Primer contacto

Ziram se iba a enterar. No tenía ni idea de lo que estaba tramando, pero no era nada bueno: llevarme a un sitio deshabitado y engañarme para dejarme encerrada así como así… Lo único que me faltaba era encontrar la forma de salir de ahí. Examiné la habitación palmo por palmo, pero no encontré ninguna forma de salir: sólo había una ventana y no se podía abrir, y no había puertas ocultas como en muchas películas en las que las cosas son considerablemente más fáciles. Pasé más de media hora revisando todos los rincones, sin resultado. Lo poco a lo que llegué fue a que aquel sitio debía ser muy antiguo, quizá con algunos cientos de años.

Acabé por abrir el armario. Como me imaginé, no llevaba a ninguna parte, era un armario normal y corriente. De madera, en relativamente buen estado, pero cubierto por una buena capa de polvo. Estaba vacío, al menos en parte. No se veía nada colgado en las perchas ni doblado, lógico a juzgar por toda la información que había recabado hasta entonces.

Me fijé en un pequeño cajón que había abajo del todo, parecía algo más limpio, como si se hubiese usado hace poco. Lo abrí fácilmente y saqué algo de ropa que había dentro doblada. Parecía un chaleco, pero al desdoblarlo del todo vi que era algo más que un chaleco: por arriba sí era un chaleco, con varios cordones a nivel de la cintura que me imagino que servirían para ceñirlo al cuerpo. Medía muy parecido a un abrigo largo, hasta un poco más abajo de la rodilla, y tenía un dobladillo interesante en todos los bordes. No pude distinguir muy bien el color por la falta de luz, pero intuí que era beige con algún toque de marrón oscuro. Era extraño, pero bonito.

Decidí probármelo. Antes de hacerlo revisé si había algún tipo de mirilla o similar; no me extrañaría nada que Ziram me estuviese espiando. No encontré nada preocupante, así que empecé a ello. Me quité la camiseta y me puse aquella prenda, y tras atármelo firmemente comprobé dos cosas: primero, era de mi talla y me quedaba como un guante, y segundo, definitivamente no era para un hombre, a juzgar por lo escotado que era. No entraba en mis planes el congelarme, así que busqué alguna cosa más. Donde estaba el chaleco-abrigo encontré una camiseta sin mangas, no muy fina, y parecía que era calentita y cómoda. Efectivamente, así era. No estorbaba mucho dentro del chaleco y me tapaba mucho mejor el pecho, aunque sin agobiar demasiado. Quedaba bastante bien, he de reconocerlo.

Seguí buscando algo más, de todos modos no tenía mucho más que hacer ahí. Revisé el cajón un poco más y vi que debajo de él se encontraba un hueco amplio. Por fuera no se veía nada, y como no encontré tirador alguno, no tuve otra opción que sacarlo del todo. En el nuevo cajón, por así llamarlo, había algo más de ropa bien colocada: unos pantalones cortos de un color naranja no muy fuerte, unos guantes largos de color cobrizo con alguna correa, un gorro de lana y unas botas que debían llegar a la rodilla, a simple vista. Parecían combinar bien con el chaleco y la camiseta, así que lo saqué todo y lo puse encima de la cama para verlo detenidamente.

Volví a revisar que no había nadie mirándome desde fuera. No es que sea desconfiada, pero de momento Ziram no me había causado una impresión muy agradable. No oí ningún paso al otro lado de la puerta, sólo silencio. Supuse que definitivamente estaba sola en aquel sitio y que podía cambiarme con tranquilidad. El resultado final fue… curioso. La ropa no era muy extravagante, pero con todo puesto debía de tener un aspecto poco común. Aun así estaba satisfecha: los pantalones no eran excesivamente cortos y se podía andar bien con ellos, al igual que con las botas. Sorprendentemente eran de mi número y podía mover el pie perfectamente, como si estuviesen pensadas para ello. Tenían una cremallera larga por delante y algunos dibujos de engranajes en la caña, algo que me agradó. En cuanto a los guantes, llegaban hasta la mitad del brazo y no tenían dedos. A diferencia del resto de la ropa me estaban un poco grandes, así que usé las correas que tenían para fijarlos bien. Finalmente, me puse el gorro de lana, de color gris, y busqué algún sitio para mirarme.

No me sonaba haber visto un espejo cuando entré, pero al parecer había uno de cuerpo entero escondido tras el armario. Lo deslicé no sin esfuerzo y lo moví hasta ponerlo enfrente de la ventana para que llegase bien la luz del exterior. La verdad es que mi nuevo atuendo era bastante chulo; no dejaba de ser raro, pero eso era algo que me gustaba en las cosas. Algo que lo distinga, sin ser lo típico que lleva todo el mundo porque sí. No me planteé hasta entonces si Ziram había dejado eso para mí… de mi talla, en la habitación que él dijo que me gustaría, acorde a mi peculiar estilo… Lo que no me cuadraba era por qué no me lo dio directamente, no habría pasado nada. No, tenía que encerrarme para que lo encontrase yo sola, ¿a que sí?

