Mi verdadero yo: Recuerdos

Conocerse a uno mismo no es nada fácil. De hecho, ya llevo demasiado tiempo intentando averiguar quién soy y qué hago aquí. No encajo en ningún sitio, ni he encontrado a nadie remotamente parecido a mí. Tampoco he tenido mucha oportunidad de vivir a mis anchas, apenas he visto el mundo a través de mis propios ojos desde que le encontré a él. De todos modos, también es una forma de descubrir quién soy, aunque más lenta y en ocasiones peligrosa. No había logrado descontrolarme en una buena temporada, pero tuvieron que venir esas dos y hacerlo a la fuerza, con todo lo que ello implica.

Por otro lado, esas dos jóvenes son… fascinantes. En cierto modo eran como nosotros: estaban muy unidas, y no dudaban en poner en riesgo sus vidas si la causa (yo) merecía la pena. Sin embargo, en comparación, aún éramos unos principiantes. No sabemos apenas nada de nuestra unión, y únicamente la utilizamos y forzamos sin pensar en las consecuencias. Ni siquiera sabemos quién es el que soporta y quién el que impulsa. Nuestra conexión era un desastre, así de sencillo. Y debíamos mejorar cuanto antes si queríamos salir de allí.

Estaba yo absorto en mis inquietudes cuando él me advirtió de que alguien se acercaba. En efecto, se oían pasos cada vez más cercanos a la puerta, cuyo cerrojo empezó a abrirse haciendo un ruido extraño y a la vez característico. Seguidamente, la puerta de nuestra celda comenzó a abrirse, dejando ver a nuestra visitante: su melena ondulada y sus ojos castaños me cautivaron igual que la primera vez que la vi, considerando esta vez cómo había avanzado nuestra relación a lo largo del tiempo. De perseguirla a huir de ella, de pelear cara a cara a intentar destruirla en su imagino primer intento de asesinato. Me daba miedo pensar en el siguiente paso…

Aquella vez supuse que nuestro encuentro sería diferente. No venía tan pertrechada como su compañera, cargada con todo un equipo de tortura y terapia, como lo llamaba ella, no. Tampoco mostró ningún reparo a dejar la puerta cerrada simplemente, pese al riesgo de fuga que supondría, y mucho menos dudó al sentarse a mi lado, confiando en que no me cobraría mi deseada venganza. Apenas nos conocíamos, y ya confiaba de tal modo en mí. Definitivamente estaba como una regadera. Ni yo mismo confiaría en una situación semejante, y eso que yo tenía muchas más posibilidades que ella.

-¿Puedo hablar contigo?

Había dicho algo, no sé si a mi o a él. Ninguna dejaba claro a quién se refería, y eso me frustraba mucho. ¿Tanto les costaba llamarnos por nuestros nombres? Digo yo que al investigarnos tendrían ese tipo de datos. Esa vez no pude averiguarlo, así que me arriesgué con una sincronía y asumí que yo era su interlocutor.

-¿Qué quieres?

-Sabía que responderías tú- añadió, junto a una pequeña sonrisa- Tengo una propuesta que hacerte.

-No. Desde el primer momento.

-Si ni siquiera sabes de qué se trata.

-No me hace falta. Viniendo de alguien que me ha usado de toma de tierra o que intentó atravesarme como si fuese mantequilla, no me espero nada bueno. Tenéis suerte de que aún siga aquí.

-Y entonces, ¿por qué estás todavía aquí? ¿No podrías haberte escapado hace días?

-… Esa época ya se acabó. Ya no soy lo que era.

-¿Te gustaría recuperar tu antigua gloria?

Extraña proposición. No sabía si ese era su objetivo desde el principio, pero seguro que no era la idea más sensata. Intentar enseñarme mis viejos trucos no tendría ningún beneficio, al menos para ellas, y a pesar de saberlo quería… ayudarme. No entendía nada de nada.

-Dime, ¿te gustaría?

-… Sí.

-Ven conmigo.

