Los Roulf

Jueves. Hacía un día agradable, sin demasiado calor ni demasiado frío. El sol había salido hace ya unas cuantas horas, pero las nubes hacían que estar en la calle fuese más cómodo que de costumbre. Llevaba levantado un buen rato, el suficiente para desayunar, despejar mi cabeza del reino de Morfeo y preparar el compromiso de hoy. Tras contar el dinero necesario y encontrar mi viejo maletín me dispuse a preparar el desayuno de Riley, que no tardaría mucho en levantarse.

A las diez de la mañana, mi querida hija apareció bajando las escaleras, con la misma elegancia con la que lo hacía su madre cuando aún éramos jóvenes. Cada día que pasa se parece más a ella, algo que no sabría explicar en la vida. Aún estaba algo dormida, pero bajó los escalones con alegría y vino a la cocina para recibirme con su habitual beso en la mejilla:

-Hola, papá. ¿Has dormido bien?

-Sí, Riley, sí. Gracias. ¿Y tú?

-Me ha costado un poco, pero bien. ¿Está ya el desayuno?

-Sí, acabo de hacerlo. Vete sentándote mientras te lo traigo.

En seguida le llevé el plato que prácticamente desde siempre llevaba comiendo nada más levantarse: un bol lleno de cereales que pocos niños serían capaces de meterse en el cuerpo. Es increíble lo que come a su edad, pero es lógico. No para nunca quieta, siempre de aquí para allá, buscando cosas, preguntándome… normal que tenga tanta hambre. No tardó mucho en devorarlo, algo que había heredado de mí, otro tragón de nacimiento. Su madre siempre nos decía que por eso era imposible decir que no fuésemos padre e hija.

Empecé a lavar los platos de la cena de ayer para ahorrar algo de trabajo. Normalmente lo hago cuando Riley estaba en clase y podía meditar a solas, pero hoy era diferente. Riley iba a empezar a acompañarme en mi trabajo, para aprender el oficio familiar. Es por eso por lo que faltaría un par de días a la semana a clase, aunque no suponía un inconveniente. El resto de padres hacían lo mismo con sus hijos, y esas clases perdidas se las podíamos impartir nosotros mismos en casa sin problemas. El colegio ya sabía esto desde hace ya mucho, y tampoco puso pegas a este sistema.

-Ya he acabado, papá.

-Cada vez tardas menos, ¿eh? Vete lavándote los dientes y ahora voy a ayudarte a vestirte, ¿vale?

-Vale.

En seguida pude oír el sonido del taburete y del grifo del baño. Riley aún era pequeña y no alcanzaba al lavabo, así que la compramos un taburete a su medida para que no tuviese problemas. Sin embargo, ya era muy mañosa y hacía la mayor parte de las cosas ella solita. Lo único que me dejaba hacer con ella era vestirla, sobre todo para hablar de alguna cosa que no entendiese en clase o para preguntarme qué iba a hacer ese día. Rápidamente fui a su cuarto como cada día para ayudarla a ponerse la ropa, aunque hoy no era el uniforme del colegio.

-¿Ya te has lavado? A ver, mete el pie.

-Sí, sí. ¿Qué vamos a hacer hoy?

-¿Hoy? Ya te lo dije ayer, ¿no? Vas a acompañarme en el trabajo y así ves cómo me gano la vida.

-Quiero algo más concreto, papá.

-Ja ja ja… no se te escapa una. Levanta los brazos. Pues… hoy vamos a ver a los Roulf.

-¿Los Roulf? ¿La familia más rica de la ciudad?

-Exactamente. Tengo que comprarles algunas cosillas para trabajar.

-¿Y… en qué trabajas?

-Todo a su tiempo, Riley. Hay cosas que es mejor ver por uno mismo. ¿Ya estás?

-A ver.. sí, ya.

Riley ya tenía sus propias ideas, y una de ellas era la ropa. En eso era igual que su madre, como en muchos otros aspectos: no consentía que nadie le dijese cómo tenía que vestir, qué pensar, qué comer, qué hacer… ella decidía, y punto. Y yo, para no enfadarla, me limitaba a echarle una mano en cuanto pudiese. Ese día había escogido un vestido de color morado que le regalé hace unas semanas. Le había gustado mucho, y siempre que salíamos a dar una vuelta o a ver a alguien, se lo ponía. No sé mucho de ropa, pero fue verlo y saber que le encantaría. Y no me equivoqué. Y para andar, siempre escogía la comodidad de unas zapatillas. Sencillo e inteligente.

