Estrella negra

-Qué mal se van las manchas de esta madera…

Como de costumbre, se respiraba un aire cargado en el Salón, aunque hoy era un poco más… denso. Sin duda, el jefe estaba preparando algo para hoy; siempre que pasa algo importante la gente se revoluciona y va corriendo de un lado para otro. Todos, mayordomos, doncellas, sirvientes, damas… cada uno se esforzaba en dar lo mejor de sí esos días, ya que el jefe siempre, y digo siempre, estaba observando. Y sus recompensas a los más trabajadores eran espléndidas: ascensos, una mejor habitación, ciertos privilegios, gente subordinada… pero nunca la libertad, algo que anhelábamos todos desde que entramos.

-Ben, te necesitan en la recepción.

-Voy para allá.

Mi cargo en el Salón es de… chico para todo, o al menos, para muchas cosas. Generalmente limpiaba las habitaciones y los muebles, pero a veces me tocaba recibir a los clientes, ayudar en la cocina o… algunas labores de las que no estoy muy orgulloso. Pero a pesar de todo el trabajo que nos exigían la gente estaba satisfecha. La mayoría de nosotros estábamos solos en el mundo, y gracias al jefe teníamos un hogar, algo de relación con el mundo y un cierto sentido en nuestras vidas.

Eso era lo que pensaba la mayoría. Yo no. Ni por asomo. Y si no me he acostumbrado a trabajar aquí es porque aún recuerdo quién soy. No sé el resto, pero yo no entré aquí voluntariamente. Por increíble que parezca, llevo aquí desde los seis años. Ahora tengo veintidós tacos y sigo desriñonándome intentando quitar las manchas de todo el edificio. Dieciséis años, y sigo igual que cuando empecé. No entiendo por qué en todo este tiempo al jefe no se le ha pasado por la cabeza darme un puesto mejor. No, sólo me ha dado más trabajos, y nada más. Casi toda mi vida he contemplado cómo el resto crecían y subían, y yo mientras, aquí abajo. Da gusto, sí señor.

-Buenas noches, señor Rouna.

-Buenas noches, Ben. Lo de siempre. Ya sabes con quién.

-Sí, señor. Se está preparando ahora mismo. En unos minutos se la envío.

Vale, esa debía ser la persona especial a la que estaba esperando el jefe. El señor Rouna era uno de los tres dueños de los bajos fondos de la ciudad, temidos y respetados por igual. Los tres se dedicaban al negocio de la energía y, lo que más fama y poder les dio, las armas. Armas capaces de destruir cualquier cosa sin dejar rastro. Armas tan temidas que sólo nombrarlas ya hacía efecto en el enemigo. Más que para atacar las usaban sobre todo para atemorizar y controlar al resto de la gente.

Y lo peor de todo, era que fabricaban unas en concreto, por encargo, para los clientes más selectos y poderosos. Toda una colección de armas únicas y personales que sólo aquellos por cuyas venas corría el odio más extremo podían manejar. Se desconocía cuántas había, quizá más de un centenar. Ellos se guardaban las mejores para sí, desde luego, pero muchos peces gordos llegaban incluso a coleccionarlas. Sin ir más lejos, sabíamos perfectamente que nuestro jefe tenía unas cuantas en su despacho, a buen recaudo. Nadie nunca las había visto, pero su existencia era un secreto muy mal guardado.

En cuanto a por qué estaba todo tan revolucionado, ya tenía sospechas. Si los tres iban a reunirse con el jefe era porque le iban a entregar un arma más de esas para añadirla a la colección, seguro. Y claro, el intercambio duraba unos cuantos días, en los cuales los tres líderes debían estar perfectamente atendidos, cuidados y entretenidos para que no volasen todo por los aires. Y ahí es donde entrábamos nosotros.

-Eva, ¿estás lista? El señor Rouna te espera.

-Sí, un momento. … ¿Has dicho Rouna? ¿Ha venido hoy?

-Acaba de llegar. ¿Qué, nerviosa?

-Un poco… No me lo esperaba. En fin, ahora salgo.

Era cierto. A las chicas el señor Rouna las ponía más nerviosas de lo normal. No es que les pidiese nada raro, pero si lo hacían bien, al cabo de unos días podían ser ascendidas a lo grande.

-¿Qué tal estoy?

-… Espectacular, como siempre.

-Gracias. Deséame suerte.

-No la necesitas. Lo harás genial.

