Mi verdadero yo: Crisis

-¿Pe-pero qué…? ¿Qué he hecho? ¿Por qué?

-¡Esto se está poniendo feo!

-¿C-cómo ha podido ocurrir? ¡No…! ¡No quiero que pase otra vez! ¡Aarrgghh…!

-¡Tenemos que irnos! ¡Vamos, levantaos!

-(¡Ego! ¿Qué te ocurre? ¡Hay que largarse de aquí!)

-No… otra vez no… ¡Esto no puede estar pasando!


Varias horas antes.


Ah, no hay nada como el hogar dulce hogar. Ya sé que no estábamos en la mejor de las casas ni, espero que no lo sepan, en la mejor de las compañías, pero por una vez en mucho tiempo gozamos de una tranquilidad que ya echaba de menos. Lo que había empezado con un acoso por parte de dos locas se ha convertido en… bueno, en una especie de relación. Ya llevamos varias semanas aquí, viviendo con ellas, y he de reconocer que ha sido mejor de lo que me esperaba. Cierto que no empezamos muy bien, con las sesiones de terapia y alguna que otra paliza, pero ya nos hemos acostumbrado.

Las sesiones de terapia aún continúan, un par de veces por semana, en una pequeña habitación reforzada en la que la morena nos va sometiendo a esfuerzos y estímulos cada vez más fuertes, tipo soportar la caída de un rayo o aguantar tras ser aplastados por un camión. Puede parecer una auténtica tortura, pero nos esta viniendo realmente bien: hemos reforzado la sincronía hasta niveles que nunca imaginamos, y puedo eliminar las heridas y magulladuras de mi querido compañero casi de forma instantánea. Y además comprobamos que todos los inventos y artilugios de la joven funcionan tal y como los había planeado. De hecho, hemos logrado mejorar la cuchilla para que corte casi cualquier cosa; digo casi, porque todavía no ha podido conmigo.

En cuanto a la rubia, la cosa es un poco diferente. Está más volcada conmigo que con él, algo que pude ver a los pocos días de recordar las duras clases de teoría que ya dejé muchos años atrás. No significa que sólo se preocupe de mí, él está perfectamente atendido durante las clases y al menor problema paramos para que se recupere. Y además… no sé, estoy empezando a confiar en ella, a pesar de lo que me cuesta. Hablamos entre clase y clase, y nos dio una habitación para nosotros solos en aquel extraño lugar, muy espaciosa y adaptada a nuestras necesidades. Sin embargo, aun habiendo pasado casi dos meses desde que la vi por primera vez, algunas noches noto que está en la esquina, observándonos como aquel primer día.

Hace unos días me enseñó dónde estábamos. Nosotros conocíamos sólo el nivel subterráneo, pero en realidad por encima se hallaba una mansión increíblemente grande, con un terreno enorme, un campo de tiro y un coto de caza privado. No sé aún muchas cosas del lugar, si vive alguien más, cómo llegaron ahí, cuánto tiempo llevaban viviendo en esa mansión… ese tipo de cosas ya las iré descubriendo con el tiempo, a medida que adquiramos más confianza. Nos llevamos bien, y me está ayudando a recordar todo de lo que era capaz… pero aún es muy pronto para que sepa ciertas cosas.

Ayer mismo fui al gimnasio donde dábamos las clases, armado con mi cuaderno y bastante animado. Ya sincronizaba sin apenas darme cuenta, incluso él me dejaba al cargo de todo, como si me pasase el control total sobre él; comprendía que era un asunto entre nosotros dos, y no quería molestar. Rápidamente llegué a la puerta y la abrí con suavidad para poder ver el interior. Allí estaba ella, sentada en el centro del gimnasio hojeando unos cuantos libros algo maltratados por el tiempo.Decidí contemplarla un rato desde lo lejos, sin que reparase en mí, para verla lo más natural posible. Estaba tranquila, enfrascada en sus asuntos. No tardó mucho en reparar que estaba siendo observada; levantó la vista, enseñando esos enigmáticos ojos castaños, y en poco tiempo apareció una sonrisa bajo ellos, supongo que dirigida a mí.

-¡Anda, si ya has llegado!

-Sí. ¿Qué lees?

-Nada emocionante. Algunos artículos y libros viejos.

-Ah, ya veo. ¿Qué vamos a dar hoy?