Tras recoger mi maletín y comprobar que todo estaba en orden, salimos a la calle. La casa de los Roulf estaba en el extremo oeste de la ciudad, de modo que no tardaríamos mucho en llegar a paso normal. Tendríamos tiempo para charlar y enseñarle lo esencial del trabajo familiar. Además, estaba impaciente por preguntar; no tardó ni cinco minutos desde que salimos:

-Dime, papá. ¿En qué trabajas?

-Está bien, te lo diré. Verás, nuestra familia, los Dyrhe, siempre se ha dedicado a lo mismo, a comerciar.

-¿Comerciar?

-Sí. Vamos por toda la ciudad comprando y vendiendo todo tipo de cosas para todo tipo de personas. Sencillo, ¿verdad?

-Sí, aunque… esperaba más.

-¿Más? Acabo de empezar… Gracias a nuestro trabajo, conocemos a todas las familias de la ciudad. Bueno, a casi todas. Y nos conocen. Y además, tenemos ciertos privilegios.

-¿Privilegios?

-Ventajas que el resto de la gente no tiene o no las necesita. Por ejemplo, en cada extremo de la ciudad siempre hay una casa reservada para la familia Dyrhe. Como tenemos que ir de aquí para allá, tenemos varias casas que podemos usar cuando queramos.

-¿Como en la que estamos ahora?

-Así es. Y no sólo eso, también puedes ir al colegio que vas (el colegio rico) por el trabajo que hace tu padre.

-¿Es que hay más colegios?

-Sí, cuatro en total, si no me equivoco. Cuando era joven los conocíamos como el rico, el grande, el especial y el raro. Cuando seas algo mayor entenderás esos nombres.

-Ah… ¿Y entonces yo podría ir a cualquiera?

-Oh, no, por favor, no somos los dueños de la ciudad. En el especial y el raro no podrías estar porque… en fin, no nos desviemos. Ven, es por aquí.

Estábamos entrando en la zona oeste de la ciudad, claramente reconocible por su “decoración”. Se notaba desde varios kilómetros que por ahí circulaba dinero, y mucho. Las calles estaban impecables, como recién construidas, y no había apenas rastro de suciedad. Buena iluminación, numerosas tiendas y establecimientos al alcance de cualquier visitante (un poco caro, eso sí), y lo que más llamaba a atención: casas enormes con un jardín aún mayor, en las que podían vivir fácilmente unas cincuenta personas. Y no sólo eso, sino que varias de esas mansiones pertenecían a la misma familia, aunque ése no era el caso de los Roulf. Preferían tener la más grande a ocupar el barrio entero ellos solos.

Era la primera vez que llevaba allí a Riley. Nada más ver la calle principal se quedó impresionadísima: no podía dejar de mirar cada detalle y de preguntarme un montón sobre aquel lugar que probablemente fuese mágico para ella. Y no era para menos. Quitando el inconveniente del precio, la zona oeste era la mejor para vivir. Era por todos sabido. Caminar por aquellas calles era una auténtica delicia, sin adoquines fuera de su sitio ni gente cortando el paso. Además, había zonas verdes por doquier, cortesía de los dueños del mayor vivero que yo conozca, también habitantes del barrio.

-¿Papá?

-¿Sí, Riley?

-Dijiste que le ibas a comprar algo a los Roulf. ¿Qué es?

Nunca pensé que se acordaría de un detalle tan pequeño, pero nunca dejaba de sorprenderme. No tenía claro si decirle muchas más cosas por el momento, no quería liarla más de lo necesario.

-Cómo te lo podría explicar… verás, los Roulf no son ricos porque sí. Además de su talento natural para conseguir dinero, también son famosos por su… “líquido multiusos”

-¿Líquido multiqué?

-Multiusos. Los Roulf fabrican un líquido con el que se pueden hacer muchísimas cosas. Para que te hagas una idea, has de saber que todo el mundo lo quiere. Y claro, ellos lo saben.

-¿Todo el mundo?

