Revolución – III

Nadie a la derecha. Nadie a la izquierda.

-¿Ves a alguien por ahí, cielo?

-No, podemos seguir.

Continuamos andando cautelosamente, recorriendo callejones y zonas tremendamente oscuras y peligrosas para la gente de a pie. La tormenta empeoró rápidamente y estábamos empapados a pesar del cuidado que poníamos.  Los golpes de la lluvia contra el suelo enmascaraban todo el ruido que pudiésemos hacer, a excepción de los gritos de Monique, que ya empezaba a tener las primeras contracciones.

-¡Aaargh!

-Aguanta, Monique, pronto llegaremos. Dame la mano, con cuidado. ¿Por dónde es ahora?

-Por la izquierda, ¡ay!

Seguimos recto durante un buen rato, adentrándonos por zonas que yo jamás había visitado. Parecía que Monique se conociese esto al dedillo, y me indicaba perfectamente a pesar de lo mal que lo estaba pasando. Yo, por el contrario, estaba cada vez más desorientado y lo único que podía hacer era cargar con ella y apoyarla.

Llegamos a una puerta enorme. No se podía ver muy bien por la oscuridad y la lluvia, salvo por los momentos esoprádicos de luz que daban los relámpagos. Podían distinguirse varios ornamentos rojos por toda ella y lo que parecía ser la silueta de un engranaje por detrás. Recordé la puerta que crucé cuando era crío y que me levó a otro mundo. No había vuelto a ninguna de ellas desde entonces, quizá por miedo, y no pensé que volvería a estar en la misma situación.

Todo se repetía: la misma chica, el mismo mundo, gente persiguiéndonos… era un extraño recuerdo que volvía.

-Markus, bájame. Tengo que abrirla.

-¿Eh? Sí, claro.

Caminó con dificultad hasta el lateral de la puerta, donde se encontraba el mecanismo de apertura. Parecía recordar la combinación, pero no logró mover las piezas; debían haberse oxidado por el poco uso, y Monique no podía concentrarse mucho con todo ese dolor atormentándola.

-Espera, ya te ayudo. ¿Qué hay que mover?

-Eh… el pequeño hacia abajo. El del medio hacia abajo. El grande un poco a la derecha. Y el de fuera… un tercio a la izquierda.

-Mover, mover…

-¡Aaargh!

-¡Monique!

-Sigue, no podemos perder mucho tiempo.

-Pero…

-¡Que sigas!

Acabé abriendo la puerta, pero Monique estaba aún peor. Ya no tenía fuerzas para agarrarse a mí, así que tuve que cogerla en brazos y bajar las empinadas escaleras prácticamente a ciegas. El ruido de la lluvia empezó a rebotar por todo el piso inferior, pero no pareció grave. Nadie se alertó ni se oyeron voces. Aproveché para revisar aquellas misteriosas calles y recordar mi pequeña aventura, ahora muy diferente.

-Eh, cielo, ¿dónde toca ahora?

No contestó. Debía haberse desmayado por el cansancio y los dolores, aunque continuaba con sus espasmos. Estaba tranquilo porque apenas sufría ahora, pero nuestra situación no era muy buena. Sin guía y con los guardias detrás de nosotros llegar a donde nos dijo Palnit sería algo bastante complicado. Lo único que recordaba era que debíamos tomar la Gyfu 7.

Se me ocurrió que, por el nombre, eso de Gyfu podría ser otra puerta, la cual se encontraba en este nivel y que en teoría llevaba a otro inferior. Además debía de haber varias por este nivel, cada una con su propia combinación, como las demás. El lugar al que teníamos que ir y cómo abrirla ya escapaba de mi comprensión.

Escuché pasos acelerados, propios de bastante gente corriendo. Fui rápidamente al abrigo de un edificio, aunque ahora la lluvia ya no ofrecía un refugio sonoro. Varios guardias corrían hacia donde estaba la puerta, intentando dar con aquellos que habían osado abrirla. Aproveché ese momento de distracción para adentrarme en aquella extraña ciudad subterránea y dar con esa dichosa puerta.

