Revolución – IV

Íbamos completamente a ciegas. Detrás de aquella Gyfu se extendían unas escaleras hacia el nivel inferior. Tanteé poco a poco los escalones para no despeñarnos, ya que no había ni rastro de luz ahí abajo.  No fue fácil, pero logramos llegar abajo sin ningún percance. Bueno, casi ninguno.

Dejé a Monique en el suelo y empecé a buscar algo que iluminase la zona. Palpé las paredes de aquella estancia hasta encontrar una especie de llave giratoria. Probé a girarla, pero estaba algo atascada. En seguida empezó a hacerse la luz: había unos tubos luminosos que recorrían aquel lugar como si fuesen las venas del planeta. Se iban llenando de un líquido brillante de color azulado, lo suficientemente potente como para que pudiésemos ver.

Habíamos acabado en una especie de biblioteca. Delante nuestro había estanterías que llegaban al techo, repletas de libros bastante antiguos a juzgar por su estado y el polvo. Parecía un auténtico laberinto, pero daba una extraña sensación de protección, lo cual nos venía muy bien a los dos.

Tras regresar rápidamente a cerrar la puerta y localizar la salida de la biblioteca, fui a recoger a Monique. Llevaba un buen rato resoplando y retorciéndose de dolor, y estaba aún más empapada que antes.

-¿Cómo vas?

-¡¿A ti que te parece?! ¡Markus, que ya vienen!

-Voy, voy. ¡Arriba!

Cargué de nuevo con ella y empezamos a recorrer aquel lugar sala tras sala. Cada una era más extraña que la anterior: un laboratorio, un comedor, una especie de clase, una sala de máquinas, una zona con sillones, una puerta sellada… y finalmente la zona médica, donde en teoría debíamos reunirnos con Palnit. Tenía la sensación de que pronto acabaría todo y que después recordaríamos esto como una anécdota extravagante.

Qué equivocado estaba.

La zona médica estaba vacía. Sólo había un par de armarios, un botiquín, una pila y un par de camillas. Nadie nos estaba esperando allí. La puerta de entrada por esa zona estaba bloqueada con escombros y demás trastos. No tenía tiempo para lamentarme. Coloqué a Monique en una de las camillas y me mentalicé en décimas de segundo para lo que se venía encima: ayudar a nacer a dos niños sin ninguna experiencia previa.

-Markus… ¿D… Dónde está Palnit?

No tuve más remedo que decirla la verdad.

-Palnit no va a venir. Quería tendernos una trampa.

-¡¿Q-Qué?! ¡AAARGH! ¿Qué estás diciendo?

-La puerta de entrada a esta zona está bloqueada desde dentro. Si hubiésemos ido a la Gyfu 7… jamás habríamos podido abrirla, y nos habrían pillado.

-No… no creo que… ¡AAARGH! … no veo a Palnit capaz de hacernos eso.

-¿Ah, no? ¿Y por qué crees que nos mandó aquí? ¿Por qué aquí, en este lugar destrozado, y no en su clínica, donde sí podrías dar a luz en condiciones? ¿Por qué sabía que iban a por nosotros?

-…

-Eso ya no importa. Ahora hay algo más importante… ¿Sabes cómo va esto?

-¿En serio? Buf…buf… ¿No sabes nada de un parto?

-Sé que no me gusta verlo tan de cerca. Y poco más.

-A ver… ¡AAARGH! Tienes que mirar si ya he empezado a dilatar… y cuánto.

Esto se estaba poniendo cada vez peor…

-Er… Diría que sí… puaj…

-¡Dime cuánto!

-Unos ocho centímetros.

-Vale… buf… buf… ya queda poco. Avísame cuando asome la cabeza, ¿vale? Y… ¡ay!… busca un par de toallas.

-¡Voy!

Rebusqué por toda esa zona, revolviendo cualquier armario y rincón que encontrase. No  tardé apenas en encontrar las toallas, aunque no eran lo más apropiado en esa situación.

-Vale… ya… ¡Ya asoma! ¿Q-Qué hago?