Al cabo de unos minutos se me ocurrió una idea bastante loca y estúpida: tirar la puerta abajo. No tenía nada que perder: la puerta no parecía muy robusta y aunque me hiciese daño, a la velocidad a la que me recuperé al despertar aliviaba un poco los problemas. Fui a la pared contraria, cogí carrerilla y un poco de impulso y me lancé contra la puerta como una loca. Además de hacer mucho ruido y estamparme de morros contra ella, logré agrietarla un poco en la zona de impacto. Repetí de nuevo la embestida, esta vez con más fuerza y golpeando con el hombro. Las grietas se hicieron más grandes, y el centro de la puerta empezó a abombarse hacia fuera. Para el tercer intento, me agaché ligeramente y corrí todo lo que pude en el poco espacio que tenía. Al golpe escuché un ¡crack! muy sonoro y logré romperla puerta lo suficiente como para poder salir. Aparté algo los restos de la pobre puerta y me dispuse a buscar a Ziram para decirle cuatro cosas.

Bajé rápidamente las escaleras, crucé el jardín procurando no aplastar nada (unas plantas bien cuidadas, todo sea dicho) y entré en la torre principal. En seguida escuché la voz de Ziram; estaba hablado con alguien, pero no había nadie con él. Supongo que estaba usando el móvil o algún chisme similar. Me escondí tras una esquina y observé cautelosamente a mi objetivo. En cuanto estuvo de espaldas, salí de mi escondite y empecé a correr silenciosamente para embestirlo. Ahí las botas fueron geniales, mis pasos, a pesar de ir corriendo, no se oían lo más mínimo. A un metro de distancia salté hacia él y volé hasta dejarlo en el suelo. Me senté encima de su espalda y le agarré los brazos para que lo único que pudiese hacer fuese darme una explicación convincente. Reconozco que a veces soy un poco brusca, pero hay muchas situaciones que lo requieren. En seguida empezó a hablar, además de retorcerse sin éxito.

-¿Pero qué? ¿Qué demonios haces? ¡Suéltame!

Intentó soltarse por sí solo, pero no lo logró. Ya tenía cierta experiencia en eso, y sabía que no tenía escapatoria. Sin más, busqué respuestas.

-¡No hasta que me digas por qué me has encerrado ahí! ¡Vamos, contesta! ¿Por qué me dejaste ahí?

En seguida paró de moverse. Pude verle esbozar una sonrisa antes de contestarme.

-Oh ¿de veras? Bueno, mejor dejar el interrogatorio para cuando haya acabado nuestra pelea, ¿no?

-¿Qué? Me gustaría ver cómo sales de ésta.

Cuando vi a Ziram por primera vez me di cuenta de que no era muy musculoso. Estaba algo delgado, pero las piernas las tenía bien ejercitadas. Y algo de lo que no me di cuenta hasta ese momento era su increíble flexibilidad. En pocos segundos levantó la pierna derecha, me agarró del chaleco con su pie y me lanzó hacia atrás con fuerza como si fuese una bolsa de basura. De la fuerza con la que tiró no pude seguir sujetándolo, y cuando me levanté estaba a varios metros de distancia, tirada en el suelo. Fue un movimiento ingenioso y me pilló totalmente desprevenida. La gente normal no puede hacer eso como si tal cosa.

Se levantó, se sacudió los faldones de la ropa y se estiró un poco al reincorporarse:

-Bueno, vamos allá – preguntó tras hacerme señas con el dedo para que fuese otra vez a por él.

Claramente respondí a su desafío. Empecé a correr y en seguida le lancé un puñetazo directo al rostro. A esa velocidad no creía que podría pararme, pero lo hizo, y sin moverse apenas. Recurrí a un rodillazo estratégico para tirarlo, pero tampoco funcionó. Rápidamente giró, se puso detrás de mí sin soltarme la mano y procuró que no pudiese usarla más. Intenté sacudirle con el otro brazo, pero también lo agarró, frustrando mis esperanzas. Y para acabar, me lanzó con extraña delicadeza a la zona del puente, deslizándome hasta la mitad del mismo mientras él seguía en la torre.

Me levanté por segunda vez y me sequé el sudor de la frente. Aquella pelea me estaba haciendo sudar; iba perdiendo y eso no me gustaba. Empecé a caminar hacia él furiosa, pensando cómo iba a actuar esta vez. Él estaba parado, cruzando los brazos, esperándome arrogante.

-Mira, podemos seguir así todo el día y no conseguirías nada. ¿Por qué no me preguntas lo que quieres saber así, sin más?

-Lo siento pero no. ¡Me encerraste ahí arriba y tuve que echar la puerta abajo porque alguien no se dignó a abrirme cuando se lo pedí! ¿Tú crees que eso es normal?

Iba a encenderme otra vez, sobre todo si cuando estás discutiendo con alguien, esa persona empieza a mirar disimuladamente al techo y no te hace ni caso. Y tras varios segundos de gritos, me agarró por las solapas del chaleco y me lanzó dentro de la torre, no pudiendo hacer nada al respecto. Ya se acabó. Ahora se había aprovechado de mí, y no iba a dejarle un hueso sano costase lo que me costase.

Sin embargo, me sorprendió verlo retroceder por el puente mirando al cielo, como si algo estuviese arriba, vigilando. Justo cuando fui a levantarme, una bola de bronce de dos metros de altura cayó del cielo justo delante de él, haciendo un ruido increíble y levantando una densa nube de polvo. Después, algo dentro de aquella esfera empezó a brillar con un color azul brillante, y al poco tiempo, comenzó a sonar de forma similar a la puerta mecánica al abrirse. Brazos y piernas robóticos emergieron acompasadamente de ella, y en medio minuto aquella mole ya estaba de pie.

Y sin previo aviso, esa cosa de aspecto demoledor se giró hacia mí amenazante y una voz chirriante y metálica resonó por toda la estancia:

-INTRUSIÓN-INTRUSiÓN-INTRUSiÓN-

Definitivamente, la pelea aún no había acabado.

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