Desequilibrio – 2

El Campo de Pruebas nunca se había caracterizado por su buena presencia. Era un desierto completamente abandonado, permanentemente cubierto por nubes grises que extrañamente no descargaban nunca su preciada agua. No existían accidentes geográficos salvo los originados por las numerosas pruebas que allí se realizaban: cráteres de diferentes tamaños y profundidades, surcos aparentemente interminables y una gran cantidad de terreno llano. La vida lo había repudiado desde hacía mucho tiempo.

La capitana de las Kiore se encontraba allí, caminando hacia la posición del último encuentro con el Papaki descarriado. Iba sola, sin ningún tipo de acompañamiento, y armada con la cuchilla reglamentaria, además de varios artefactos, de uso privado, por si la situación se complicaba. Llevaba andando un buen rato, con la mirada perdida en el horizonte, sin encontrar el más mínimo rastro de actividad. No notaba ni hambre ni sed, únicamente un poderoso ánimo de castigo hacia aquel que había osado desafiar a su facción.

Paulatinamente comenzó a aparecer una silueta a lo lejos, una forma ya conocida. Se dirigía hacia ella, con paso lento pero firme, posiblemente con intenciones similares, a su parecer. Pasó poco tiempo hasta que se encontraron bastante cerca, suficiente para establecer contacto visual y declararse la guerra en milésimas de segundo. Ambos tenían una mirada cargada de venganza, y sabían que uno de los dos no saldría de allí con vida.

La capitana desenvainó su cuchilla y adoptó una posición de defensa, para luego iniciar un ataque contra el enemigo que, a diferencia de ella, iba desarmado. Suponía un abuso tremendo, pero también era una amenaza importante a su sociedad. No se lo pensó dos veces y arremetió contra él intentando atravesarle. Fue en vano. Realmente lo atravesó, pero no como ella esperaba. Era incorpóreo, de la misma consistencia que el aire, y probablemente invulnerable a sus acometidas. Intentó herirle varias veces, aunque ninguna de ellas funcionó. Sólo consiguió cansarse y ponerse nerviosa, lo cual no la convenía.

Se encontraba ligeramente inclinada, de espaldas al Papaki, para intentar recuperar el aliento. Conocía los riesgos que supone dar la espalda al enemigo, pero aun así lo hizo. Pocos instantes después, se giró para intentarlo una vez más. Esta vez, el Papaki reaccionó: antes de que pudiera darse cuenta, la capitana Kiore se encontró con la mano de su contrincante en su pecho, y a continuación una fuerte sensación de que algo le estaba arrebatando su ser. No aguantó mucho tiempo en pie; se desplomó delante de él y poco a poco fue envolviéndola la oscuridad. Había llegado su fin.


Despertó.

Todo había sido una horrible pesadilla, seguramente producida por el encuentro del día anterior. La capitana estaba en su cama, en el campamento, y se despertó completamente empapada de sudor y atormentada por un pavor incomparable. Pocas veces había pasado un miedo como aquél, era incluso peor que si el Papaki la asesinase de nuevo. Su corazón aún latía a la velocidad del rayo,a punto de explotar ante el más leve estímulo. Tardó unos minutos en volver a la realidad y darse cuenta de todo; finalmente logró controlarse y poner en orden sus pensamientos. Iba a ser un día muy largo.

Ese mismo día iba a tener lugar el ataque definitivo contra el Papaki. El ejército Kiore al completo se dirigía en esos instantes hacia el Campo de Pruebas, dispuesto a hacer frente a una seria amenaza. No conocían a su enemigo: todo lo que aparentemente sabían de los Papaki se había esfumado por completo, haciendo que fuesen completamente a ciegas. Un rival así no sería fácil de combatir, de ahí que el planeta se parase por completo en un día que seguramente pasaría a la historia, si es que quedaba alguien en pie para contarlo.

Todo el mundo estaba atento a lo que sucediese en aquel desierto. La situación se emitía en directo  a través de las numerosas cámaras de televisión que rápidamente cubrieron una amplia zona del campo de batalla. En sus casas, las Kiore se sentaban delante del televisor para contemplar los avances de un suceso que ya se conocía como “la batalla del siglo”. Incluso los Papaki estaban al tanto, un poco intrigados de cómo alguien de su raza saldría de semejante situación. Algunos le apoyaban, otros pensaban que estaba loco. A pesar de ser un asunto realmente grave, no hubo ningún intento de ocultar la información: el mundo entero debía conocer la verdad.

