Revolución – I

Hoy hace siete años que Monique desapareció. Siete años de constante trabajo y riesgo por intentar criar a Riley. Siete años cargando con la intriga de saber qué pasó y dónde está. Cada día, cada minuto, indagando y buscando cualquier indicio que me pudiese conducir a ella. Y cada vez que Riley me pregunta por su madre, se me rompe el corazón en mil pedazos, al no poder decirla siquiera si está viva o no. Siete años ya de aquella noche lluviosa en la que todo el mundo nos dio la espalda.

Y, por supuesto, siete años del nacimiento de Riley.

Fue una época bastante turbulenta. Por alguna extraña razón que desconozco, las investigaciones de Monique avanzaron de forma inimaginable. Según ella, había descubierto un poder inmenso e inagotable que si se usaba con cabeza podría beneficiarnos a todos. Así fue durante una buena temporada. Gracias a los ingresos de Monique pudimos mejorar nuestras vidas, pasar a una casa mejor y poder disfrutar un poco del tiempo. Incluso nos propusimos aumentar la familia y tener un bebé. Al  cabo de un tiempo, Monique finalmente se quedó embarazada, y de mellizos más concretamente. Fuimos en seguida a la clínica Doine, de las mejores de la ciudad, para comprobar que todo iba bien. Y durante ocho meses, nuestra única preocupación fue que los dos pequeños creciesen sin ningún problema.

Sin embargo… no todo fue un camino de rosas. A pesar de sus esfuerzos, Monique no podía seguir trabajando como antes, y tuve que ayudarla en varias ocasiones a buscar y comprar diferentes sustancias, algunas de ellas bastante peligrosas y caras. Poco después, bajó el dinero que entraba en casa: al parecer, Monique ya no lograba vender más su misterioso descubrimiento, del cual yo no sabía apenas, y algunos de sus clientes empezaban a buscar alternativas más rápidas y baratas. Y lo peor vino cuando fuimos a la clínica Doine para una revisión de Monique:

-¿Cómo que no la pueden mirar?

-Lo siento mucho, señor Dyrhe, pero hemos recibido órdenes de que no se les atienda ni a usted ni a su esposa.

-¡¿Q-Qué?! ¡No puede decirlo en serio!

-Las órdenes son las que son. No pueden estar aquí.

-¡P-Pero eso no es justo! ¡No tiene ningún sentido! ¿Quién ha dado esas órdenes, y por qué razón?

-Eso es información confidencial. Nosotros sólo cumplimos, no mandamos. Y ahora, por favor, váyanse. No podemos hacer nada.

Obviamente, el enfado que pillé no era pequeño. Tuve muchísimas ganas de buscar al mismísimo Doine y decirle cuatro cosas. Pero… eso no arreglaría nada.

-Markus, cálmate. Ya encontraremos otro modo. Aquí ya no hay ninguna posibilidad.

Ante las palabras de Monique, no tuve más remedio que dar media vuelta y salir, aunque desde luego nada calmado. La gente nos miraba mientras tanto, pero ninguno protestaba por el trato que nos habían dado. Lamentable.

-Maldito Doine… cómo es capaz de hacernos esto…

-Vámonos a casa, anda. Y procura calmarte un poco; tanta ira no puede ser buena.

Ya en casa, lo único que podía pensar era el por qué de todo lo que pasaba últimamente. Lo único que se me ocurrió fue que los antiguos clientes de Monique se habían aliado contra ella por no darles lo que había descubierto.

-Monique, tienes que darles esa cosa. No van a parar hasta que lo tengan.

Pero su expresión no parecía estar de acuerdo.

-No… No puedo hacerlo… acabaría por condenarnos a todos, y no se podría solucionar.

-Monique, por favor, al menos dime qué es. Quizá pueda ayudar.

-Esto va mas allá de lo que has visto, Markus. No podrías entenderlo, y mucho menos ayudarme. No puedo explicarte qué es… ni yo lo sé. Sólo sé que los grandes lo quieren, y pensé en aprovecharme como ellos hacen. Pero lo que no puedo es ceder a ellos. Aunque me vaya la vida en ello, jamás lo tendrán.

Aquellas palabras no cobraron sentido hasta poco antes del final, cuando faltaban unos días para el parto. Monique iba teniendo dolores cada vez más frecuentes e intensos, pero no podía hacer nada por aliviarla, sólo seguir a su lado. Siempre me decía que todo iba a salir bien, y que no tenía que preocuparme tanto. Y cuando los dolores se volvieron insoportables, actué.

-Monique, no puedes seguir así. Tiene que verte un médico. Estás fatal.

-No… ¡Ay!… Se me pasará, tranquilo… ¡Ay!

-Ah, no. De eso nada. Ahora mismo nos vamos.

-¡Eh! ¿Qué haces?

-Si tú no quieres ir, no te voy a obligar. Ya cargaré yo contigo.

-Markus, no digas tonterías… ¡Ay!… Está bien, iremos.

-Por fin. A ver, con cuidado.

-¿Y bien? ¿Adónde vamos?… ¡Ay!

No había muchas clínicas en la ciudad. La Doine había conseguido prácticamente el monopolio, pero todavía quedaba alguna más pequeña resistiendo. La familia Palnit tenía una consulta muy bien apreciada en los barrios menos favorecidos. Era relativamente cara para lo que era el barrio, pero siempre garantizaba el mejor material y un trato bastante amigable. Además… Palnit y yo habíamos coincidido en varias ocasiones por trabajo.

-Vamos a ver a Palnit. Al menos nos atenderá.

-¡Ay! ¿E-Estás seguro? ¡Ay!

-No del todo. Pero es lo único que nos queda.

-Markus, de verdad… ¡Ay! No tienes que levarme a cuestas hasta la clínica… puedo ir sola perfectamente.

-Juré protegerte y cuidarte, ¿vale? Y por mi abuela que hoy vamos a ser padres, te lo prometo.

-Está bien. Vamos. Confío en ti.

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