Curioso interés el que el señor Rouna tenía por Eva. No aparecía muchas veces por aquí, pero siempre que lo hacía solicitaba a Eva. Y en esas pocas veces, Eva ascendió en un año lo que otras no lograrían en su vida. Tenía un talento especial para cautivar a los clientes, como si les llevase a otro universo donde tenían todo lo que deseaban. Como una sensación de que todo va a acabar bien, y que nada es una locura. Cinco segundos mirándola, y la seguirías hasta el fin del mundo  sólo para seguir viéndola. Y sé de lo que hablo porque… así fue como entré aquí.

Yo tenía seis años. Todo ocurrió muy deprisa, en un sólo día. Mi familia vivía en una zona bastante pobre, cerca de la entrada a los bajos fondos que sólo los que lo controlaban podían abrir. Me pasaba horas y horas mirando por la ventana que daba a aquella puerta, fijándome en toda la gente que la atravesaba. Algunos lo hacían a menudo, otros no salían jamás. Y una noche en la que no podía dormir, vi algo que realmente cambió mi vida por completo.

Era Eva, por supuesto. Aún era una niña, como yo, pero entre su belleza natural y las galas que llevaba aquella noche me quedé prendado por ella al instante. Y sin pensarlo, la seguí. Bajé rápidamente a la calle y me colé por la puerta antes de que se cerrase. Anduve durante bastante tiempo detrás de ella y sus acompañantes hasta que llegamos al edificio más grande que he visto hasta el momento, el Salón. De aspecto fantasmagórico pero elegante, y muy adornado con el color rojo, entré sigilosamente en lo que pronto se convertiría en mi nuevo hogar.

La escena que vi no difería mucho de la de hoy: gente joven al servicio del propietario, ellos sirviendo y ellas entreteniendo a la élite de los bajos fondos. Día tras día, aparentemente la misma escena, pero siempre diferente. Muchas historias circulaban por allí: huérfanos, delincuentes callejeros, vándalos, niños abandonados por sus padres… pero ninguna como la mía. Entré allí por ella, más que por otra cosa, y así se lo hice saber al jefe. Me acogió como… un hijo, y eso es algo que siempre recordaré, pese a no haberme tratado como a los demás desde entonces.

-Gracias por echarme un cable, Ben.

-De nada. Me vuelvo a lo mío.

Una cosa que me llamaba la atención era que todos los que trabajábamos allí ya no queríamos dejarlo. Con el tiempo nos habíamos acostumbrado a obedecer al jefe y a cumplir sus órdenes sin rechistar. Yo personalmente no entendía por qué, aunque sospecho que es el tatuaje. Cuando alguien nuevo entra a trabajar en el Salón, inmediatamente se le tatúa una estrella negra como identificación y sello, en el cuello si es una chica, y en el pecho si es un chico. Pero además de una simple marca, ese tatuaje también era un medio de castigo. Si alguien se atrevía a insubordinarse o cometía un error grave, el tatuaje se volvía rojo y provocaba un dolor intensísimo como reprimenda. Generalmente era corto, pero ha habido casos en que ha durado varias horas, causando un auténtico sufrimiento.

Desde el primer momento no me convenció este sistema, y me reafirmé cuando me enteré de que la música que sonaba en todo el edificio era siempre la misma, y obligaba a la gente a obedecer nada mas oírla. No me fue fácil aislarme de ese hilo musical, tuve que quedarme medio sordo para poder recordar lo que era el silencio. Ahí fue cuando decidí que no podía seguir allí. Intenté escaparme varias veces, pero todas en vano. También quise compartir lo que sabía con el resto, pero nadie me creía. Ni siquiera Eva, que decía que todo eran imaginaciones mías. Éramos buenos amigos, pero aún no me creía como yo la creía a ella a veces.

Quizá era por eso por lo que seguía en el fondo. Todos los demás habían aceptado al jefe, pero yo no. Ya me había cansado de obedecerlo sin más, quería una explicación. Pero nunca conseguía nada más que un castigo pectoral. Además, no podía hacerlo solo; los guardias del jefe darían conmigo enseguida y me traerían de vuelta a este agujero. Debía conseguir la ayuda de alguien, pero sólo confiaba lo suficiente en Eva, y no me creía. No quería separarme de ella, así que si tenía que llevármela a la fuerza, lo haría sin dudarlo. No pertenecíamos a ese mundo. Y debíamos salir.

Poco a poco se fue creando en mi mente la que con suerte sería mi última huida de aquel sitio. Por una vez, las cosas parecían ponerse a mi favor: una ocasión especial como la llegada de los tres líderes, la posibilidad de acercarse a los extraños artefactos que le iban a dar al jefe gracias a Eva y poder liberar a todos los que allí estaban esclavizados en el mismo intento. Y además, me fugaría con la persona a la que más quería, y por la que iba a cometer la segunda gran locura de mi vida.

-Vaya, por fin ha salido esta condenada mancha. Anda que no le ha costado…

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