Las puertas del infierno

Me he esforzado en no recordar ciertas cosas… pero enterrar el pasado para siempre es imposible.

Hace unos días, estaba paseando con Riley por la ciudad, dando una vuelta aprovechando el fin de semana y que ninguno tenía nada que hacer. Nos encontrábamos descansando en lo alto de una pasarela, observando el paisaje despreocupadamente, cuando me hizo una pregunta que me descolocó por completo. No fue nada que me esperase, como dónde estaba su madre, qué pasó con ella o por qué éramos tan diferentes a los demás, fue… algo totalmente diferente.

-Papá, ¿qué es esa puerta?

Sí, no es una pregunta muy intimidante, pero en determinadas condiciones es capaz de dejar sin habla a cualquiera. En la ciudad, hay puertas que son muy importantes: además de puertas, son fronteras, límites entre las variadas clases de la sociedad. No estaba prohibido atravesarlas, pero nadie se atrevía nunca a hacerlo a menos que fuese el dueño del lugar. Y cuando alguien lo hacía… o no volvía a vérsele jamás, o estaba marcado de por vida… o algo peor. Intenté calmarme un poco y comprobar que me estaba equivocando.

-¿De qué puerta hablas, Riley?

-De ésa, la que está ahí abajo, la grande y de color rojo.

Había acertado de pleno. Riley no sólo había encontrado una de las puertas maestras, repartidas por toda la ciudad, también había elegido una de las que pero fama tenían, las llamadas Fehu. Eran gigantescas, muy pesadas y muy decoradas con el color rojo, por todas partes. Era imposible abrirlas manualmente: cada puerta poseía una combinación única, conocida sólo por los líderes de la zona a la que conducían, y estaban directamente conectadas al mecanismo central.

Lo peor era que cada vez que eran abiertas aparecía un olor extraño y desagradable, y una sensación de malestar en las zonas de alrededor. Había incluso quien decía que el mal escapaba del mismísimo infierno cuando alguien osaba abrirlas. Todo ello era adornado con las breves imágenes que la gente obtenía mientras estaban escondidos a que el extraño personaje las atravesase y se cerrasen de golpe. Los más imaginativos aseguraban ver demonios y monstruos, además de la famosa fragua en la que se creaban y destruían los espíritus.

Por supuesto, no iba a intentar engañar a Riley con un cuento de niños, no funcionaría en absoluto. Prefería darle la explicación que fui elaborando con mi propia experiencia, muy a mi pesar, pero algo suavizada para no traumatizarla en plena calle.

-Ya la veo. ¿Seguro que quieres saber qué es?

No me contestó. Una simple mirada con ligera mala uva me dio a entender que sí.

-Vale, vale, te lo diré. Verás, cuando era pequeño, esa puerta y las demás eran conocidas como las Puertas del Infierno. De críos las teníamos auténtico miedo y nuestros padres no nos dejaban acercarnos a ellas. Y nosotros, como bobos, jamás pensamos en preguntar más del tema.

Riley escuchaba con mucha atención, posiblemente intentando buscar algo extraño.

-Pero al cabo de unos años, cuando ya éramos más curiosos y aventureros, unos cuantos tuvimos la horrible idea de esperar a que alguien la abriese y seguirlo para ver qué había dentro. Uno vivía cerca de una de ellas, así que sabíamos cuándo se iba a abrir y tendríamos así nuestra oportunidad. Al cabo de unos días, ya teníamos el día y la hora para realizar muestra intrusión.

Era de noche aquella vez. Nos habíamos escapado todos de casa y estábamos escondidos en una esquina desde la que podíamos ver perfectamente aquella puerta. Era algo impresionante: unos tres metros de altura, un gran espesor y engranajes increíbles en la parte trasera. Relucía con un brillo rojo espeluznante y tenebroso, pero era ala vez atrayente. Algo hacía que quisiésemos seguir mirando la puerta, y cruzarla.

Al poco tiempo, llegaron varias personas a la puerta, todas de aspecto misterioso. No parecían ser de la ciudad, por sus extrañas vestimentas y su actitud, y cargaban con maletines pesados llenos de… de cualquier cosa. Se apelotonaron en la puerta y cuando uno de ellos se acercó un poco más, toqueteó algo de un lateral y comenzó a sonar un ruido muy alto que rebotaba por todas partes. Literalmente parecía que todo se iba a caer sobre nosotros. Todos nos tapamos los oídos y, cuando quisimos darnos cuenta, aquellas personas se habían ido. La puerta seguía abierta, pero no tardaría en cerrarse.

A Riley parecía interesarle mucho la historia. No había dicho nada desde que empecé, algo bastante normal en ella, y se había sentado en el suelo para escucharme mejor. No la había visto tan tranquila nunca, así que decidí aprovechar el momento.

-No me lo pensé ni un instante. Antes de que la puerta se cerrase por completo, salí del escondite y empecé a correr hacia la puerta. Varias zancadas y de un salto logré colarme dentro sin llamar demasiado la atención. Me giré para ver si los demás me seguían bien, pero me llevé un chasco increíble. No sólo no me había seguido nadie, sino que las puertas estaban ya casi cerradas. Algunos me miraban asustados pensando que ya estaba perdido, otros aún no se lo creían… de todo.

