Desequilibrio

Año: Desconocido

Lugar: Campo de Pruebas

Ha habido numerosas batallas en la historia, pero ninguna como ésta. No es muy común encontrar un enfrentamiento de todo un planeta contra un sólo individuo, aunque es posible. Tampoco se podría decir que era una guerra, pues uno de los dos bandos no tenía posibilidad de ganar, pero eso ya es adelantar acontecimientos. Comencemos desde el principio.

Desde hace ya demasiado tiempo, los pobladores del planeta se han agrupado en dos facciones, diferenciadas pero a la vez complementarias: los Papaki, fuertes y guerreros por naturaleza, capaces de adaptar el entorno y moldearlo a su antojo; y las Kiore, famosas por su inteligencia, su raciocinio y su capacidad de adaptación a las más adversas condiciones. Estaban enfrentándose continuamente por demostrar qué facción era superior, a pesar de que sabían que no podía existir la una si la otra y que la guerra era una soberana tontería. Sin embargo, era la única forma en la que entraban en contacto; por lo demás, eran autosuficientes y lograron prosperar, creando dos civilizaciones que se extendieron por todo el planeta.

El problema vino cuando ya no había espacio para todos. Tenían grandes ansias expansionistas que sólo se verían satisfechas al eliminar a la otra facción, o en su defecto, a reducirla al mínimo necesario para sobrevivir. Y así, por una cuestión de espacio, comenzaron a pelearse por cada pedazo de tierra, conquistando ciudades enemigas y capturando a otros a modo de seguro. La consecuencia esperada sería una reducción de la población lo suficientemente grande como para no requerir tanto espacio, aunque sin extinguir la especie. En contra de todas las expectativas, la población de ambos bandos siguió aumentando junto con los enfrentamientos y su violencia. La guerra parecía no tener fin.

No entraré en detalles sobre cómo se sucedieron los acontecimientos. Sencillamente, las Kiore planearon una nueva estrategia altamente eficaz aprovechando la debilidad que los Papaki sentían por ellas. Poco a poco, fueron capturándolos en grandes cantidades, lo cual hizo la invasión mucho más fácil y menos agresiva para ambos. Las Kiore demostraron su superioridad de forma continua y suave, y los Papaki, quién sabe si por cansancio o por voluntad, accedieron a sus condiciones. Se estaba alcanzando así una especie de equilibrio entre ambas facciones, si bien una de ellas era más numerosa y fuerte que la otra.

A medida que este plan se iba llevando a cabo, el propio planeta cambiaba: el nivel superior estaba reservado a las ciudades y viviendas de las Kiore, mientras que el inferior servía de residencia a los Papaki, cuidados con mimo y tratados con la suavidad propia de sus superiores. Ambas facciones estaban separadas por gruesas capas de material, a fin de evitar cualquier cambio en un sistema que, por otra parte, era perfectamente sostenible y avanzado. El planeta entero fue rápidamente colonizado y unido en una sola ciudad, regida con justicia y preocupación por sus habitantes. La única zona que se salvó del dominio Kiore fue un pequeño desierto, una tierra anteriormente fértil que acabó agotándose por las guerras, el Campo de Pruebas. Era una zona muerta, ampliamente usada para experimentación y como lugar de prueba en el entrenamiento militar. Era cierto que estaba controlada por las Kiore, pero rara vez se las veía por allí. Por eso era el lugar perfecto para una resistencia Papaki con ganas de reventar el sistema que se les había impuesto.

La supremacía de las Kiore se basó en que controlaban a absolutamente todos los Papaki. No había forma humana de que alguno se escapase del nivel inferior, pues ninguno quería hacerlo por temor a lo que podría pasar. Después de tanto tiempo, los Papaki era casi incapaces de sobrevivir por sí solos, no por la pérdida de sus capacidades sino por la falta de espacio que poder modificar. Todo era propiedad de las Kiore, y ahí no podían intervenir. A pesar de ello, si las Kiore lograron expandirse a tal velocidad fue por el uso del talento modificador de los Papaki, ya que ellas se habrían limitado a adaptarse al entorno, y no al revés. En pocas palabras, se beneficiaron de las capacidades del otro y lograron un clímax aparentemente estable.

