Mi verdadero yo: Despierta

Allí estábamos. Frente a ella y sus numerosas armas, absolutamente indefensos y a merced de sus más oscuros deseos. No iba a ser fácil, seguro, aguantar vete a saber qué con tal de hacerme salir. Se notaba que estaba impaciente por empezar, indecisa sobre qué utilizar primero y cómo seguir después. En su mente, la tortura constituía un verdadero arte: el dolor, los chillidos, el no saber cuánto aguantará… estaba entusiasmada.

Sin embargo, aquella joven no tenía un pelo de tonta, y no iba a consentir que su trofeo se escapase una vez capturado. Así, antes de empuñar arma alguna, tomó unos grilletes que inadvertidamente colgaban de la pared y los acopló a nuestras muñecas. Después y para nuestra sorpresa, desabrochó la camisa de fuerza y nos dejó literalmente colgando de la pared. Yo no confiaba tanto como ella en esos grilletes. De hecho, parecían bastante endebles como para destrozarlos de un tirón algo fuerte. Aprovecharía este primer error para escapar, una vez tuviésemos la oportunidad. Mientras intentamos agarrarla por el cuello y de paso comprobar lo largos que eran y la libertad de movimiento que teníamos. No pudimos hacer mucho, pero por lo menos era más cómodo que antes.

-Bien. ¿Empezamos?

Su voz resonó por toda la habitación, a pesar de que no era muy grande. De momento no teníamos escapatoria, así que sólo quedaba una opción: ir a por todas.

-Ya estás tardando- dijo él.

-(A ver de lo que eres capaz)-pensé yo


El primer tortazo fue rápido y preciso. Seguidamente vino uno de revés, con mala idea, y un tercero bastante más fuerte que los anteriores. La mejilla empezaba a enrojecerse, ya se notaban las marcas de los dedos. Continuó con la otra, a lo que no pusimos ninguna objeción. Esta vez fue un puñetazo directo al pómulo derecho, con otro muy similar en el otro lado. Después de esta primera tanda, nos agarró de la cara y nos miró fijamente, como si estuviera esperando a que sucediese algo. Ilusa.

Pasó al siguiente nivel. Nos levantó a la fuerza hasta ponernos en pie, y comenzó a trabajarnos el torso con una sucesión de golpes, puñetazos y, aunque procuraba hacerlo tímidamente, algún que otro rodillazo. La piel empezaba a enrojecerse cada vez más, y podían verse perfectamente los sitios donde nos estaba golpeando. Los primeros moratones no tardaron en aparecer: dos en el costado y uno en el vientre. A menudo paraba y nos miraba, pero no encontraba nada. Para que no nos olvidásemos de la cara, de vez en cuando sacudía algún que otro puñetazo a la barbilla o al tabique nasal, aunque al menos servía para mantenernos despiertos. Al cabo de unos minutos, la sangre empezara a caer gota a gota de la nariz.

Fue ver aquel líquido rojo en el suelo y en nuestra cara, y su expresión cambió radicalmente. Volvía a tener esa mirada obsesiva y demente que la caracterizaba, y estaba emocionada con su labor. Después de un rato meditando, se levantó y abandonó la sala, quizá para traer un artilugio nuevo y peores ideas, cerrando la puerta, por supuesto. Fue ese el momento en el que tuvimos una improvisada charla:

-¿Cómo vas? ¿Crees que aguantarás hasta el final?

-¿Estás loco? No podré resistir esto mucho más, y esa tía parece no cansarse nunca. Tenemos que empezar a trabajar juntos, Ego.

-Está bien. No pienso cargar yo con todo, hasta yo tengo mis límites.

-No es necesario. Con que me mantengas con vida, me vale. Del dolor ya me ocupo yo.

-¿En serio? Vaya, estás peor de lo que me imaginaba. Si insistes… tranquilo, no va a poder con los dos a la vez.

La puerta se abrió de nuevo. La joven entró de nuevo con un garrote bien gordo que no tardaría en estampar contra nosotros, aunque esa sería la sorpresa final.

-¿Listo para el segundo asalto?

No respondimos. Nuestro silencio nos sirvió a todos de respuesta. Yo empecé a prepararme con mi cometido: mantenerle en pie. En realidad era sencillo, bastaba con eliminar cualquier herida, hemorragia interna o corte, y hacer que el corazón y el cerebro funcionasen como si nada. Si trabajábamos bien, sería invencible, aunque el dolor sería insoportable. Por otro lado, si él se hacía cargo de eso, quizá podía funcionar. Nunca dejará de sorprenderme.

