Reencuentro

No existían muchos lugares con mala reputación en la ciudad gracias a las nuevas medidas políticas, pero el Cobertizo, como así lo llamaban, era uno de ellos. Viejo, estropeado y con humedades, no gozaba de buenos accesos, pero la gente iba allí a desahogarse de sus penas y sus oscuros secretos con comodidad, al margen de las autoridades y los mecánicos, que no se atrevían a rondar por la zona. Quizá uno de sus rasgos más famosos sea la dificultad para llegar hasta él: las carreteras y caminos estaban muy poco cuidadas, y casi ningún vehículo podría circular sin dejarse la suspensión en mitad del viaje. Además no tenía una iluminación muy estable, y por si fuese poco, el río cercano encharcaba toda la zona con las primeras lluvias. Definitivamente, nadie iba allí por gusto.

De cobertizo tenía sólo el nombre. En su época dorada fue un hotel de tamaño medio conocido por todos por sus vistas y su buen servicio. Ahora, en cambio, está medio desplomado y amenazaba constantemente a sus visitantes. Cuando el último propietario falleció, un extranjero compró toda la parcela y dejó que la naturaleza hiciese mella en la construcción. Ni que decir que dejó de ser un hotel a los pocos meses; los inquilinos se fueron rápidamente y se fue convirtiendo en la ruina actual, un refugio para todo aquel que quiera alejarse de la vida durante una temporada o que busque alojamiento o trabajo sin hacer preguntas. Esta nueva política cambió totalmente la clientela, compuesta sobre todo por individuos muy poco recomendables. La naturaleza pareció seguir el mismo camino, creciendo de forma errática y siniestra para proteger aún más el edificio de cualquier desorientado, algo que no debió de preocupar al propietario en absoluto, al cual, por cierto, jamás había visto nadie.

Tal era la peligrosidad de algunos de sus huéspedes que incluso dentro del Cobertizo había zonas sombrías temidas por casi todo el personal. Algunos eran auténticas amenazas, a menudo recluidas en alguna habitación durante meses a la espera de que se calmasen los ánimos sobre su persona, llegando a infundir auténtico miedo a gente de su mismo gremio. Eran respetados ante todo, y solían conocer a algunos trabajadores del Cobertizo para que, según la ocasión, les pasasen visitas, información o correspondencia. Ni querían saber del mundo, ni ellos querían nada del resto.

Por todo esto, la aparición de cierto personaje en el Cobertizo resultó aún más chocante. Nadie se esperaba que, en una noche con tormenta y lloviendo una barbaridad, una mujer ajena a los bajos fondos de la sociedad entrase de sopetón en la estancia. Era difícilmente reconocible: portaba una capa gruesa y oscura con capucha que la cubría completamente, y además llevaba la parte inferior de la cara tapada con una bufanda, claramente para evitar ser vista. No fue un buen plan, pues sus pasos desde la puerta a la mesa de recepción retumbaron por toda la sala, acrecentando todavía más la atención que llamaba la visitante.

Se detuvo en el mostrador de la entrada, esperando a que todos aquellos que la observaban se volviesen para poder hablar con tranquilidad con el recepcionista, enfrascado en una novela un tanto ajada y maloliente. En cuanto advirtió su presencia, dejó la lectura, se levantó y atendió a una posible inquilina:

-¿Qué desea?

La mujer respondió casi si fuerza para no ser escuchada por quien no debía, y su bufanda proporcionaba una voz un tanto distorsionada pero inteligible:

-Quiero verle.

-¿A quién?

No dijo ningún nombre. Se limitó a apartar un poco la bufanda de su cara para sacar a la luz una cicatriz considerable que le recorría la parte derecha del cuello y trepaba hasta la cara, aunque nada demasiado visible. Sirvió de sobra para que el recepcionista supiese quién era el objetivo, lo cual decía mucho de la fama de aquella persona en el Cobertizo. Sin meditarlo ni un segundo, la visitante recibió una respuesta:

-Lo siento, pero ya no acepta ningún tipo de visita. Si tiene algo de sentido común, debería irse de aquí en seguida. Ese tipo es peligroso.

-Eso ya lo sé-dijo, de nuevo, con su bufanda- y quiero verle de todos modos.

Después de pensarlo unos instantes, el recepcionista accedió a darle un muy probable último deseo:

-De acuerdo. Pero no me hago responsable de lo que la ocurra; si no sale de ahí, usted será la única responsable.

