Manzana de enredaderas

El otro día llegó un extraño forastero a la ciudad. Llamaba fácilmente la atención de todos, pero nadie se atrevía a dirigirle la palabra. Apareció cruzando la puerta de la muralla caminando lentamente, apoyándose en un palo de su altura y a abrigo de un harapo descolorido. No debía ser nadie importante ni respetado, pues no tenía nada más de ropa e iba descalzo a pesar de las piedras afiladas del suelo. No sabía si le dolía o no; desde luego no le importaba.

Lo más extravagante era su aspecto, diferente al de cualquier otra persona. Su cabello era blanco grisáceo, con algunos mechones de color celeste, y también podían verse unos extraños dibujos en alguna zona de su cuerpo, del mismo color. Quizá fuese miembro de alguna tribu del exterior, pero no recordaba ninguna que encajase con aquel hombre. Parecía más un mendigo en busca de cobijo y alimento.

Estuvo un rato recorriendo la ciudad, echando un vistazo a los puestos del mercado y a la gente que trabajaba duramente para ganarse el pan. No compró nada, sin embargo; únicamente revisaba todo con detalle, como si buscase algo en concreto. Ya pensaba en dejar de observarlo escondida desde la esquina, cuando sacó un peculiar objeto de su túnica, el cual nunca había visto.

Decidí acercarme para verlo mejor. En poco tiempo conseguí situarme a pocos metros de él, mientras estaba distraído contemplando las torres. Dejó a la vista aquel objeto, colgándole de una pequeña cadena que se escondía dentro del ropaje. Brillaba. Mucho. Quizá fuese algo de valor, y seguro me darían un buen puñado de monedas por él. Me decidí a robárselo: camine con sigilo, di un par de pasos y se lo arranqué de golpe. Ya era mío.

Empecé a correr por toda la ciudad, sin mirar atrás. Sin duda acabaría persiguiéndome, pero nunca me alcanzaría. Me conocía a la perfección todos los escondites de la zona: ni el más experimentado podría dar conmigo. Me refugié en la parte de atrás de un granero pegado a la muralla, y tras comprobar que nadie me seguía empecé a examinar mi botín.

No tenía ni idea de lo que era. Parecía una rueda, pero con salientes a su alrededor, y había un cristal brillante de color púrpura incrustado en el centro. Sin duda podría sacar de una joya así lo suficiente para comer unos cuantos días. Seguí indagando aquella cosa, cuando sin querer moví el cristal hacia adentro. Pensé que lo había roto, pero al poco tiempo una melodía empezó a salir de su interior. No reconocía ni la música ni qué sonido era; la melodía seguía sonando, misteriosa y totalmente desconocida para mí.

-Vaya, vaya… ¿te gusta?

Noté a alguien detrás de mí. El sol se tapó de pronto, y ya intuía el motivo. En efecto, aquel forastero estaba a mi lado, observándome. Me encontraba todavía agazapada en el suelo, con el miedo empezando a recorrerme el cuerpo entero. Las manos empezaban a temblarme, y me quedé muda ante lo que me podría hacer. No podía comprender cómo me había encontrado, pero ya daba igual. Se había acabado para mí.

-¿No eres muy joven para empezar a robar?

Me había tapado los ojos esperando lo peor, algo que nunca llegó al parecer. El hombre se había puesto en cuclillas a pocos centímetros de mí. No parecía enfadado a pesar de lo que había hecho. Incomprensible.

Extendió su mano en un gesto de que se lo devolviera. Quizá si lo recuperaba tendría piedad de mí, así que lo hice. Y nada más guardárselo, empecé a llorar, tanto por miedo como por intentar salir ilesa de allí.

-Vamos, no llores. No pienso hacerte nada.

-P-Pero… yo… no tuve… no tuve opción… -el llanto se me estaba descontrolando. Era de verdad.

-Siempre hay opción.

 Parecía que decía la verdad. Era una locura, pero quizá podría echarme una mano si me veía mal.

-No, no la hay… snif… hace ya tres días que no como nada… y mi familia confía en mí para ayudar… snif… trabajan mucho, pero no da resultado…

-A veces sólo hay que mirar… puede que esté donde menos te lo esperes.

No le entendía. Se notaba que no era de aquí, no sabía cómo funcionaban las cosas. En seguida se levantó y examinó la muralla. Me limpié un poco las lágrimas para ver mejor lo que hacía. Se apoyó en un pequeño saliente y arrancó unas cuantas enredaderas que se habían abierto paso en el muro. Luego bajó e hizo una bola con ellas, y finalmente se sentó en el suelo conmigo.

Despejó un poco la tierra de delante con la mano y empezó a dibujar algo en ella con el dedo. Primero un círculo grande, y otro más pequeño dentro. También dibujó varios triángulos y líneas, y finalmente escribió algo con símbolos extraños en el centro. Colocó la bola de enredaderas en el centro del dibujo y posó la mano sobre el suelo. Aquellas marcas empezaron a brillar, al igual que la bola, envolviéndose todo con una misteriosa y cegadora luz blanca, por la cual tuve que cubrirme.

Cuando se disipó, todo había desaparecido. No quedaba rastro del dibujo, ni de las enredaderas. En su lugar había una gran manzana roja, increíblemente apetitosa. Me quedé maravillada por aquel truco casi divino. Igualmente se me hacía la boca agua ante aquel manjar. Me giré entonces hacia aquel hombre, pero fue en vano. Se había esfumado junto con la luz, sin dejar ni la más mínima huella.

Lo busqué por los alrededores, pero nada. Todo lo que había dejado era esa manzana. Y como no parecía que iba a volver, tomé la fruta y empecé a devorarla.

Estaba deliciosa.

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