Nuestra vigilante optó por tomar el látigo, de unos dos metros de largo y muy resistente, y con la punta reforzada con una hoja metálica, por si su restallido no fuese suficiente. Alzó su mano derecha con ánimo de aunar fuerzas, y a continuación lo giró bruscamente hacia la izquierda. Con cierto retardo, el látigo repitió el movimiento, arrastrando la hoja hasta que se topó con e vientre. Logró completar su recorrido, por supuesto con un tajo pequeño pero firme y preciso. El dolor comenzó a llegar unos segundos después, lo que evidenciaba lo afilada que estaba la cuchilla y la efectividad de semejante instrumento. Mi compañero empezaba a gritar, sabiendo sus ruidos no harían otra cosa que animar a nuestra visitante.

Retornó la mano a su derecha y dio un par de pasos atrás, dispuesta a hacer restallar el látigo desde lo alto. Se giró, echó el brazo hacia atrás y lo movió bruscamente hacia adelante, cayéndonos el látigo como una guillotina y provocando un ruido ensordecedor que junto con los lamentos creaban un macabro hilo musical. Por si fuera poco, la hoja remató la faena rajándonos el pecho y creando una nueva herida de guerra. Las gotas de sangre resbalaban sobre nuestra piel, formando un arroyo y el posterior e inevitable goteo. Aquella joven contemplaba la escena gozosa y orgullosa de su trabajo, a pesar de que aún no había obtenido ningún resultado. Nos inspeccionaba cada poco tiempo, en vano.

Momentos después del tercer golpe, llegó mi turno para divertirme. Cuando ella estaba observando el espectáculo, contempló horrorizada cómo los surcos que había abierto brillaban con una luz púrpura para seguidamente cerrarse y eliminar cualquier rastro de aquella reunión. Su expresión cambió de golpe, de la sádica y maquiavélica sonrisa a una mueca de desconcierto y frustración. Todo su esfuerzo se iba desvaneciendo poco a poco hasta volver al principio. Ahora era yo quien actuaba, riéndome para mis adentros y dirigiéndola mentalmente un “chúpate esa” como un estadio.

-¿Eh? ¿Qué estás haciendo? ¡Para! ¡Para ahora mismo!

Daba gusto escuchar otros gritos para variar. La temática no varió cuando empezó a cabrearse de verdad y a descargar el látigo una y otra vez y veía que nunca funcionaba. Comenzaba a ponerse nerviosa y a sudar, y como siempre le ocurría a esta chiquilla, se volvió torpe en pocos segundos. El látigo apenas le obedecía, y estaba saliendo peor parada ella que nosotros. Yo tampoco soy de cambiar mis costumbres, y volví a aprovecharme de la situación como en aquella pelea en la plaza:

-¿Qué te ocurre? ¿Has perdido la puntería? Que yo sepa, usar un látigo no es tan difícil…

-¡Cállate! ¡Cállate si no quieres que…!

-¿Si no quiero qué? ¿Eh? Asúmelo, no puedes hacer nada.

Durante aquel improvisado diálogo nos bombardeaba con miradas asesinas. Faltaba poco para que se desquiciase por completo, cuando reparó en un ligero detalle. Era yo quien hablaba, no él, y podía verse claramente por las marcas oscuras que aparecía durante una sincronía. Este hecho la enfureció aún más si cabe.

-Condenado hijo de… ¡Sal! ¡Sal si te atreves! ¡Demuéstrame que tienes lo que hay que tener!

Cualquier hombre habría respondido a semejante desafío. Pero yo no. No quería ensuciarme las manos de esa manera, además estaba muy agusto dirigiendo nuestro extraño baile. Preferí provocarla un poco más, para ver cuánto era capaz de controlarse.

-Oh, no, gracias. Prefiero un desafío de verdad.

Aquella fue la chispa, el desencadenante de que la chica rugiese con locura, tomase la maza que trajo y nos propinase un golpe demoledor en el costado en décimas de segundo, además de cortes, más heridas y, según el recuento, de tres a cinco costillas rotas. De nuevo todo volvió a su sitio como si nada hubiese pasado, cuando de pronto noté que él, tras aguantar una hora de insufrible dolor, había terminado por desmayarse, como era de esperar. Así, aproveché para acabar la sincronía y refugiarme de aquella loca mientras contemplaba el cuerpo colgante de mi compañero, aparentemente indemne. La joven jadeaba cansada, aliviada por haberse librado de una molestia bastante irritante. Cuando se tranquilizó, salió otra vez de la habitación, quizá a despejarse un poco más. Lo necesitaba.

-(Lo estás haciendo muy bien. Mucha gente no habría aguantado tanto, y mucho menos habría escogido cargar con el dolor.)-pensé.

Regresó antes de lo esperado, sosteniendo una jeringuilla de buen tamaño con un líquido transparente en su interior. Sabía que ella se decantaba más por la acción física, así que aquella cosa no sería perjudicial… al menos, no mucho. Se acercó a nosotros, se arrodilló y buscó un punto adecuado para clavarla con fuerza y depositar aquel líquido en nuestro interior.

