el ruido se podía escuchar los chirridos internos de las piezas a cada paso que daba. Su mirada inerte era inquietante, y no podía quitármela de encima. Estaba totalmente perdida: no sabía lo que debía hacer, ni por qué pasaba todo eso… ni siquiera qué iba a ser de mí. En pocos segundos apenas nos separaba un metro de distancia. Pensé en localizar a Ziram en un intento desesperado por encontrar ayuda, en vano. Nada sucedía. Aquellos instantes se convirtieron en los más largos de mi vida.

El robot levantó su brazo derecho, tapando gran parte de mi campo visual. Sabía que lo siguiente era desaparecer aplastada por una tonelada y media de bronce, algo que no me agradaba. Me encogí y me cubría la cara con las manos para no ver nada, esperando lo peor. Ya se oía caer… pero no cayó. Pude escuchar un ruido extraño, como si algo se hubiese atascado. Levanté la cabeza y lo ví: el hombro de aquella cosa se había anquilosado en pleno descenso y no se podía mover. Hacía esfuerzos por continuar, al parecer inútiles, pero sabía que eso no duraría mucho. Decidí aprovechar esa oportunidad que la casualidad me había dado. Sin pensármelo dos veces intenté empujar al robot hacia atrás con todas mis fuerzas. Lo di todo aun sabiendo que era una locura. Y efectivamente, el robot no se movió de su sitio. Pero para mi sorpresa, y de Ziram también, esa monstruosidad cesó todo movimiento y ruido: se había apagado.

No podía creérmelo. ¿Había hecho yo eso? No, imposible. Sólo lo había tocado. Podía ser todo cosa de Ziram, pero no sería tan cruel como para recibirme con una experiencia así. Mi corazón todavía latía a la velocidad del rayo; podía sentir sus golpes por todo el cuerpo, incluso parecía que me iban a estallar las venas de los nervios.

-Bravo… -alguien comenzó a aplaudir al otro lado. Era Ziram. Al parecer estaba detrás viéndolo todo.

-¿Q-Qué? ¿D-De qué hablas?

Apareció de detrás del robot y me tendió la mano para ayudarme a ponerme en pie. Se la rechacé. Aún me quedaba mucho para confiar en él.

-No esperaba que fueses capaz de detenerlo. Esta cosa es bastante fuerte, ¿sabes?

A duras penas pude levantarme. Las piernas todavía me temblaban, pero logré mantener el equilibrio.

-¡¿Estás loco?! ¡Casi me mata!

-Cierto. Has tenido mucha suerte. Si no se le hubiese atascado el hombro, lo habría hecho.

-T-Tú… ¡Aargh!

Empezó a reírse en mi cara. Yo me encendía por momentos. En cualquier momento le partiría la cara.

-¡Eh, que te hablo en serio! ¡No tiene ninguna gracia!

-Vamos, vamos, tranquilízate un poco. Es que… me hace gracia ver que todavía no lo has asumido.

-¿Asumir? ¿Cuál?

-¡Que estás muerta, por favor! ¿Lo entiendes? M-U-E-R-T-A. ¡No puedes sufrir ningún daño ahora!

No había caído en ello. Estaba tan distraída intentando devolvérsela que se me había olvidado mi situación. Pero algo no encajaba, no me sentía… muerta. Notaba que aún estaba viva, y toda esta historia resultaba muy difícil de creer. Nadie me había dado ninguna prueba todavía.

-¿Sabes qué? Que ya está bien de todo esto, ¿vale? No me creo nada de lo que dices, así que me largo. Ahora.

Y así, de golpe, empecé a andar hacia la puerta de la muralla por la que habíamos entrado. Estaba abierta, algo desconcertante, pero no me preocupaba. Me quedaba ya poca distancia para atravesarla y caer al vacío, cuando algo me hizo parar.

-¿Algún problema?

-… ¿Cómo vuelvo a casa?

Ziram empezó a caminar hacia mí, arrastrando su escoba. Cuando estuvo a mi lado posó su mano derecha en mi hombro, intentando tranquilizarme, supongo.

-De acuerdo, volvamos a casa. No te muevas.

Sacó algo de su extraña ropa, una especie de engranaje algo oxidado con un botón en el centro. Lo pulsó, y al momento empezó a rodearnos y a niebla negra. Me asusté por un momento, pero recordé que Molger y los suyos habían venido de forma parecida. A los pocos segundos no se podía ver nada, ni siqiera sobre qué estaba de pie. La sensación era extraña, nada cómoda para ser lo que intuía un modo de viajar. Noté que comenzaba a marearme pero se pasó en seguida al llegar a nuestro destino.

-Ya hemos llegado.