-Markus, tranquilo. Ya me gustaría a mí verte en mi lugar. A ver, en seguida, voy a empezar a empujar, ¿vale? Y entonces empezará a salir. No importa lo que grite, tú concéntrate en eso. Olvídate de todo lo demás. Olvídate de mí. Ahora hay dos personas que te necesitan más que yo.

-M-Monique…

-¿Listo? ¡Vamos! ¡AAARGH!

Y el primer bebé empezó a salir. Era posiblemente la imagen más hermosa de toda mi vida, a pesar de las arcadas que tenía en aquel momento y lo confuso que estaba. Tras la cabeza siguió el resto del cuerpo, los brazos y finalmente las piernas. Y por supuesto, los primeros llantos, que no podré olvidar jamás.

Era una preciosa niña.

-Buf… buf… ¿Ha ido bien?

-De maravilla. Tenemos una hija, Monique.

-Bien… Ahora el otro. 

Cubría nuestra hija con una de las toallas y, sin soltarla ni un momento, me dispuse a ello.

-Markus… recuerda lo que nos dijo Palnit… si el primero ha salido bien…

-… Lo sé. Pero tenemos que intentarlo.

Empecé a oír ruidos de fondo, como si fuese una pelea. Parecía que venían del nivel superior, e incluso pude oír algún disparo.

-¿Qué es eso?

-¡AAAAAARGHHH!

-¡Monique!

-¡AAARGH! Algo… ¡AAARGH! Algo no va bien…

-¡¿Qué?!

-Este dolor no es normal… ¡AAARGH! 

La pelea de arriba tampoco se quedaba atrás. Los golpes y ruidos eran cada vez más fuertes, y la puerta empezaba a recibir algunos. Ya nos habían encontrado, pero aún tenían que entrar. Y a juzgar por las voces, había una buena montada ahí fuera.

Empecé a ver salir sangre. Sangre negra y espesa. Era horrible. La visión que me había quedado del anterior nacimiento desapareció por completo. Ahora, veía a Monique desangrarse entre un sufrimiento horrible, como si algo la estuviese matando desde dentro. Y eso… era nuestro bebé.

-Monique… tengo miedo… 

-Yo también. Dame la mano.  

Empezamos a llorar los dos. Ambos presentíamos que todo iba a acabar de la peor forma posible.

-Cariño… no voy a salir de ésta… 

-¡C-Claro que sí, Monique! Snif… ¡Todo se va a arreglar!

-Escúchame… quiero que me hagas un favor, ¿vale?

-Snif… vale…

-Prométeme que cuando esto acabe, no regresarás aquí jamás… nunca. Si por cualquier cosa vuelves… acabarás condenando a todo el mundo.

-P-Pero Monique…

-Sé que es difícil, pero necesito que me hagas caso. Olvídate de este lugar. Y sobre todo… no dejes que nuestra hija se entere de esto. ¡AAARGH!

-Snif…

-Como ésta va a ser la última vez que nos veamos… gracias por estar a mi lado. 

Monique se fue. Cerró los ojos delante de mí, mientras nuestra hija seguía llorando y los guardias echaban a bajo la puerta de la zona médica. Bajaron rápidamente las escaleras y nos rodearon, apuntándonos con sus armas.

Ya no sabía qué hacer. Lo único que quería era irme con Monique.

-¡Al suelo, Dyhre! ¡No lo repetiré más veces!

Quería destrozarlo todo. A todos. Quería que algo viniese de la nada y acabase con todo esto de una vez.

-¿Eh? ¿Qué demonios es esa luz negra?

No estaba seguro de si era una alucinación o era real, pero quizá mis plegarias habían sido escuchadas. Vi brillar algo dentro de Monique. Algo negro, que se agitaba con mucha fuerza. En seguida, debió explotar o algo parecido. Una onda expansiva nos tiró a todos al suelo. Los guardias parecían muertos. Yo y el bebé, por alguna razón, no lo estábamos de milagro.

Miré una última vez antes de desmayarme. Aquella luz iba apagándose poco a poco, pero pude agradecer lo que había hecho por nosotros.

-Gracias… hijo mío.

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