La capitana salió de sus aposentos dispuesta a enfrentarse a aquel día. Tenía ya un plan en su mente: un último intento de negociación, y si de nuevo lo rechazaba, atacarían con todo su arsenal. Simple, rápido y, con suerte, eficaz. Nadie sería capaz de resistir un bombardeo continuo de todo un ejército, y mucho menos sin protección, como esperaban que fuese. Rápidamente tomó sus armas, se subió a un jeep y partió junto al resto de dirigentes al campo de batalla. No la dirigiría personalmente, pero sí tendría un lugar privilegiado por el encuentro anterior. Podría verlo desde primera fila, e incluso mandar sobre algunas tropas si requerían intervención humana.

Rápidamente llegaron al lugar indicado, curiosamente el mismo al que el Papaki citó a la capitana para recoger a sus combatientes. Allí estaba, de pie y con la mirada fija en el horizonte, el misterioso Papaki. Cuando pudo de verlo más claramente, se dio cuenta de que no iba preparado para la batalla: sólo vestía un simple trapo, algo maltratado, que apenas le cubría la cintura y un poco del torso. Su pelo estaba un poco desordenado; era grisáceo, con unas cuantas mechas de color cerúleo, el mismo que sus ojos. En sus brazos podían distinguirse algunos tatuajes púrpuras, al igual que en sus piernas y espalda. No llevaba nada que pareciese ser un arma, si siquiera remotamente. Esta imagen era vista además por todas las Kiore civiles, que no dejaron de asombrarse ante aquel extraño personaje. Otras, por el contrario, se reafirmaban en su posición y lo consideraban un inconsciente de campeonato.

A las pocas horas el Papaki estaba completamente rodeado de Kiore y vehículos de combate de todo tipo, apuntándole desde el primer momento.No parecía inmutarse, pues todavía miraba a la lejanía esperando que algo sucediese. La capitana logró abrirse paso entre la gente y las moles mecánicas hasta su posición, desde donde pudo verle como si le tuviera a lado. De nuevo, se sentía como en la pesadilla, temiendo que el resto del ejército la abandonase a su merced. El corazón comenzó a latir con fuerza, intentando escapar de su pecho, y las piernas apenas le respondían. Pensaba que se tranquilizaría acariciando la cuchilla que intentó clavarle en sueños, pero no funcionaba. Irónicamente, lo que consiguió tranquilizarla fue seguir mirándolo, intentando comprender cómo había logrado llegar hasta ahí. Más que miedo, ahora lo que sentía era curiosidad.

Sin meditarlo siquiera, se dirigió a la comandante que estaba al mando de la negociación para intentar algo desesperado:

-¡Comandante! ¡Espere!

-¿Qué ocurre?

-Deseo pedirle un favor.

-¿De qué se trata?

-Por favor, déjeme a mí negociar con él.

-¿Qué? ¿Está mal de la cabeza? ¿Por qué supone que es una buena idea?

-… No lo sé. Es difícil de explicar. ¡Se lo ruego, deme una oportunidad!

-… Está bien. Pero sólo porque entabló contacto con él ayer. Le advierto que a la menor señal de amenaza dispararemos, esté usted ahí o no. ¿Lo comprende?

-Perfectamente.

-Bien, La negociación comenzará en breve. Buena suerte.

-Lo mismo digo.

Resultaba increíble que la capitana convenciese a una superior para desempeñar una labor tan importante. Pero no había tiempo para meditar. Debía dirigirse a Papaki y ofrecerle entre regresar a la sociedad que una vez repudió o sufrir la ira de las Kiore. La elección parecía fácil a primera vista, aunque incluso a la misma capitana le costó decidir si se encontrase en su lugar. ¿Era su sistema perfecto, o tenía una fisura por la que cualquiera se podía escapar? Quizá el Papaki le respondiese lo que sus congéneres no han podido.

La misma secuencia de hechos se repetía: la capitana caminaba a velocidad moderada hacia el Papaki, sola, armada con su cuchilla. Esta vez, no deseaba acabar con él; quería hablar, descubrir cómo un simple Papaki había llegado a esa situación, a hacer que una Kiore llegase a plantearse la eficacia de su facción. Tenía algo especial, sin duda. Y si no satisfacía su curiosidad, no volvería a ser la misma nunca más.

De nuevo, sólo unos pocos metros separaban a seres tan diferentes. Algo hizo que la sensación de que alguien caería ese día volviese a aparecer, aunque las causas sería radicalmente distintas. Un Papaki. Una Kiore. Miles de diferencias y preguntas sin resolver. Nunca habían estado en relativa igualdad. A la capitana ya no le importaba la guerra entre ambas facciones. Había cambiado por completo… por un Papaki. No sabía qué era… simplemente quería estar a su lado. Por primera vez desde el nuevo orden, un Papaki se había ganado el respeto de una Kiore con sólo estar fuera. Probablemente ella fuese la única que recordase aquel suceso de esa manera.