-Hoy… no tenía nada pensado para hoy, ahora que lo dices… ¿Y si nos tomamos el día libre?

-¿El día libre?

-Sí, salimos un poco de casa, que al menos a ti te hace ya algo de falta.

Era verdad. Incluso en las últimas semanas, casi nunca salíamos del nivel subterráneo, y nunca habíamos vuelto a la calle desde que entramos en la mansión. Y tenía razón, volver a sentir la libertad nos vendría bien a todos, no sólo a nosotros.

-¿Qué me dices? ¿Te apuntas?

-Mmm… Sí, vale. ¿Por qué no?

Justo en ese mismo instante, la morena hizo acto de presencia en la puerta del gimnasio:

-Vaya, si es la parejita… ¿Qué estáis cuchicheando?

-Pensábamos tomarnos el resto del día libre, para descansar un poco. ¿Te vienes?

-No sé… ¿Sacarlos a la calle, así por las buenas? No me convence mucho. Quizá con una correa…- dijo mientras nos miraba de reojo. No sabría decir si hablaba en serio o no; es imposible entenderla.

-Ahora que lo dices… no vendría mal una seguridad, por si acaso. ¿Podemos confiar en vosotros? ¿No saldríais corriendo a los pocos minutos?

No tenía ni idea de qué responder. Cierto que antes habría aprovechado una oportunidad tan jugosa como esa, pero en aquel momento ni él ni yo teníamos pensado fugarnos. ¿Para qué, si estábamos divinamente ahí?

-Tranquilas,  no nos iremos. Palabra. (¿Qué habrá querido decir con lo de la correa?)

-Espero que digas la verdad. Esperad que voy a por mi cuchilla y nos vamos.

-¿Para qué? No vamos de caza.

-¿Estás segura de que no hará falta?

-Los tenemos a ellos. ¿Qué mas quieres?

-Bufff… está bien. Vámonos.

En seguida salimos todos del gimnasio y, tras recorrer unos cuantos pasillos y subir escaleras, llegamos al vestíbulo, realmente impresionante: columnas por doquier, baldosas que parecían espejos  y un techo abovedado digno de un monumento. No había apenas desperfectos en la estructura; además había sido pintada hace poco, por las marcas que aún se notaban en las paredes, y ninguna de las estatuas que sujetaban el techo parecía dañada. Mantener aquella estructura era una labor de titanes, bastante complicado para dos personas. Pero si estas dos habían sido capaces de capturarnos, no había muchas tareas fuera de su alcance.

A continuación salimos por la puerta principal, y pudimos respirar aire fresco. Corría una brisa fresca pero suave, y al instante recordamos nuestra vida en el exterior: la libertad, poder ir a donde nos apeteciese y hacer lo que quisiéramos… un recuerdo un tanto amargo de cómo había cambiado nuestra situación. Contemplé la noche estrellada unos segundos: hacía muchísimo tiempo que no veía el cielo así, con tanta paz y sin ninguna amenaza a nuestras espaldas… ni siquiera me pregunté por qué dábamos las clases de noche.

Aceleré un poco el paso a través del césped que rodeaba la mansión para alcanzarlas. Se encontraban cerca de la puerta de un muro de tres metros de alto, demasiado grueso para ser una simple fila de ladrillos. La puerta era metálica, de unos treinta centímetros de grosor, y a la orden de un botón anexo a ella se abría pesada aunque velozmente. En seguida nos encontrábamos fuera del recinto, en lo alto de una colina rodeada por unas escaleras de piedra que parecían moverse con la propia naturaleza. Desde aí arriba podía verse perfectamente la luna, llena en aquel momento, y sin ninguna nube que empañase su blanca belleza. Era una escena oscura pero acogedora, y extremadamente familiar para mí. Vinieron a mi mente mis primeros recuerdos, también protagonizados por la luna, las estrellas y una mujer que se desvivía por mi…

Por el rabillo del ojo noté que las chicas me estaban mirando, quizá al acecho por si hacía algún movimiento extraño que indicase una posible fuga. Al menos, así estaba la morena, que observaba desde un poco más abajo cualquier parte de mi intentando deducir hacia dónde iría. La rubia, sin embargo, de dio cuenta de lo que estaba observando y se acercó a mí:

-Bonita luna, ¿verdad?

-Sí. Pero conozco un sitio mejor para verla.

-¿De veras? … ¿Quieres que vayamos ahí?