Iba totalmente a ciegas, y cada vez tenía más dudas. Salimos de la celda como si tal cosa, sin ningún tipo de protección ni seguridad para evitar que hiciese cualquier locura, como en el resto de días. Era la primera vez que salía de aquel habitáculo desde la separación que sufrimos, y me costó andar tras tanto tiempo anquilosado. Ella lo pareció notar, pues me ayudó a caminar los primeros metros, sosteniéndome hasta que me acostumbré a caminar.

-¿Por qué me ayudas?

-Llevas tiempo sin andar, y entiendo que ahora te cueste.

-No me refiero a esa ayuda. ¿Volver a ser el de antes? Estáis mal de la cabeza…

-No creas… sabemos lo que hacemos. Y aunque nuestros métodos sean un poco… peculiares, pronto agradecerás haber estado aquí.

-Lo dudo mucho.

Durante nuestro paseo pude verla con más detenimiento. Su ropa, al igual que ella, no era normal. Llevaba unos pantalones cortos, una especie de chaleco antibalas y protecciones en brazos y piernas, no demasiado pesadas pero sí resistentes. También llevaba una pequeña bandolera, con algún objeto dentro, a juzgar por los bultos que había en ella, y algún que otro amuleto engarzado en su extraño uniforme. Su ropa era fundamentalmente negra, aunque estaba decorada con adornos y líneas de color fucsia que, debo decirlo, le quedaban bastante bien.  No me acuerdo de haberla visto así antes, aunque nunca había tenido la oportunidad de observarla con calma: corriendo o peleando no se suele ver muy bien.

-Aquí es.

Llegamos a una puerta en medio de un pasillo, similar a la de la celda, aunque con un cerrojo más simple. Ya podía tenerme en pie, así que ella pudo abrirla con comodidad, haciéndome un pequeño gesto para que pasase al interior. No sabia qué extraños sucesos habría detrás de esa puerta. Podría ser una sesión de terapia aún más agresiva que la anterior, o  un verdadero intento por ayudarme a ser el de antes. Ninguna de las opciones me agradaba demasiado; cambié para evitar causar peligros innecesarios y poder llevar una vida… normal, pero no funcionó como esperaba. Sí, tenía miedo de mí mismo. Cambiar otra vez… podía ser demasiado, para todos.

La sala era enorme, aunque estaba absolutamente vacía. Apenas pude ver un pequeño ordenador en la pared y una ventana en la parte superior de la sala, a modo de gallinero, para poder observarlo desde arriba. Por lo demás, lo único que había en el suelo eran líneas demasiado gruesas para corresponder a baldosas, quizá ocultando algo debajo.

-¿Qué es esto? ¿Un gimnasio?

-Más o menos. A veces lo usamos para guardar los trastos, pero lo hemos limpiado últimamente. ¿Te gusta?

-No está mal. ¿Qué vamos a hacer?

-Ya lo verás.

Mientras yo me quedé en el centro de aquel lugar, ella abrió una puerta casi invisible de la pared y sacó de ella un extraño traje. Parecía más una armadura: tenía hombreras, guantes, un cinturón y aun extraño accesorio para el pecho. Me ayudó a ponérmela, ya que una persona no podría hacerlo sola, y la ajustó con algunas correas para evitar que se me cayese. A pesar de su aspecto era cómoda y permitía moverse con facilidad.

A continuación se puso enfrente de mí y se sentó en el suelo. Hice lo mismo por educación, aunque no tenía ni idea de que íbamos a hacer.

-Bien, ¿empezamos con la clase?

-¿C-clase?

-Sí. Si quieres volver a ser el de antes, hay que empezar desde el principio. Recordar lo básico. Y lo más básico de tu entrenamiento es la sincronía.

-¿En serio? ¿Vas a enseñarme a hacer la sincronía? ¿Tú? No me hagas reír…

-Muy bien, ya que sabes tanto, dime lo que es una sincronía. Porque te sabrás la teoría, ¿no?

Mierda. Recordé en ese momento que cuando empecé mi entrenamiento nunca me aprendí la teoría. Prefería un enfoque más práctico y directo, y hasta entonces me funcionó bastante bien.

-¿La sincronía? Pues claro, es… es… tomar posesión de un cuerpo y controlarlo… ¿no?

-No.