La niebla se fue tan rápido como vino, dejando ver el ahora diferente paisaje. Era el barrio en el que vivía, las mismas casas, la misma gente… todo.

-Espera, eso es… ¿estamos en casa?

-Sí. Querías venir, ¿no?

-Sí, pero…

-Pues nada, demos una vuelta. Me servirá para demostrarte un par de cosas.

Dimos un largo paseo. No dijimos nada durante el trayecto, nada. Simplemente andamos, sin rumbo fijo, mirando el paisaje. Poco a poco reconocía todos los lugares por los que ya había pasado alguna vez: tiendas, parques llenos de críos, calles que llegaban hasta donde la vista alcanza… Pasamos delante de un espejo, pero… no vi nada. Nuestro reflejo parecía haberse esfumado.

-Eh, Ziram… ¿esto es normal?

-¿Cuál?

-Que no nos reflejemos. Mira.

-Ah, eso… bueno, tuve que tomar una serie de precauciones al venir aquí. Lo normal de que no puedan vernos, tocarnos ni oírnos.

¿En serio eso se podía hacer? Lo había visto en muchas películas e historias, aunque nunca imaginé que podría ser verdad.

-¿Y cómo es eso posible?

-Algún día te lo explicaré. Ahora tenemos que centrarnos en ti. ¿Reconoces este lugar?

Nos paramos al lado de un edificio bastante alto. No tenía nada de especial, a excepción de una mancha oscura en el suelo. Sea lo que fuere que se cayese ahí, debió ser hace bastante, ya que la mancha estaba reseca. La gente que pasaba al lado la evitaba, como su pudiesen mancharse todavía.

-Una mancha. ¿Y? No me suena de mucho.

-¿Se te ocurre de qué puede ser?

-Mmm… espera, eso es… ¿S-Sangre? Por el color parece, pero… no estoy segura.

-Bien. Ahora, ¿podrías decirme cómo ha llegado esta sangre aquí?

La mancha tenía un tamaño considerable, y había además alguna salpicadura alrededor. Debió ser de algún golpe fuerte, aunque algo no cuadraba… se expandía desde el centro, como si el dueño se hubiese caído desde algún sitio.

-¿Una mala caída, tal vez?

-Impresionante. Veamos una pregunta más difícil. ¿De quién es la sangre?

¿Y yo qué sé? Desde luego Ziram hacía preguntas de lo más raras. ¿Qué quería, que investigásemos esa mancha hasta dar con un culpable?

-No…. no tengo ni idea.

-Prueba a tocarla. A lo mejor funciona.

-¿Tocarla? ¿Estás loco?

-Vamos, nadie te puede ver, y esa mancha ya no es muy problemática. No pierdes nada… ¿verdad?

-Bueno…

Acerqué la mano derecha hasta rozar casi el suelo. No sabía por qué, pero estaba temblando como un flan. Notaba un ligero cosquilleo en todo el cuerpo a medida que me acercaba, como si algo estuviese dándome una descarga. Y justo cuando toqué la mancha, me dio un calambrazo considerable que me recorrió todo el brazo e hizo estragos en mi cabeza.

Tras aquella sacudida, mi mente se abrió de par en par… en parte. Supe qué era esa mancha, cómo había llegado… todo, hasta de quién era.

Era mía.

No sabía explicarlo, pero notaba que yo era la responsable de aquello. Varias imágenes empezaron a bailar por mi cabeza, en una de las cuales estaba en la azotea de ese mismo edificio, mirando al suelo. Estaba ya harta y quería acabar con todo… como fuese. Y al final salté al vacío.

-N-No…

-Afrontar algo así siempre es doloroso, ¿verdad?

Empecé a ponerme más y más nerviosa. No entendía nada: ni siquiera sabía quién era, ni qué había hecho en la vida, pero acababa de reconocer mi propio charco de sangre y recordar que salté de la azotea de un edifico a propósito. Acabé pegando un bote hacia atrás de la impresión, chocanco con las piernas de Ziram. No pareció importarle: estaba muy calmado, como si ya hubiese pasado por esto antes.

-…

-Si te lo estás preguntando, en el momento del golpe tu último recuerdo quedó fijado a la mancha, quizá por aferrarse a seguir viviendo. Y en cuanto lo has tocado, ha vuelto a ti.

-¿Mi último recuerdo? Y… ¿dónde están los demás?

-Los recuerdos son algo muy volátil. Si no tienen algo a lo que agarrarse, se esfuman sin remedio. Puede que haya algún recuerdo guardado por ahí… pero no te lo garantizo.

Permanecimos callados un buen rato, hasta que hice la pregunta que me guardaba desde el principio.

-Ziram… ¿por qué estoy aquí?

-Digamos que… fuiste elegida.

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