No respondí. Una simple sonrisa ante tal proposición fue suficiente para ella.

Empezamos a bajar las escaleras juntos, con nosotros en el medio, escoltados como la noche que nos capturaron. La sensación era igual de extraña que entonces, aunque el destino era muy diferente. Esta vez nos dirigíamos a un mirador de la ciudad, un lugar poco conocido excepto para los recorrecalles como nosotros. En un punto del trayecto, la morena nos puso su brazo sobre los hombros, y con una extraña sonrisa empezó una aún más bizarra conversación:

-Sabía que no te irías.

-Ni siquiera yo sabía si iba a hacerlo yo. ¿Cómo lo sabías tú?

-Porque si hubieses querido irte no habrías esperado a atravesar el muro. Habrías salido volando desde la puerta sin más, o lo habrías intentado, claro, porque yo no te lo hubiese permitido.

-¿Ah, sí? ¿Tan segura estás de eso?

-Por supuesto. Soy la mejor en lo que hago. Él lo sabe, y tú también.

Solté un pequeño suspiro a modo de risa ante un ego tan subido. Rápidamente me fijé en su cazadora, tan extraña como ella. No llevaba nada debajo, pero no parecía sentir una pizca de frío. Era negra, perfectamente ajustada a sus brazos y torso como una segunda piel. Los puños de las mangas estaban cubiertos con plumón, también negro, al igual que el cuello y la parte inferior. No la cubría completamente; su ombligo estaba a la intemperie, pero eso no parecía importarla. Además, tenía una extraña capucha, con una especie de repliegues en la parte superior bastante raros.

-¿Te gusta?

-¿Eh?

-Mi cazadora. La estás mirado mucho. ¿Qué te parece?

-Rara. Y cómoda. No creo haberla visto antes.

-¿No? Pues es la que he llevado todo el tiempo. En qué te estarías tu fijando para no darte cuenta… ¿eh?

-(Si ella supiese quién estaba mirando en esos momentos…)

Directamente no dije nada. Sabía de sobra que cualquier cosa que dijese no iba a ayudar, así que opté por lo más sencillo. Además, el encontrarme en una zona de la ciudad desconocida supuso un cambio de tema de gran ayuda. Ambas notaron que estaba perdido. O que lo parecía.

-Hum… no me suena esta zona…

-¿Estás seguro de que sabes ir?-saltó la morena. En seguida dirigí la mirada al a rubia, que al igual que yo estaba sonriendo de forma cómplice. Ibamos a demostrarla que realmente estaba aprovechando la estancia con ellas.

-Venga, enséñaselo.

La semana pasada aprendí algo que tenía olvidado desde hace ya tiempo, aunque no sabía por qué, al ser extremadamente útil: el rastreo. Concentrándome en un lugar concreto y visualizándolo en la mente, podíamos usar el simple escaneo para averiguar cómo legar hasta ese lugar desde cualquier otro, de forma infalible. Nos llevó un tiempo aprenderlo, pero esa era una ocasión perfecta para ponerlo en práctica: junté las manos, entrelacé los dedos y me concentré en el mirador. Las marcas de sincronía empezaban a brillar con fuerza, al igual que el suelo que pisaba, todo con un resplandor púrpura característico. A continuación hice un escaneo normal i corriente, y la ruta más rápida al mirador empezó a trazarse en el suelo con luz. Ambas se quedaron sorprendidas ante ta reguero luminoso y la facilidad con la que lo habíamos creado: en las clases apenas pude superar los dos metros.

-¡Ja ja ja! ¿Desde cuándo sabes hacer eso?

-No perdemos el tiempo en las clases, ¿eh? Venga, vamos.

-(¡Cómo mola! Si lo llego a saber, presto atención en vuestras clases…)

Siguiendo el camino divisamos el mirador el pocos minutos. Sus numerosas escaleras parecían subir del centro de la tierra, y era un verdadero desafío subirlas. En lo alto, un mirador rodeado por vallas reposaba a la espera del algún valiente que intentase alcanzarlo. Nosotros estábamos acostumbrados a subir todos esos escalones, por lo que en cinco minutos estábamos arriba. Las chicas, en cambio tardaron un poco más, lo cual era comprensible porque jamás antes lo habían hecho. La recompensa por tal esfuerzo era una luna llena gigante y muy brillante, la cual nos sorprendió a todos, especialmente a mí.