Sin previo aviso, sacó un aparatito eléctrico de esos y rápidamente me dio una descarga en el pecho, supongo que por haber fallado. No fue muy fuerte, pero la sorpresa no fue agradable.

-¡Ay! ¿Por qué has hecho eso?

-Refuerzo negativo. Es la única forma de que aprendas. Cada vez que falles, descarga.

-…

-La sincronía es algo más complejo que controlar un cuerpo. Entre dos espíritus que comparten un cuerpo existe una conexión permanente y relativamente débil. Cuando dicha conexión se hace directa y se fortalece, ambos espíritus entran en sincronía, pudiendo actuar conjuntamente, comunicarse y, con entrenamiento, hacer verdaderas proezas…

-¡Ay! ¿Qué haces?

-¡No me estabas escuchando!

-… ¿Y? No hace falta que repasemos todo, ya lo aprendí en su momento. ¿Por qué no pasamos a algo más intenso?

-¿Como cuál?

-No sé. Volar algo por los aires, o parecido. Hace mucho que no destrozo nada. ¡Venga, saca uno de esos maniquíes de prueba, a ver qué hago con él!

-¿Maniquíes? ¿De qué hablas?

-De los que hay debajo del piso. Los vi mientras estabas con tu charla teórica.

-Pero… si no están aquí ahora. ¿Cómo les has visto?

-Bueno, los sacasteis cuando limpiasteis esto, antes de capturarme. ¡Saca uno, anda!

-… Está bien.

Por fin algo de acción. No recuerdo la última vez que destrocé algo con mis propias manos, ¿hace nueve años, quizá? Nah, demasiado tiempo. Eso sí que necesito entrenar. Nunca se sabe, a lo mejor me sirve de ayuda. No sé cómo logré convencerla, pro la joven se dirigió al panel de la pared y, tras teclear un rato, hizo que el suelo se abriese y saliese de él un maniquí de acero del bueno, a pocos metros de mí.

-Ahí lo tienes. Hala, destrózalo.

Me dispuse a ello. Hice un par de estiramientos de cuello para concentrarme y empecé a acumular energía. Las marcas de la sincronía comenzaron a brillar con fuerza, señal de que ya estaba cargado. En ese momento, me lancé contra el maniquí a toda velocidad con intención de destrozarlo de un soberbio puñetazo. No pude evitar cerrar los ojos, para que nada me entras en ellos, aunque supe que había impactado porque hubo algo que destrocé y en condiciones.

Abrí los ojos para observar el resultado. Me volví esperando ver un amasijo de hierro a mi espalda, pero el maniquí seguía intacto, como si nada hubiese pasado. Cuando me cayó un cascote en la cabeza, me di cuenta de que lo que me había cargado en realidad era la pared del fondo, ahora convertida en un agujero de tamaño considerable con un montón de grietas y polvo alrededor. Ambos nos quedamos con la boca abierta.

-¿Pero qué…? ¿Como he podido fallar? ¡Si… si he ido directo al maniquí!

-Madre mía… esto no me lo esperaba…-decía mientras se acercaba al destrozo.

-¿Sabes? Creo que sí que necesito entrenar lo básico.

-En aquel armarito hay un cuaderno y un boli.

-Ay, ay, ay… vuelta al cole, otra vez…

-(Increíble, sencillamente increíble. Esto va a ser divertido.)


Los diez-doce días siguientes fueron bastante entretenidos. Aquella joven me recordó cómo era realmente, y ya no me importaba tanto estar ahí con ellas. A su manera, eran agradables, y de vez en cuando pasábamos buenos momentos; una nos cuidaba, otra nos ponía a prueba, y las dos nos querían. Tal vez lo que tanto tiempo había estado buscando era lo que más me costaba aceptar: un hogar.

-¿Hey, te vienes a entrenar?

-¡Sí, un momento!

Hace unas semanas eran un enemigo voraz. Ahora… estoy empezando a verlas con otros ojos. Nadie se había preocupado tanto por mí… nunca. Quizá he encontrado un lugar en la vida, junto a ellas y mi compañero, que también se está haciendo a esta nueva vida. Era feliz, y me bastaba.

-¡Voy!

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