Debió pasar media hora más hasta que Monique se despertó del dolor.

-¡Aaargh!

-¡Monique! Procura no hacer mucho ruido, les tenemos cerca.

-¡¿Pretendes que no haga ruido cuando tengo el mismísimo infierno dentro de la barriga?! ¡¡AAARGH!!

Mala idea. Los cada vez más fuertes gritos de Monique empezaban a llamar la atención de la gente que estaba en sus casas, y cómo no de los guardias. Ya se oían las órdenes de atraparnos, y en seguida uno de ellos dio con nosotros.

-Oh, oh…

-¿Qué pasa?

-Se acabó, Monique. Nos han pillado.

Pero el guardia pasó de largo. Debía ser lo suficientemente humano como para tener piedad de nosotros, pero no podíamos arriesgarnos a que todos fuesen así. Antes de seguir con su camino, nos hizo una señal de que fuésemos a la izquierda.

-¿Sabes dónde tenemos que ir ahora?

-No… lo siento.

-No pasa nada. ¡Vamos allá!

No nos quedaba mucho tiempo. Me cargué a Monique a la espalda y empecé a correr por detrás de los edificios en la dirección que nos había dicho el guardia. No pensé en parar, algo me decía que acabaríamos llegando a alguna parte.

-¡Markus! ¿Adónde vamos?

-¡No lo sé! ¡Pero no tenemos otra opción! ¡Confía en mí!

No presté mucha atención a lo que teníamos alrededor. Lo único que me importaba era seguir adelante y llevar a Monique a un lugar seguro para que pudiesen nacer nuestros hijos.

-¡Markus, espera! ¡He visto una Gyfu!

-¿Donde?

-¡Ahí, en ese callejón!

Por fin habíamos dado con ella. Era una puerta, tal y como imaginaba, pero muy diferente a la que habíamos cruzado. Ésta estaba cubierta de óxido de verdad y había algún que otro escombro obstruyendo el paso. Dejé a Monique en tierra y me dispuse a limpiar la zona para que pudiésemos pasar.

-¿Sabes la combinación?

-… ¿Es la 7?

-A ver, a ver…

No aparecía ningún número en la puerta ni en el lateral, sólo las piezas del mecanismo, igual de maltratadas por el tiempo.

-No sé… pero creo que no.

-¡AAARGH!

-Monique… ¿las combinaciones de las puertas siguen alguna pauta?

-Sí… aunque para sacar la contraseña así hay que estudiar algo en concreto. Tu suerte no podrá esta vez, cariño. ¡Aargh!

Monique no podía estar peor. A juzgar por sus gritos debía de estar ya de parto. Además estaba arañando el suelo del dolor y estaba empapada en sudor. Ya había empezado a respirar violentamente, y la cosa empezaría en cualquier momento.

-Markus… ya llega… ¡AAAAH!

-¡¿Qué?! ¿Ya?

-¡Sí! ¡AAAH!

Decidí hacer algo absurdo y realmente desesperado. Desatasqué como pude las piezas del lateral, me tapé los ojos con una mano y empecé a moverlas al azar con la otra, sin parar.

-Markus, no funcionará… es inútil.

El suelo empezó a temblar. Los engranajes de atrás empezaron a moverse, y la Gyfu comenzó a brillar con una extraña luz naranja.

-Te lo dije.

-¡AAARGH! ¡Que ya vienen! ¡AAARGH!

-Cierto, vamos adentro. ¡Arriba!

Cogí de nuevo a Monique, aunque ahora estaba realmente mojada, tanto por el sudor como por el hecho de que había roto aguas.

-¡Date prisa, Markus! ¡AAARGH!

-En fin, allá vamos.

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