-Sí, hasta los que no lo necesitan. Es realmente un líquido milagroso: su efecto varía según quién lo use.

-¿Y si lo usamos nosotros?

-¿Nosotros? Pues… la verdad es que se vuelve muy peligroso, y puede hacer mucho daño si no se usa bien. Por eso sólo lo compro cuando alguien me lo encarga.

-Entonces, ¿no es para nosotros?

-No. Nos lo han encargado los Tarni. Se encargan de mantener limpia la ciudad, y con ese líquido pueden hacer su trabajo mejor.

-Ah…

Me encantaba ver así de pensativa a Riley, intentando procesar toda esa información: una familia rica, una familia pobre, un líquido mágico que las une… de esa cabeza podía surgir cualquier ocurrencia. Probablemente mañana contará todo lo que ha aprendido hoy en el colegio.

En seguida llegamos a la mansión Roulf, con varios pisos de altura capaces de imponer miedo a los descuidados. Cruzamos la carretera que la separaba del resto del barrio y caminamos hacia la puerta metálica del jardín, de tres metros de altura. El portero estaba allí haciendo guardia, armado con una porra y una mirada gélida. Me dirigí a él mientras Riley contemplaba el jardín a través de la verja.

-Identificación, por favor.

Si algo nos caracterizaba a los Dyrhe, eso era nuestro maletín, repleto de objetos dispares y de dinero suficiente para conseguir más. Lo levanté para que el portero viese el sello de la familia Dyrhe, una estrella púrpura con un dos barras y un punto plateados en su interior. Fue más que suficiente para que el portero dijese algo por el interfono a su “”jefe”.

-Señor Roulf, ha llegado su visita.

-Bien, déjalo pasar, y también a su hija.

-De acuerdo.

A continuación presionó un botón de la garita y la puerta del jardín se replegó automáticamente, fascinando a la pequeña. Caminamos por el sendero de piedra del jardín hasta la puerta principal, donde nos estaba esperando el “Señor Roulf”. Riley, agarrada de mi mano, no dejaba de mirar el enorme jardín, mayor que nuestra casa.

-Markus Dyrhe, por fin has llegado. ¿Qué tal te va?

-De aquí para allá, como siempre.

-Y ésta debe ser la pequeña Riley, ¿verdad? Qué grande está…

Riley estaba parcialmente escondida tras mi pierna izquierda, observando discretamente al señor Roulf, que había salido a recibirnos personalmente. No era muy tímida, pero he de reconocer que ese individuo impresiona lo suyo, con su albornoz y su enorme tamaño, rasgos por los que era conocido.

-Pasad, entrad en mi humilde morada.

-¿Humilde? No me hagas reír, Frank. Esto es una fortaleza, y lo sabes.

-Bueno, ya sabes. Este barrio es lo que tiene. Si no tienes una casa enorme, no puedes entrar.

Frank Roulf y su extraño sentido del humor. Me llevaba relativamente bien con él; no podía decirse que fuésemos íntimos, pero ya nos habíamos aguantado mucho. Nos conocimos hace ya bastantes años en la Universidad, y nos graduamos por méritos propios: él, por su dinero; yo, por una suerte loca. No éramos los más brillantes ni los más trabajadores, eso estaba claro. Aun así, aún manteníamos el contacto y los negocios, si bien no siempre llegábamos a un acuerdo.

-Riley, Mike está en aquel salón. ¿Quieres ir a jugar con él?

-¡Sí! ¡Voy a buscarlo!

Aquel día Frank había tenido la misma idea que yo, y su hijo Mike se había quedado en casa, aunque más para que Riley estuviese entretenida que para aprender el negocio. Ya hacía unos meses que no veía a Frank, pero parecía seguir siendo el mismo canalla millonario de siempre.

-Hay que ver cómo se parece Riley a Monique, ¿eh, Markus? Casi me ha parecido volver a verla.

-Sí, es realmente su reflejo.-No pude evitar apenarme a recordar a su madre, después de tanto tiempo sin ella.

-Eso tiene que ser muy duro. Vamos, se te pasará con la venta. ¿Te apetece tomar algo?

-No, gracias. Estoy servido.