Aquel cielo era tan real… que parecía haber retrocedido en el tiempo, a cuando era feliz y no temía ni por mí no por el resto. Era un auténtico viaje al pasado, capaz de abstraerme de cualquier suceso exterior a mí. Tenía un efecto extraño; no sabía qué era, pero me sentía capaz de todo ante aquella gran roca. Incluso parecía que podía tocarla… y revivir aquellos momentos… pero eso ya pertenecía al pasado. Ahora, tenía a tres personas increíbles en mi vida, y no renunciaría a ellas fácilmente.

-Es… es increíble…

La voz de la rubia sonó a mi derecha. Tanto ella como su compañera estaban extasiadas ante tal espectáculo, que parecía cautivarlas de la misma forma que a mí. Hasta él, que gozaba de un pequeño respiro que le había dado, estaba impresionado.

-¿Cómo conoces esto?

-Antes veníamos aquí a contemplar la luna, cuando no podíamos dormir. Nos reconfortaba y nos daba fuerzas para seguir adelante.

-Significa mucho para vosotros, ¿a que sí?

-(No lo sabes tú bien… ojalá pudiese volver a verla…)

-Más de lo que imaginas.

Los cuatro permanecimos ahí arriba un buen rato, contemplando el cielo en silencio, y cada uno al lado de una de ellas.  Cuando comprendimos que ya era tarde y que había que volver a casa, dimos media vuelta y bajamos las largas escaleras. Recorrimos las calles en sentido inverso, haciendo uso de nuevo del rastreo que tanto les pareció gustar.

Al cabo de unas cuantas calles, noté que el cielo estaba nublándose, tapando la luna y las estrellas. A esas horas las calles no eran muy seguras y apenas se podía ver mucho, únicamente lo que las pocas farolas permitían. Me paré en seco. A unos veinte metros de distancia, el escaneo mostró una sombra, de color negro, mirándonos fijamente. En seguida aparecieron unas cuantas más detrás de la primera, y todas comenzaron a acercársenos. Recuperé la visión normal y pude ver la realidad: varias personas, con aviesas intenciones, se aproximaban a paso acelerado. Una de ellas, un oven descarado, se adelantó a las demás:

-Vaya, vaya, vaya… ¿Qué tenemos aquí? Mis dos preciosidades favoritas… y al parecer su guardaespaldas.

-Oh, no… ¿Tú otra vez?-dijo la morena, al ver a nuestro visitante.

-¿Le conocéis?

-Más o menos. Se dedica a robar y vender artefactos únicos. O se los queda para su uso personal.

-¿Artefactos? ¿Como cuál?

La morena comenzó a pasar la mano or la zona en la que habitualmente estaba la empuñadura de la cuchilla, aunque en vano. Se arrepintió de no habérsela llevado, porque sabía que la iba a tener que usar. El supuesto ladrón también se dio cuenta de esto, como buen cazador de tesoros que era.

-¿No la llevas hoy? Qué extraño, si no te separas de ella… A no ser que tengas algo mejor, ¿me equivoco?

Noté cómo ante tales palabras empezó a mirarme. Estaba bastante nerviosa y desprovista de su herramienta favorita. Aún podía pelear si se diese el caso, pero si la situación se complicaba tendríamos que intervenir. Lo mismo se podía decir de la rubia, que no había dicho nada desde que bajamos las escaleras y que se limitaba a agarrarme del brazo izquierdo cada vez con más fuerza.

-Chaval, debes de ser muy… peculiar, para que puedas ir con estas dos sin ninguna defensa más. Pero yo prefiero las cosas más palpables, así que apártate y déjame hacer mi trabajo. Esto no va contigo.

Podía hacerle caso y dejar que siguiese con el extraño trato que tenía con ellas. Pero algo me dijo que no lo hiciese. Por supuesto, era él:

 -(¡Ego! ¡No me digas que te lo estás pensando! ¡Tenemos que ayudarlas!)

-(Es que… no sé… no quiero que pase nada malo…)

-(¡Pues impídelo! ¿No querías que confiasen en nosotros? ¡Démosles una buena razón para hacerlo!)

De nuevo, aquellas palabras me dieron el valor que necesitaba para actuar.

-Te equivocas. Si las involucra a ellas, a mí también. Así que largaos si queréis pasar de esta noche.

