Reflejo

-Se acerca el final… lo presiento.

El grupo empezó a correr por el largo pasillo, adornado con estatuas humanoides de mármol que se erguían poderosas y amenazantes. No había puerta alguna ni cuadro en la pared; ningún pasadizo a otros mundos, ni posibilidad de volver. Todos lo sabían ya. Se mentalizaron de ello cuando entraron en la fortaleza, hacía ya tres días. El asalto les estaba costando demasiado, incluso tras haber entrenado sin descanso, día y noche, hasta alcanzar el máximo poder. Miles de horas peleando, buscando información y meditando y todo se decidiría en unos minutos.

Ya se divisaba la puerta del final. Gigantesca, reparada y, como se imaginaban, cerrada. En poco tiempo se plantaron al lado de aquel portón y comenzaron a examinarlo, buscando cómo abrirlo. Alguna cerradura, tirador o ranura, cualquier cosa por la que podían abrirla, pero nada. La habitación al otro lado estaba perfectamente sellada. Las esperanzas de todos empezaron a derrumbarse al ver cómo su camino se había cortado en seco.

¿Todos? No, todos no. No todos estaban en la puerta, faltaba alguien más. Se oían sus pasos, tranquilos, sosegados. Caminaba a su ritmo, como siempre, camino de la puerta. Era algo normal en el grupo, tener que esperarlo. Nunca corría, ni cuando era realmente necesario. Siempre se quedaba atrás, ensimismado en su mundo y aparentemente ajeno a todo lo que ocurría fuera de él. Finalmente, alcanzó a los demás, algunos de los cuales seguían escudriñando la puerta en busca de pistas.

-¿Qué ocurre? ¿No se puede abrir la puerta? – preguntó el rezagado.

-No parece haber ni cerradura, ni nada similar – contestó uno de los que estaban examinándola.

-Pues si no podemos abrirla, habrá que recurrir a otra cosa.

Todos se giraron, mirándolo. Sus ideas en determinadas ocasiones eran muy buenas, ero otras eran realmente aterradoras. Lo peor de todo es que nunca sabían si una idea suya iba a acabar bien o mal hasta que ya era tarde.

-¿Alguna idea, maestro?

– Creo que sí… veamos esa puerta.

El rezagado se quitó la capucha que siempre le acompañaba. Dejó al aire su pelo blanco, con algún mechón azul brillante, y se acercó a la puerta para observarla mejor. Revisó los bordes, las esquinas, cada palmo de la misma en busca de algo que nadie sabía. Posó su mano sobre la puerta. Estaba fría. Parecía metálica, pero no lo era del todo. Recordaba a la piedra en parte, lo cual era bastante raro. En seguida se volvió hacia sus alumnos.

-No es una puerta. Si lo fuese, se podría abrir.

Una cara de desconcierto apareció en sus rostros. Las ocurrencias del maestro nunca eran pilladas a la primera, y menos cuando eran improvisadas. La tensión aumentaba, hasta que alguien, una joven, decidió alzar la voz:

-Entonces… ¿qué podemos hacer?

-Esta pared no es muy gruesa… ¿crees que podrás con ella?

La pregunta cayó como un cubo de agua fría. Era una idea absurda.

-¿Quién, yo? Pero… pero yo no…

-Vamos, seguro que puedes. Venga, enséñanos lo que has aprendido.

La joven se acercó a la puerta, acompañada de su maestro. En su cara se veía que estaba nerviosa y preocupada de lo que pudiese suceder. Se detuvo a unos centímetros de la misma, y posó sus manos en ella, como si intentase empujarla.

-Maestro, esto es peligroso… ¿seguro que…?

-Confío plenamente en ti. Adelante – la interrumpió.

La joven cerró los ojos y empezó a concentrarse. El resto del grupo se separó prudencialmente de ella, conscientes de lo que vendría después. Los abrió de nuevo; habían cambiado de color, volviéndose casi blancos.

¡Nova!

Una potente explosión acompañó a su voz, volando por los aires la puerta infranqueable y empujando a casi todos por la fuerte onda de choque. Los cascotes aún seguían cayéndose desde las alturas, a la vez que iba depositándose poco a poco la gran nube de polvo levantada.

Las piernas de la joven empezaron a temblar, así como sus brazos. Empezaban a fallarle las fuerzas, y en pocos segundos se desplomó inconsciente. Su maestro fue lo suficientemente ágil como para recogerla mientras caía, pero ya era tarde. No podría luchar ya.

-Has hecho un trabajo excelente. Ahora, descansa.

El maestro se giró y cargó con la joven hasta el grupo de pupilos, aún agazapados por la explosión. Se acercó al más corpulento, y tras levantarse, se dirigió a él:

-¿Puedes hacerte cargo de ella?