Ya había llegado muy lejos, no podía pararme ahí. Vi las enormes escaleras que seguían a la puerta y las bajé procurando no hacer ruido al pisar. Llegué después de muchos escalones abajo del todo, y continué andando hasta una luz roja que había pocos metros más allá. Y lo que vi ahí… me dejó sin palabras.

Era un mundo totalmente diferente. Los edificios eran más altos, grandes y extraños que los de la ciudad de la que venía. No había cielo: en su lugar, un techo lleno de vigas, rejas metálicas y varias lámparas colgadas que iluminaban todo como su pretendiesen sustituir al sol. Las calles estaban hechas de piedras que no había visto en mi vida, algunas brillantes como joyas. Las carreteras, curvas y caóticas, cruzaban las calles como el agua de un río. Los edificios parecían sostener aquel techo, y en ellos no parecía existir la línea recta.

La gente caminaba de un lugar a otro, como si todo fuese normal. Sus ropas eran extrañas, mucho más coloridas e imaginativas que el resto, y algunos llevaban peinados increíbles. Parecía que había un ambiente de fiesta en aquel lugar durante todo el tiempo: se notaba la alegría y la despreocupación en sus caras, a pesar de que al otro lado de la puerta pensábamos que era el mismo infierno.

Aquel ambiente era cálido y agradable, y me atreví a dar el primer paso y conocer más de aquel sitio. O al menos lo intenté, porque nada más levantar el pie, una mano me agarró de la cazadora y me levantó a mí, tirándome hacia un rincón poco iluminado. Cuando me incorporé, escuché una voz que venía de la oscuridad en la que me encontraba.

-Tú no debes estar aquí. No es tu sitio.


-¿Y quién era?

Por primera vez en mucho rato, Riley abrió la boca y empezó su probablemente largo interrogatorio. La respondí, no tenía el menor reparo en atender sus peticiones.

-Suena bastante raro, pero era una niña. Más o menos de tu edad. Al principio pensé que era una adulto, por la fuerza con la que tiró de mí, pero aquella voz lo dejó todo muy claro.

-Ah…


-¿Y tú quién eres?

-Eso no te importa. Tienes que irte de aquí antes de que te pillen.

-¿Pillarme? ¿Quién?

-Los líderes de aquí. No quieren a nadie de los de tu clase. Así que lárgate antes de que no puedas volver.

-¿Y cómo me voy? Las puertas ya se han cerrado…

-Se pueden abrir, si sabes la combinación.

-Espera, ¿combinación? ¿Tienen de eso?

-Sí, una por puerta. Si sabes a combinación, puedes abrirla cuando quieras.

-¿Cómo sabes tú todo eso?

-Ya te he dicho que no te importa. Vamos, sígueme.

En pocos minutos corrimos escaleras arriba y nos plantamos enfrente de la puerta. Al parecer nuestros pasos habían alertado a las fuerzas del orden, a las que ya se oía perseguirnos desde ahí. No tardarían mucho en llegar a las escaleras y capturarnos, así que había que darse prisa. Aquella chica estaba ya al lado del mecanismo de apertura, intentando introducir la combinación.

-¡Ya vienen! ¡Date prisa!

-¡Ya voy! ¡No es fácil hacerlo a oscuras! …Esto aquí, esto acá… ¡Ya!

La puerta empezó a abrirse con su correspondiente ruido. Eso acabó por llamar la atención de los guardias, que empezaron a subir las escaleras en seguida a juzgar por los pisotones que se oían. En cuanto la puerta se abrió lo suficiente me colé y salí de aquel sitio, y a juzgar por nuestra situación, le tendí la mano a la chica para que viniese conmigo.

-No… no puedo ir contigo…

Los pasos empezaban a sonar mucho más fuerte; los guardias estaban a un par de metros de la puerta. Se giró espantada e instintivamente dio un golpe al mecanismo para que la puerta empezase ya a cerrarse. Ya se podía ver a dos hombres gigantescos detrás de ella, ya la habían atrapado. Y viendo que yo podría correr la misma suerte, me dio un último aviso antes de dejar de verla:

-¡Gyfu!

Y la puerta se cerró. Los dos mundos se separaron de nuevo, sin contacto entre ellos. Había escapado de aquel lugar gracias a ella, y sabía que tenía que devolverla el favor de algún modo.


-…

-¿Pasa algo, Riley?

-Sí… ¿me vas a decir qué es esa puerta?

-Si ya te lo he dicho. ¿No me has estado escuchando?

-Papá, en serio. Nadie se creería eso. Una ciudad subterránea, gente diferente, una misteriosa salvadora… es una historia muy bonita, pero… no cuela.

-Oh, vaya… pensé que funcionaría…

-Y esas puertas son…

-… son puertas que llevan a la red de alcantarillado de la ciudad. Eso rojo es óxido, ya que hace tiempo que nadie las usa. Y los olores… son alcantarillas. ¿Contenta?

-Más o menos. Me esperaba algo mejor, pero bueno…

-… (Algún día acabará conmigo… seguro.)


De momento había conseguido evadirla. Mejor que aprenda esas cosas ya mayor que ahora. Puede ser demasiado.

Gyfu…

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