Pasamos a su oficina, en la planta superior.  Tenía un escritorio descomunal bien caro, probablemente de ébano, con un tapete de cuero, varios ordenadores y un montón de cajones archivadores alrededor de la mesa, repletos de informes de ventas, contratos y demás. Me senté en el sillón para los invitados, bastante cómodo, mientras Frank iba a por la mercancía a la cámara acorazada de la habitación de al lado. Pude ver la decoración de aquel despacho con más tranquilidad, casi todo adornado con el sello de la familia Roulf, una estrella lobulada de siete puntas con varias rectas y semirrectas dentro, de color azul grisáceo. Estaba estampado en cuadros, las cortinas y demás objetos decorativos, y no era para menos: los Roulf estaban muy orgullosos de sí mismos.

-Ya estoy aquí.

Frank apareció de nuevo con una pequeña caja metálica con cerradura, la cual depositó en la mesa antes de sentarse. Después de abrir la cerradura y levantar la tapa, la giró para que pudiese ver el contenido.

-¿Y bien? ¿Qué opinas? De la mejor calidad, para que veas.

Así era. En el interior había una docena de botellitas de unos diez centímetros de altura, hechas de plástico duro y conservadas a temperaturas bastante bajas, incluso salió algo de vapor blanquecino al abrir el contenedor. Me dispuse a examinar una de las botellas para comprobar su calidad, así que tomé uno de los guantes especiales que Frank había traído consigo y saqué un frasco. Estudié su color, amarillo-anaranjado, su viscosidad, prácticamente nula, así como la ausencia de impurezas en el líquido. Tal y como decía, todo estaba en orden: la calidad era elevada, y su precio, por tanto, también.

-Un gran trabajo, como siempre.

-Ya sabes que siempre te reservo las mejores muestras. ¿Entonces? ¿Hay trato? 380 la botella.

La verdad es que era bastante caro, pero valía el precio, tanto por sus innumerables usos como por su peligrosidad. No era el más indicado para manejarlo, pero sí tenía la confianza suficiente con Frank como para que me lo vendiese a precio de coste. Lógicamente, acepté el trato.

-Te compro doce. Aquí tienes… 4560, en efectivo-dije, entregándole los billetes con mi mano libre.

-Es genial hacer negocios contigo, Markus.

Tras colocar de nuevo el frasco en su sitio, Frank cerró la caja, bloqueó la cerradura y me ofreció la mano para un apretón. Por supuesto, no quería congelarle la mano con el guante, o el negocio se iría a la porra. En seguida introduje la caja en el maletín, no sin esfuerzo, y me levanté del sillón.

-Por cierto, ¿para qué lo quieres? ¿Otra vez confabulando con Bitis?

-No, no, Frank-dije con una risita cómplice- Es un encargo… especial.

-Ja ja ja… tú y tus secretitos… En fin, si necesitas más o lo que sea, ya sabes dónde estoy.

-Imposible no saberlo. ¡Riley! ¡Nos vamos!

Con la misma agilidad que de costumbre, Riley apareció en el recibidor mientras bajábamos las escaleras, junto con Mike.

-¿Ya habéis acabado?

-Sí. ¿Te has divertido?

-Sí, hemos estado jugando al escondite.

-Oh, pobre Mike. No le habrás dado ni una oportunidad…

En pocos segundos se puso roja como un tomate. A Riley se le daba de maravilla encontrar cualquier cosa, sea una persona o un objeto. No paraba hasta sacarlo a la luz, lo cual no duraba más de cinco minutos.

-Bueno, Riley, despídete de Mike.

-¡Adiós, Mike!

-Adiós, Riley. Nos vemos mañana en el cole.-El pequeño Mike estaba acostumbrado ya a conocer un motón de gente, y se le notaba ya al hablar. Empezaba a parecerse a su padre.

-Vuelve cuando quieras, Markus.

Tras despedirme con un gesto al aire, salimos de la parcela por aquel sendero de piedra tan bien cuidado. El portero nos abrió de nuevo la puerta y cruzamos la carretera hasta la calle principal. Continuamos por el mismo camino que habíamos utilizado para ir y en seguida nos encontramos fuera de la zona oeste, listos para volver a casa y comer. No lo parecía, pero ya eran casi las dos. Las clases ya habían acabado y muchos niños volvían de un día de colegio como otro cualquiera.

Riley, en cambio, no podría olvidar ese día tan fácilmente.

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