-Pero, maestro… yo sería más útil en combate, no cuidándola…

No obtuvo respuesta. Una mirada profunda pero nada amenazadora de su mentor sirvió para hacerle cambiar de idea.

-De acuerdo, maestro.

El resto del grupo avanzó con el maestro hacia la pared derruida, sorteando los escombros y tapándose la cara para que el persistente polvo no les impidiese avanzar. Durante unos segundos caminando iban totalmente a ciegas, únicamente guiados por los pasos del maestro, que caminaba tranquilamente delante de todos. Finalmente, el polvo acabó por depositarse, revelando la verdad tras aquella puerta/pared.

Lo único que se veía era un órgano descomunal que se alzaba hasta el techo y ocupaba gran parte de la sala en la que se encontraba, con un suelo pulido como un espejo y varias columnas como las del pasillo anterior. Los tubos eran tan numerosos que al intentar contarlos parecían mezclarse entre ellos, confundiendo al personal ajeno a semejante aparato. El techo probablemente estuviese a cinco o seis metros de altura, en forma de una bóveda enorme que parecía que en cualquier momento iba a caerse.

El grupo examinó a lo lejos la parte inferior del órgano, donde en teoría el organista ejecutaba sus obras con elegancia. No parecía haber nadie, de modo que e dirigieron hacia allá, manteniendo siempre los sentidos alerta. Justo a medio camino, cuando estaban en medio de la sala, el órgano comenzó a sonar. Las notas ascendían y salían por los tubos, resonando por toda la estancia con muchísima fuerza. El volumen de la música, macabra y con un cierto toque fúnebre, empezaba a resultar molesto. Incluso se notaban las vibraciones del sonido en el suelo, al igual que en las columnas y el techo, que parecían cobrar vida.

Al cabo de unos momentos, ese ruido ya era insoportable. Muchos se taparon los oídos, intentando amortiguar aquella extraña melodía. Otros, más valientes, seguían escuchándola intentando aguantar el dolor. Y para sorpresa de todos, el maestro iba siguiendo el ritmo de la música dando golpecitos en el suelo con el pie.

-¿Maestro? ¿Conoce esta canción?

Apenar giró la cabeza para contestar, sólo lo suficiente para dejar ver una pequeña sonrisa inquietante.

-¿Conocerla? Claro, la compuse yo mismo.

Los pupilos no sabían qué decir. Apenas sabían nada del maestro, únicamente que le encantaba la música y que no prestaba mucha atención a lo que le rodeaba. En numerosas ocasiones pensaron que estaba loco o que no sabía lo que decía, pero acabó por demostrarles que era de los pocos que tenían la cabeza en su sitio.Y ahora, el que supiese tocar aquel órgano ya era inverosímil, pero no imposible.

-Vaya, vaya, qué visita más inesperada…

Una nueva voz se abrió paso entre la melodía, rebotando por todos lados para hacerse oír mejor. Era una voz diferente, de mujer, con un tono burlón y claramente intentando contener la risa. El eco duró unos cuantos segundos, eclipsando incluso a la propia melodía, que parecía sonar más débil. No se volvió a oír a la interlocutora, directamente bajó de un salto desde lo alto del órgano, plantándose delante del equipo.

El grupo se quedó petrificado al verla. O mejor dicho, al verle, ya que tenían delante de sí a su propio maestro, con el mismo trapo raído, el mismo pelo y ese rostro descarado que siempre le acompañaba. Nadie se lo creía, ni siquiera el verdadero maestro, que parecía enfadarse por momentos. En seguida la reconoció, por mucho disfraz que llevase. Sabía que era ella, incluso antes de irrumpir en la sala.

Iba a ser un obstáculo difícil de pasar, y o quería meter a sus alumnos donde no era preciso. En seguida, les dio la orden de que se fuesen de lo que iba a ser un momento… íntimo.

-Marchaos, ya.

-¿Maestro? No… ¡No podemos dejarle solo! – respondieron algunos.

-Dejadme esto a mí, es algo personal. Detrás del órgano hay unas escaleras de caracol. Arriba está lo que hemos venido a buscar. Daos prisa.

No dio tiempo a más réplicas; el maestro se mentalizó para el combate. Los demás empezaron a correr hacia donde se les había indicado, mirando de vez en cuando la escena que dejaban atrás, con los dos gemelos a punto de luchar hasta morir.

-¿Puedes quitarte eso de una vez? Ya no hace ninguna falta.

-¿No te gusta? Encima de que me he arreglado tanto para ti… – dijo, con una risita malévola al final.

El maestro no quiso seguir charlando. Se dispuso a actuar. Sacó de alguna parte un reproductor, se colocó los auriculares y buscó una música apropiada.

Un chisporroteo, como el de las radios rotas, comenzó a sonar…

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