No hubo mucha charla, apenas una mirada de convicción y de aceptación del enorme riesgo que seguramente correría.

-En el sótano. La única puerta que hay.

La encapuchada se dirigió a continuación a las escaleras que daban al sótano, a pocos metros del mostrador. Mientras el recepcionista la miraba con la esperanza de que no sucediese nada ahí abajo, ella descendía los escalones procurando no alertar a la gente de sus actividades. Los escalones estaban bastante carcomidos, por lo que ya hacían bastante ruido de por sí. A pesar de ello, siguió descendiendo adentrándose en la oscuridad de aquel sótano, desprovisto de cualquier iluminación.

Unos pocos pasos y se erigía una extraña puerta, totalmente diferente al resto del edificio. Poseía un reborde metálico y estaba reforzada con varias planchas de acero, entre las cuales se podían ver numerosas grietas y fisuras. No poseía cerrojo: el temo a lo que hubiese detrás era toda la protección que necesitaba. Sólo tuvo que empujar ligeramente la puerta para que se abriese suave y silenciosamente.

Nada más que sombra, a veces interrumpida por el resplandor de los relámpagos que se vislumbraban aquella noche.

No estaba dispuesta a irse con las manos vacías. Sin ningún reparo se acercó a la esquina más alejada de la puerta, y comenzó a hablarle a la más absoluta oscuridad.

-Sé que estás ahí.

No había nadie que recibiese aquel mensaje, ni por supuesto responder a él. Mas cuando la mujer empezaba a sospechar que estaba sola en aquella habitación, una voz siniestra apareció y satisfizo las necesidades comunicativas de la joven, tras un largo suspiro.

-¿A qué has venido?

Durante unos minutos, se sucedió un extraño diálogo entre ella y la aparentemente vacía esquina.

-A por ti. Quiero que vuelvas.

-No. Abandoné el mundo hace ya demasiado tiempo. Nada me hará cambiar de opinión.

-¿Nada? ¿Ni siquiera esto?

La fémina tomó un objeto que llevaba escondido bajo la capa y acto seguido lo arrojó a la esquina, provocando un ruido pesado pero sordo. Era un simple cuaderno, usado y desgastado por el paso del tiempo. En la cubierta no se podían distinguir muchas palabras, tan sólo una. Un nombre: Eli.

Nadie recogió el cuaderno. Simplemente, una mano oscura le dio un empujón para devolvérselo a la lanzadora.

-Nada. Ahora, por favor, márchate y no vuelvas.

Después de tomar el cuaderno del suelo, la joven decidió enfrentarse a él, aun a riesgo de perder la vida en el intento, como tantas veces le habían advertido.

-No.

-Eli, por favor… vete. Ya no hay nada entre nosotros. Nunca lo hubo.

-¿Qué? ¿Me estás diciendo que… que no te he importado jamás? ¿Que fui una simple aventura pasajera? ¿Sólo eso?

-Sí. Ahora, márchate.

-No pienso irme, no sin ti. . ¿Es que… no signifiqué nada para ti?

-Esa pregunta es absurda. Sabes muy bien la respuesta.

-¿Y tú? ¿Acaso la sabes? Dime, ¿lo sabes? Lo dudo mucho…

El extraño inquilino parecía enfurecerse por momentos ante una visita no deseada y muy pesada. Su voz parecía temblar cada vez más, además de volverse más fuerte que al principio.

-¡Eli, en serio! ¡Vete ya! ¡Hazme caso por una vez!

-¡No!

Transcurridos quince minutos de charla, finalmente explotó.

-¿Pero es que no te enteras? ¿No te das cuenta de todo lo que he pasado? ¡No, no lo sabes! ¡No tienes ni idea de lo que es levantarse cada día y ver que todo sigue igual! ¡Que nada ha cambiado, ni siquiera tú! ¡Que día tras día descubres que hagas lo que hagas, y seas como seas, no vas a lograr nada! ¡Nadie te va a aceptar en la vida, ni tú misma! ¡Y lo peor es que toda esa gente, que en secreto te está asesinado a diario con la mirada, está condenada a la destrucción por su propia estupidez! ¡Juzgándote cuando ni ellos mismos saben lo que les espera a la vuelta de la esquina! ¡Estoy harto, Eli! ¡Harto de que nadie valore un mínimo intento por ayudar a ser mejor persona! ¡Harto de todo! ¡Es una tortura que no acabará jamás!