No se lo esperó. Su cara de asombro lo delataba. Sin embargo, sí que estaba preparado para cualquier complicación. En la parte trasera de su cintura tenía un estuche en forma de prisma del que asomaba un extraño mango. En pocos segundos lo empuñó con la mano derecha, el estuche se abrió y empezó a apuntarnos con una especie de pistola: tenía el cañón corto y grande, y varias líneas rojas por todo el arma, las cuales empezaban a brillar intensamente. Me recordó a la cuchilla que ahora reposaba en casa.

-A diferencia de vosotros, yo sí he traído el arma reglamentaria.

La morena empezó a agarrarme del toro brazo, al igual que su compañera. Pasó de estar preparada para luchar a sentir auténtico miedo al ver ese objeto. Sin duda era un arma terrible, como la misma cuchilla.

-¿D-desde cuándo tienes tú eso?-dijo la morena, apenas vocalizando por el miedo.

El joven soltó una risita de satisfacción-No eres la única interesada en las Armas de Caos, ¿sabes?. Ahora, si no quieres desaparecer hoy mismo, apártate.

¡De eso nada! ¿Qué se había creído ese? No, no pensaba dejarlas de lado, y menos ante semejante cosa. Era mi turno. Con el mismo descaro con el que él apareció, me alejé de las chicas y me puse a poca distancia, desafiándole a él y a su querida pistola. Sabía que a esa distancia el disparo era seguro, pero no me importaba. Ya hacía tiempo que las heridas no eran un inconveniente para nosotros.

-Aspirante a cadáver, por lo que veo. Muy noble el intentar protegerlas, tienes lo que hay que tener. Lástima que sea inútil. Tal vez nos veamos en la próxima vida.

-¡Esperad! ¡No podréis aguantarlo!

Lo siguiente que sonó fue un disparo. Un proyectil al rojo vivo cruzó el cañón y se incrustó en seguida en nosotros. No era una bala cualquiera. Quemaba, y mucho, lo cual debía ser un rasgo distintivo de las Armas de Caos. Era como volver a sentir dentro la cuchilla que por varias veces había intentado acabar con nosotros. Acabamos arrodillándonos en el suelo del dolor, capaz de acabar con cualquiera más que la propia bala. Intentaba extenderse por el cuerpo, y apenas podía protegerle a él y contener toda esa energía.

-(Ego… no podremos con esto… se acabó.)

 No. No se acabó. Ya había aguantado suficiente como para ahora rendirme tan fácilmente. Tenía unas ganas terribles de levantarme y sacudirle en su tabique nasal, pero no era tan fácil. Nos faltaba algo, ese coraje que en tantas ocasiones nos hacía falta. Yo no podía dárselo, y él a mí tampoco. Teníamos que levantarnos por nosotros mismos y luchar.

Mientras, pude ver impotente cómo el ladrón se iba acercando a ellas, aún con la pistola en mano y seguramente dispuesto a dispararla otra vez si no pasaba lo que él quería. El resto de personas que lo acompañaban estaban rodeándonos a unos cuantos metros, contemplando la escena como si tal cosa. Y justo en el momento en su mano la tocó en el hombro, algo vino. No sabría describirlo. Simplemente actué. Hora de demostrar al mundo que había vuelto.

Las quemaduras de la bala ya no hacían nada. Las heridas se cerraron casi instantáneamente, y haciendo uso de habilidades que desconocía, conseguí eliminar a todos los acompañantes. En pocos segundos noté cómo estaban completamente bajo mi control, y con un simple gesto, desaparecieron.

Fui a por él. Las estaba apuntando. Le toqué, y desapareció como el resto.

Estábamos solos.

Tan rápido como vino ese impulso, se fue. En su lugar fue sustituido por una sensación muy rara y dolorosa. Reflexioné unos segundos sobre lo que había hecho. No sabía cómo, pero acabé con todos. Afortunadamente, ellas seguían vivas.

Es cierto que había vuelto. Había vuelto a matar. Era yo de nuevo.

No podía soportarlo. No otra vez. Me arrodillé de nuevo, intentando espantar es dolor. No se iba. No era un dolor normal.

-(Ego, ¿qué te pasa? ¿Qué has hecho?)

¡No! ¡Otra vez no! ¡No quiero volver a ser eso!


-(¡Ego! ¿Adónde vamos?)

-(¡Cállate! ¡No quiero volver a saber nada de esto! ¡Nunca más!)

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