Llegó a su destino. Estaban los dos juntos, uno frente a otro. No iban a luchar. Únicamente hablarían. Hablarían de lo injusto que es el sistema Kiore, al considerar que, necesariamente, una facción era superior a la otra. De cómo el Papaki logró no robar el alma a sus contrincantes, sino controlar a todas para después dejarlas inconscientes con un simple gesto.  De por qué el Papaki colocó a las Kiore para evitar que sufriesen ningún accidente durante su sueño. De lo extraños que se sintieron los dos cuando cruzaron miradas por primera vez, y de los numerosos latidos que sólo ambos parecían escuchar en ese mismo momento.

Ninguno de los dos quería seguir peleando.Ya estaban cansados de una guerra absurda que parecía justificada a ojos de los demás.

Inadvertidamente, un temblor sacudió la tierra paulatinamente, acompañado de un ruido ensordecedor y un resplandor procedente de todas direcciones. Nada parecía inmutarles. Los numerosos proyectiles, disparados desde cientos de metros, eran los únicos que perturbaban aquella escena inmóvil. Estaban preparados para que todos golpearan la posición al mismo tiempo, haciendo un ataque aún más devastador si cabe.

La guerra ya había acabado para el Papaki y la Kiore.

En un último gesto, se cogieron de la mano, entrelazando los dedos, y continuaron mirándose fijamente, al margen de todo lo que se avecinaba. Esta última imagen fue lo que todo el mundo vio al final, antes de que una gigantesca bola de fuego cubriese el centro del Campo de Pruebas y se llevase a la feliz pareja para siempre.

El único rastro que quedó fue un gigantesco cráter en el suelo, como los muchos que poblaban aquel lugar.


Año: Desconocido

Lugar: Wi

Un Papaki camina libremente por la ciudad. A pocos metros de él, una Kiore se cruza en su camino. Se ceden educadamente el paso y continúan sus vidas. Tras preguntarles a ambos, por separado, sobre el suceso de hace tiempo, ninguno responde. Nadie quiere hablar del tema. Nadie desea recordar el suceso que supuso la igualdad de los Papaki y las Kiore. Nadie desea recordar cómo tuvieron que renunciar a sus propios principios para darse cuenta de lo estúpidos que habían sido. Nadie va a visitar aquel cráter, que significó un corte en la historia.


-Respóndeme una cosa. ¿Cómo lo hiciste?

-¿El qué?

-Escaparte del nivel inferior. Es imposible que un Papaki, por fuerte e inteligente que sea, salga de ahí.

-Ah, eso… ¿Quieres saberlo?

-Sí.

-… Nunca me escapé. Jamás estuve en el nivel inferior. Nadie logró capturarme cuando se llevó a cabo la nueva estrategia.

-¿C-cómo?

-El sistema tenía un fallo muy gordo, aunque no en su estructura ni en su construcción. Todo estaba basado en que ninguna facción cambiaría. Error.

-…

-Estaba en una ciudad Kiore cuando empezaron los rumores de capturar a los Papaki. Sabía que no tenía ninguna oportunidad contra vosotras, a menos que cambiase. Decidí observar, aprender de vuestra asombrosa capacidad de adaptación a cada entorno. Mi única salida para salvarme de las Kiore era comportarme como una más. Adaptarme a la ciudad Kiore. En poco tiempo, logré aprender vuestras costumbres, acciones y a utilizar el ingenio para sobrevivir. Recabé todo tipo de información para eliminar cualquier rastro de mi naturaleza Papaki hasta que estuviese preparado. Un día, saldría de allí y viviría por mi cuenta en el Campo de Pruebas. No sería difícil. Ya había logrado convertirme en una Kiore y pasar completamente desapercibido mientras mis congéneres estaban recluidos en el nivel inferior.

-¿Te convertiste en una Kiore? ¿En serio?

-¿De qué te crees que son las mechas? Sí…tuve que cambiar, y mucho. Pero por lo que veo dio el pego.

-¿Y por qué decidiste dejarlo? Podías haber vivido con nosotras sin ningún problema. Demostraste tener la mentalidad de una Kiore.

-No podría perdonármelo. Debía salvar a mi facción, y devolver a ambas a la igualdad que habían negado tanto tiempo. Y no podía tomarla con vosotras, me habías acogido en vuestra vida… y yo eso lo respeto.

-Aún nos queda mucho por aprender del otro…

-Qué gran verdad. Tal vez ahora se consiga una paz.

-Jamás pensé que le diría esto a un Papaki… gracias.

-… Igualmente.

-…


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