Las palabras resonaron fuertemente por todo el Cobertizo, haciendo a todo el mundo partícipe de la misteriosa conversación que procedía de las profundidades del suelo.

-¡Y… y… sólo quiero…! ¡Olvidar! ¡Quiero que todo esto acabe, que se vaya de mi cabeza y que no vuelva! ¡Quiero que desaparezca todo! ¡TODO!

Junto con esas ultimas palabras sonaban fuertes golpes contra la pared, mudos en comparación con sus gritos. Y para sorpresa de Eli, aquel personaje rojo de ira hacía nada, comenzó a llorar sin moverse de la esquina.

-¿Por qué me ha tenido que tocar a mi, Eli? ¿Por qué tiene alguien que soportar todo esto?

La mujer decidió caminar a a esquina y sentarse a oscuras con el que anteriormente fue el amor de su vida. Pudo verlo con mas claridad, aunque apenas había luz en aquel rincón. Estaba de rodillas, mirando al suelo y arañando las baldosas en un intento por calmarse, aunque en vano.

Eli sabía lo que le pasaba. Ya había sufrido crisis así en el pasado, pero no tan fuertes. Sin embargo, para todos los casos, la única forma de pararlo era su mano. Unas simples caricias suyas y todo se iba. Era un efecto increíble, el cómo un simple toque ponía fin a semanas de sufrimiento y depresión. Por ello, se sentó en el suelo, a su lado, y dejó que se apoyase sobre su regazo mientras suavemente le acariciaba la cabeza. Seguía temblando, pero rápidamente volvía a estar estable.

-Tranquilo. Ya está. ¿Cuánto tiempo llevas así?

-Cuatro meses y medio.

-… Tenemos que salir de aquí. Tienes que recuperarte.

-¿Y qué quieres que haga?

-Volver a casa, conmigo. Como en los viejos tiempos.

Tras meditar la mudanza durante un rato demasiado largo, finalmente la abrazó. Eli comprendió que en verdad quería empezar de nuevo, y sólo ella podría ayudarle.

-Venga, te ayudaré a levantarte.

-Gracias.

La extraña pareja, a paso lento y continuado, salió del cuartucho dando tumbos. Estaba extremadamente delgado, casi cadavérico, y apenas podía tenerse en pie. De hecho, Eli podía incluso levantarlo completamente, pero prefirió sostenerle por arriba para que caminase por sí solo. Poco a poco llegaron a las escaleras y subieron cuidadosamente al piso superior, esperando encontrarse una muchedumbre extrañada por los gritos y quizá preocupada por su vida.

No había nadie. Todos, incluido el recepcionista, habían desaparecido. No había rastro de ninguna actividad humana en mucho tiempo, como si el Cobertizo hubiese envejecido varios años de golpe. Estaba destrozado y a través de sus numerosos agujeros podía verse el exterior. Ya había dejado de llover. Aún era de noche, pero al menos ya no existía la amenaza de los relámpagos ni ningún accidente derivado suyo.

-¿Cómo me has encontrado?

-Busqué el lugar más apartado de la ciudad, al que nadie iría por nada del mundo. Sabía que te encontraría ahí. Además, lleva abandonado desde años. Estarías ahí seguro.

-Eres la mejor.

Ambos fueron alejándose paso a paso del Cobertizo, pisando los charcos que había dejado la lluvia. Las pisadas sonaban con fuerza, pero no había nadie en los alrededores que percatara en su presencia. No tardaron mucho tiempo en bajar del promontorio en el que se encontraba la construcción; los pasos ya eran más rápidos y seguros, aunque no por ello dejaron de ser vacilantes. Eli lo sostenía por el brazo izquierdo, mientras él se giraba de vez en cuando hacia atrás para observar lo que quedaba del antiguo hotel.

Unos pocos metros más tarde, la vieja edificación, que había aguantado en pie durante años, empezó a emitir sonidos de rotura. Se fueron multiplicando rápidamente junto el desprendimiento de algunos maderos y vigas, hasta que finalmente todo se vino abajo con un ruido ensordecedor. La pareja no miró a la densa nube de polvo que se levantaba detrás de ellos; sabían lo que pasaba, y les daba igual. Una nueva vida para ambos empezaba.

-¿No te da pena perder el Cobertizo? Le habías cogido mucho cariño…

-Bah, no importa. De todos modos, ya no lo quería para nada.

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