Borrón y cuenta nueva

Un ruido chisporroteante, como el de las viejas radios al no encontrar emisora, resuena en medio del caos…

Una figura desconocida y misteriosa comienza a subir las enormes escaleras, paso a paso, sin prisa, apoyándose en un viejo cayado de su misma altura, hasta llegar a la cima. Apenas se sabe nada de ese ser: camina descalzo, sin importarle el frío y los puntiagudos guijarros que se interponen en su andar; su único ropaje es un harapo viejo y destrozado, suficientemente grande como para cubrirle por completo, a excepción de sus pies. 

Respira de forma arrítmica y cansada, al igual que su vida. Demasiado tiempo a sus espaldas, una montaña de sueños y esperanzas echados por tierra y el presentimiento de que nada cambiará por mucho que haga… 

Echó un vistazo a la fortaleza que antiguamente fue su hogar. Ahora descansa, casi derruida en su totalidad, quedando sólo en pie parte de una torre y algún que otro muro. Antiguamente estaba llena de vida y esperanza; ahora está completamente vacía. Sólo queda el polvo, los escombros y los recuerdos de aquella batalla que marcó su vida para siempre.

Cruzó el umbral de lo que quedaba de la puerta, abriéndose paso entre los pedruscos y ladrillos. No le queda más remedio que saltar varias veces para llegar al otro lado del puente; el precipicio que se extendía debajo no era su mejor opción. Aterrizó de forma aparatosa, levantando una densa nube de polvo. Hacía mucho tiempo que había dejado de luchar; cualquier esfuerzo era aleatorio.

En el interior de la torre principal, comprobó con asombro que la escalera aún estaba en pie, entera. Habría jurado que no se había salvado nada aquel día, pero después de tanto cualquier recuerdo era borroso y no respetaba la realidad. Ascendió paulatinamente rememorando su pasado: gente, aventuras, tragedias… no era una vida de la que estar orgulloso, pero era lo único que le quedaba.

Acabó encontrando su pequeño rincón privado, donde podía evadirse del mundo cuando quisiera. Al menos antes. Ya ningún lugar parecía surtir ningún efecto en su interior. Todo estaba en el fondo vacío y sin ninguna esperanza. Abrió la puerta, entró y vio la estancia. Estaba tal y como la dejó aquel día: la cama desecha, los libros desordenados y el baúl bien cerrado y asegurado. 

Vio el escritorio en el que había alcanzado la sabiduría tras mucho trabajo y dedicación. Las notas e investigaciones se apilaban y envejecían, pero podían leerse perfectamente. Recordó sus primeros descubrimientos y fracasos, siempre con el espíritu de seguir, seguir y seguir, pasase lo que pasase. También vio su arma predilecta, una maza con cadena extremadamente contundente. Creía haberse deshecho de ella, pero al parecer se equivocaba. Suponía la única unión con sus orígenes y su sentido en la vida. Estaba algo oxidada, algo lógico pues nadie más sabía usarla, y no la tocaba desde aquel día.

Lo último que vio fueron las fotografías, con sus respectivos marcos, de la poca gente que le había marcado. Toda una sucesión de recuerdos que procuraba enterrar para siempre.

Vio a su mejor amigo y rival, con quien y contra quien había peleado hasta la saciedad, normalmente con alguien en medio.

Vio a su aprendiz, terca y difícil, pero siempre dispuesta a ayudar, siempre con una sonrisa en el rostro y una curiosidad insaciable.

Vio a aquella feliz pareja que tanto le ayudó en el pasado: él, su primer compañero y única familia durante mucho tiempo; ella, quien le hizo entrar en razón y pensar un poco más en los demás, confiase o no.

Vio a su amada, perdida hace demasiado tiempo, la única persona por la que cambió por completo y que lo había hecho crecer. 

También vio a toda la gente que se había ido por su culpa. Familias rotas y perdidas por aquel incidente que les cambió la vida a todos.

Ninguno de los seis quedaba ya. Ni siquiera él mismo. Ya no era aquel joven descarado pero ocurrente al que era imposible odiar. En cierto modo, todos se habían ido. No quería que volviesen, ya se había acostumbrado a la condena que era su existencia.

Reflexionó. Consideró el volver a su antigua vida, con ellos, y enmendar sus errores. Lo desechó. El resultado sería el mismo. Consideró el acabar con todo. También lo desechó. Lo perdería todo y además seguiría existiendo para que contemple el desastre. Consideró el reabrir la orden, pero no funcionaría. Acabaría como la primera, disuelta, olvidada y con la promesa de no volver a hacerlo nunca más.

Dejó de pensar. Por una vez, actuó. Decidió volver entre la gente, ayudarla desde el anonimato y darse a conocer progresivamente. No podía contar su historia: todos lo tomarían por loco y no ayudaría. Ya sería bastante difícil, en una sociedad que no aceptaba lo extraño y diferente. Algo así no sería fácil de romper, pero no era imposible.

Buscó ropa mejor entre sus pertenencias. Aún le valía algo de hace tiempo, apenas había crecido desde entonces. Tomó lo primero que se le ocurrió y salió al exterior de la fortaleza. Bajó las escaleras con parsimonia hasta regresar al mundo que siempre lo había rechazado. No tenía ningún motivo para arreglarlo, simplemente se aburría.

Sería una misión en solitario: no podría colaborar con nadie ni apegarse a cualquier cosa o momento, acabaría desapareciendo. Tampoco podía buscar a alguien con quien compartir su existencia: nadie llegaría a sus expectativas y acabaría por irse tarde o temprano. Hacía ya mucho que su vida era así. Sólo podía seguir adelante.

Y lo primero era buscar un reproductor de música nuevo. Ya estaba cansado de aquel chisporroteo constante en sus oídos. 

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