Cacería improvisada

Año: Desconocido

Lugar: Una cafetería en el centro de la ciudad.

Eran aproximadamente las ocho de la mañana. La cafetería acababa de abrir y aguardaba la llegada de los primeros clientes. Como todos los días a esa hora, se encontraba vacía. Sólo había una persona en su interior, una joven que hacía las veces de camarera y cocinera y que se enfrentaba a su primer día sola, pues la dueña había enfermado hacía un tiempo. Estaba un poco nerviosa, como era lógico, pero conocía perfectamente su labor. Sabía que no debía demorarse en la cocina para no impacientar a los clientes. La cafetería era modesta, pero conocida por los alrededores. Y medrar con un negocio pequeño en una gran ciudad no era tarea fácil.

Poco rato después, alguien hizo su aparición en el local. Un hombre, de apariencia joven, ataviado con una cazadora vaquera y una sudadera gris, encauchado, posiblemente por el frío del exterior, abrió la puerta con suavidad y se sentó en la mesa de la esquina. Depositó la cazadora en el asiento y se limitó a esperar a la joven, que en pocos segundos se plantó de pie junto a su mesa.

-Buenos días. ¿Qué te sirvo? -preguntó, sacando un bloc a fin de apuntar las demandas.

El cliente, por educación, se quitó la capucha, dejando al descubierto su cabello grisáceo y sus ojos de color celeste. Tomó la carta y echó un vistazo a lo que podía pedir para desayunar:

-Er… a ver, un filete de ternera en su punto… y un botellín de agua.

-Muy bien.

Recogió la carta y se fue hacia la cocina, de donde varios minutos después un olor delicioso salía para adentrarse en las fosas nasales del cliente. No pasó mucho tiempo hasta que la fuente de aquel aroma abandonó aquel laboratorio culinario y se posó con suavidad en la mesa, a punto de ser deglutida, acompañada de una refrescante pero sencilla bebida.

-Tiene buena pinta -dijo mientras aspiraba su olor con gusto.- ¿Cuánto es?

-… Nueve con veinte.

-Ten diez.

-Gracias. Que aproveche. dijo sonriente mientras le daba el cambio.

Mientras la camarera regresaba a su puesto de trabajo, el joven sacó un reproductor de música de su bolsillo lo encendió y se colocó los auriculares para amenizar aquel desayuno. El filete iba menguando poco a poco, con ritmo constante pero no muy rápido, mientras él saboreaba cada trozo y suministraba algo sólido a su estómago. Al mismo tiempo, la camarera lo observaba de lejos, quizá intrigada por su aspecto. No era muy común ver a alguien así por la ciudad, pero parecía un buen tipo.

Un segundo cliente apareció abriendo la puerta y sentándose en la esquina opuesta de la cafetería. Su pedido fue más sencillo: un simple café. Parecía una persona normal y corriente, pero el joven lo observó con detenimiento mientras comía: estaba sudando, nervioso e intentaba disimular algunas heridas tapándolas con su ropa. Además, parpadeaba muy rápidamente y de vez en cuando tenía escalofríos. Recabó todo tipo de información de aquel individuo mientras procuraba que nadie descubriese lo que estaba haciendo ni sus intenciones.  Cuando estuvo satisfecho esbozó una sonrisa maléfica en su rostro, planeando el que sería su siguiente ataque.

La gran oportunidad llegó cuando aquel tipo se levantó y se dirigió apresuradamente al baño. Veinte segundos después, el joven acabó su desayuno e hizo lo mismo, todavía con los auriculares puestos. Procuró que la camarera no sospechase, aunque había que tener muy pocas luces para no imaginarse ciertas cosas.

El hombre temblequeante se encontraba en el lavabo, lavándose la cara en un intento por tranquilizarse. Se fijaba en el espejo en lo demacrado que estaba, hasta que a los pocos segundos vio reflejado a alguien más. Se encontraba detrás de él, con un semblante siniestro y planes no muy halagadores. En seguida se dio la vuelta para verlo de frente, asustado  y aún mas nervioso si cabe. Tenía auténtico miedo.

-¡T-Tú!- dijo al recién llegado.

-Si, yo… siempre yo, ¿verdad?

Dio varios pasos hacia aquella figura llena de pavor, arrinconado frente al lavabo, lo agarró y lo estampó contra la puerta de uno de los servicios, al lado contrario.

-¿Te creías que podías escapar de mí?-inquirió, enfadado y con un tono mucho más grave.

-¡P-Pagarás por todo esto! ¡No tendrás escapatoria!

-Bah, todos decís lo mismo.- Hizo una mueca de desprecio mientras apartaba su cabello grisáceo, para a continuación atravesarle el vientre con la mano derecha.

En seguida apareció sangre de color oscuro en la herida, la mano y en el suelo. Como de costumbre, extrajo su mano y dejó que el hombre, ahora cadáver, se desplomase groseramente sobre las baldosas de los servicios. Se sacudió la mano varias veces para quitarse la sangre, y echó un último vistazo a su presa más reciente. -Uno menos- dijo en voz baja.

Levantó la cabeza hacia la puerta, ya que muy a su pesar no estaba solo. La camarera, alertada por el ruido, fue hacia el servicio y contempló tal macabra escena sin poder remediarlo. Estaba pálida, casi tanto como el que yacía en el suelo. No sabía qué hacer, aunque tampoco podía hacer mucho. El miedo la paralizaba y le impedía incluso gritar. Lo único que se le permitía era mirar esa escena una y otra vez. Aquel joven, su primer cliente mientras estaba al cargo, ahora era alguien horrible. Y posiblemente sería su verdugo.

Una duda le asaltó la cabeza. ¿Iba a dejar testigos o limpiaría todo al igual que otras veces? No tenía una respuesta fácil. Ella no tenía la culpa de nada, y ya había demasiadas víctimas a sus espaldas como para cargar con una que además era inocente. Se limitó a abandonar el cuarto de baño, no sin antes dar su recompensa a cierta persona:

-Por cierto, el desayuno estaba delicioso.

Dejó allí a la camarera mientras regresaba a su sitio para recoger la cazadora y salir de la cafetería. Observó las nubes; parecía que iba a llover. Se colocó su capucha, tomó el reproductor de nuevo y seleccionó una música apropiada para el momento. Caminó a paso normal, lejos de aquel sitio, mientras comenzaba el bullicio de cada vez: gritos, curiosos y al poco, servicios de emergencias y fuerzas del orden.

Pero como siempre, sería inútil.

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