No parecía existir brechas en un sistema tan perfecto. De hecho, no las había. Sin embargo, eso no significa que no se pudieran abrir con facilidad. Era sencillo: ¿Y si un Papaki plantase cara? ¿Qué ocurriría si uno saliese del nivel inferior e intentase entrar en la ciudad de las Kiore? Y para complicar más el asunto, ¿qué podría hacer un individuo con la mentalidad guerrera de un Papaki y el talento de una Kiore? Sin duda sería devastador y totalmente impredecible. Era aparentemente inconcebible tal situación y, por tanto, no se consideró.

Sin embargo, allí estaba. Se había hecho realidad. Un Papaki enfrentándose a toda la civilización Kiore en el Campo de Pruebas. Nadie sabía cómo había logrado llegar al nivel superior, burlar la seguridad de Las Kiore y tener la osadía de plantarles cara. El perfecto sistema Kiore estaba en peligro: había sido vulnerado una vez y, por lo tanto, podía suceder más veces. Esto parecía contradecir la voluntad de los Papaki. Todos coincidían en que salir y enfrentarse era una idea absurda e inútil, y ninguno se lo habría planteado jamás. Esto preocupó más a las Kiore. ¿Qué había pasado?

Antes de que se aclarase todo el problema, las Kiore decidieron intervenir. Enviaron a un equipo de sus mejores combatientes a negociar con él una rendición pacífica. Podría pasar al nivel inferior sin ningún tipo de represalia, y todo el mundo haría como si nada hubiese pasado. Era una oferta aceptable y jugosa, a la cual el Papaki respondió: “No, gracias. Prefiero luchar.”

Ante tal negativa, el equipo de Kiore se dispuso a hacer frente a su ahora enemigo. Todas se abalanzaron contra el aparentemente indefenso Papaki, a fin de eliminar una posible resistencia potencialmente peligrosa. Ante tal diferencia numérica, cualquiera habría apostado por las Kiore. Pero nada más lejos de la realidad: cuando la primera se acercó, el Papaki la tocó levemente en el hombro izquierdo, deteniéndola y, tras unos instantes, provocando que entrase en una especie de trance, pasándose al bando Papaki y enfrentándose a sus antiguas compañeras. No hubo apenas violencia, ambos siguieron tocando una a una al resto de Kiore hasta que todas estaban en trance. Acto seguido, todas se desplomaron al unísono y ahí acabó el combate. Rápido, eficaz y nada doloroso. Un estilo de lucha perfecto y feroz, propio de un Papaki rebelde.

Al cabo de unas horas de que saliese el grupo de Kiore, la capitana del campamento recibió un mensaje del Papaki. Eran unas simples coordenadas, que apuntaban a algún lugar del Campo de Pruebas. La capitana, junto con algunas Kiore experimentadas, partió en busca de aquel lugar en una camioneta, esperando quizás encontrarse con el enemigo y, si había suerte, con los cadáveres de sus soldados.

Faltaban unos pocos metros para llegar al lugar exacto, cuando se podía divisar desde el vehículo una extraña estampa. La capitana se bajó a una distancia prudencial y continuó a pie para contemplar la escena. El Papaki estaba de pie, tan tranquilo, y delante de él se encontraban las combatientes, tendidas de lado en el suelo formando dos filas perfectamente ordenadas. Dicho espectáculo provocó que entrase en cólera y se dirigiese al Papaki para decirle cuatro cosas.

-Pienso acabar contigo. Te lo prometo.

El Papaki, que hasta entonces había estado de espaldas, se giró para responder:

-¿Por qué? ¿Por haberlas matado? Por favor, creía que las Kiore erais más inteligentes.

-¿Cómo te…?

La capitana levantó la mano para darle una bofetada al Papaki, cuando una de sus acompañantes la interrumpió:

-¡Capitana! ¡Están vivas!

-¿Qué? ¿Cómo es posible?

-¡Sólo están inconscientes! Las ha colocado en una posición de seguridad por si había que darlas primeros auxilios, aunque no tienen ninguna magulladura ni herida.

La capitana suspiró aliviada al saber que nadie había salido herida. Su enfado se disipó rápidamente, así como sus ganas de sacudir al primero que pasase. Dio la orden a sus compañeras de que las cargasen en la camioneta y las llevasen al campamento, para que se recuperasen lo antes posible.

También se acordó del Papaki, a quien había dejado de lado durante un momento, y volvió su mirada hacia donde estaba éste. Sin embargo, sólo lo vio en la lejanía, caminando hacia el horizonte y haciendo un gesto al aire de despedida. Ambos sabían que se volverían a ver… algún día.

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