-He de reconocer que me estáis dando más trabajo del necesario, pero supongo que no queda otra. De momento, despertemos a tu amigo.

No sabría explicarlo bien, pero aquella sustancia le reanimó de forma inmediata y tremendamente violenta, capaz de resucitar literalmente a alguien. No sólo le hizo despertar, sino que nos proporcionó a ambos una energía increíble… y peligrosa. Empecé a absorber parte de la energía para evitarle problemas: al poco tiempo, podía hacer una sincronía completa de varias horas sin problemas, repetir el cráter de hacía unos días… casi todo, y sólo con una inyección de aquella misteriosa sustancia.

Continué absorbiendo energía… más… más… cada vez era más difícil retenerla toda… empezábamos a descontrolarnos… las marcas aparecían y desaparecían constantemente, y yo me veía rodeado de más y más energía, más y más poder… todo al alcance de mi mano, sin ningún impedimento… no creo que pueda con toda…


La solté. Toda aquella energía extra me sobraba… por el momento. Sabía perfectamente que si absorbía demasiada, acabaría por descontrolarme, y cuando llegaba a esa situación podía pasar cualquier cosa. No me quedó otra opción que liberarla de golpe, y la forma más rápida y segura para ambos era creando una onda púrpura, la cual derribó a la joven y la mandó contra la pared contraria. Se recuperó al poco tiempo y nos observó de forma extraña, como si estuviese satisfecha de algo.

-Ya te tengo.

Nada más decir esto último salió disparada de la habitación, tanto que se dejó la puerta abierta. Desafortunadamente, aún estaba fuera de nuestro alcance, y estábamos demasiado cansados como para forzar las cadenas y romperlas. Optamos por permanecer allí, igual de desconcertados que nuestra propia carcelera.

No pasaron más de cinco minutos cuando regresó, esta vez cargada con una batería de coche. La depositó delante nuestro, tomó dos cables y los acopló a los bornes, haciendo contacto varias veces para comprobar que funcionaba bien. Mientras, esgrimía en su cara una sonrisa de triunfo y unas muy malas intenciones.

-Veamos si también te resistes a esto…

Casi de forma instantánea notamos una fuerte punzada en el pecho. Nos había clavado los extremos de los cables directamente, y a continuación la carga de la batería empezó a circular a través de nosotros. ´Le gritaba de auténtico dolor, apenas podía soportarlo… y yo sólo podía absorber toda esa energía si no quería que nos cociese vivos. Maldita sea… había encontrado una forma de hacerme salir, la muy retorcida… debía evitar que se electrocutase, pero no podía dejar que sufriese de esa manera. Tenía que pensar rápido.

Dicen que no hay mal que por bien no venga. No sé si se aplica a todo, pero aquella vez no podía estar más de acuerdo. Reparar cualquier daño físico y curar heridas siempre es muy costoso por la gran cantidad de energía que gastaba. A veces nos dejaba realmente exhaustos, pero ahora tenía toda esa energía ahí mismo: utilizando la carga de la batería podía curarle de forma continua, y además no podía descontrolarme al usarla todo el tiempo. El resultado fue que, a pesar de lo que gritaba, no sufríamos ningún daño. El único efecto eran las marcas, además de unas cuantas convulsiones que, no se podían evitar. De nuevo, habíamos vencido, y la joven no se lo tomó nada bien.

-¡Serás…! ¿¡Cómo te atreves!? ¿Te crees que puedes tomarme el pelo de esa manera?

Estaba totalmente desquiciada. Apenas podía controlar sus nervios y estaba a punto de darle un ataque de ansiedad. De vez en cuando se agarraba del pelo y daba algún puñetazo en la pared, hasta que ella también tuvo una idea luminosa. No entraré mucho en detalles: simplemente nos conectó a la red eléctrica con un par de alargadores, y la naturaleza hizo el resto. A los diez o quince segundos de descarga ya estábamos desbordados: él se desmayó casi al instante, se estaba achicharrando vivo y yo no podía hacer otra cosa más que acumular energía y rezar para que no me descontrolase.


-¡Por fin, por fin sales!… Oh, oh, esto se pone feo… ¡Argh! Pagarás por esto…

-¿A qué viene tanto jaleo?

-¿Qué haces levantada? ¡Deberías estar descansando, no estás recuperada del todo!

-Olvídate de eso ahora. ¿Qué pasa? ¿Has conseguido despertarle?

-Sí, pero… esto no estaba previsto. Está totalmente fuera de control. ¿Eh? ¿Qué está haciendo?

-Creo que… ¡Ayúdame a cerrar la puerta, vamos!

-¿Qué?

-¡Vamos, vamos, vamos!

-¡Aaah!

-¿Estás bien?

-Sí, tranquila. Ha faltado poco, ¿eh?

-Bufff… al menos ya lo tenemos.

-Si… por fin.

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