Mi verdadero yo: Dos caminos

-Ufff, mi cabeza… ¿? ¿Qué me pasa? ¡No puedo moverme!

-Hola, encanto. Por fin despiertas. ¿Es cómoda la camisa de fuerza?

-¿Quién eres tú? ¡Suéltame ahora mismo!

-Podría decirse que soy tu cuidadora. Vigilo para que… no te escapes.

-Suéltame o…

-¿O qué? ¿Acaso vas a hacerme algo? Lo dudo mucho, en tu estado.

-Créeme, no te gustará verme enfadado.

-Oh, ya lo creo que me gustará. Precisamente estoy aquí por eso. Quiero que te enfades, que descargues toda tu ira, que liberes todo lo que llevas dentro.

-…

-Pero deberías reservar tus fuerzas por ahora. No quiero que te desmayes en mitad de nuestra… sesión de terapia.

-¿Terapia? ¿De qué estás hablando?

-Tranquilo, chico. Ya lo verás… muy pronto. Aunque te advierto que va a ser bastante doloroso.

-Da gracias a que no pueda moverme, porque te partía la cara ahora mismo.

-Eres agresivo, y no temes a alguien claramente superior a ti. Me gustas, chaval.

-…

-Aun así, no voy a ser indulgente contigo. Acabaré sacándoos todo a ti y a tu querido amiguito.

-¿Amigo? ¿A quién te refieres?

-Tú ya deberías conocerle, ¿verdad? Qué bien que esté escondido ahora, así podremos estar tú y yo solos…

-Quítame las manos de encima.

-¿Terco hasta el fin? Muy bien, echaremos mano de métodos más invasivos.

-…

-Por vuestro propio bien, más os vale hacerlo fácil, o de lo contrario… pero me imagino que él no te dejará morir. Por fin podré emplearme a fondo… Disfruta de estos últimos minutos… mientras puedas.

-(Ego, ¿qué has hecho?)

——————————————————————————————————

Qué dolor de cabeza… Nunca pensé que salir de la mente hiciese tanto daño. No sé cómo, pero desperté en medio de un pasillo blanco, muy parecido a los que hay en hospitales. Rápidamente me aterroricé, pues no le encontraba a él por ningún lado. No entendía cómo nos habíamos separado, sobre todo después de que nuestro lazo se hiciera más fuerte que nunca. Desde aquel momento, estaba solo.

En aquel pasillo no había nada fuera de lo común, pero tampoco era muy normal. Parecía el interior de una cárcel (algo extraño, porque no había nadie). Sin embargo, no podía saber nada de aquel lugar si no investigaba un poco. Intenté averiguar si había alguien cerca así que probé a hacer un escaneo, aunque… no funcionó. No pude ver nada, ni siquiera en una zona pequeña. Era la primera vez que me ocurría algo así, y sabía que no había perdido mis facultades. Espero no equivocarme.

Comencé a andar por aquel pasillo. En seguida me di cuenta de que era bastante largo y monótono, apenas había un par de puertas, todas cerradas, por supuesto. Al cabo de un rato llegué a unas escaleras que subían un par de pisos. Me aventuré a continuar mi investigación. De pronto, oí pasos, cada vez más cercanos e intensos. Eché un vistazo por si alguien se acercaba, pero no vi a nadie. A pesar de ello, los pasos sonaban más fuertes, y era casi imposible esconderme, ya que venía de todas partes, quizá por el eco que había en el pasillo. Me estaba asustando; no había estado tan indefenso en mi vida, aun siendo yo.

Instintivamente, hice lo primero que me vino a la mente; agacharme, taparme la cara y esperar a que todo pasase de largo. Realmente le necesitaba. No era nadie sin él, me daba confianza y era la auténtica fuente de mi poder. Los pasos estaban acercándose… los tenía encima… notaba alguien andando justo a mi lado… y se fue. Pasó de largo sin más, como si no me hubiera visto. Estaba muy confuso.

Me levanté para ver a aquel caminante, el cual no me había visto, y eso que estaba en mitad del pasillo. Cuando le encontré, reconocí inmediatamente su silueta: se trataba de la chica morena, con su larga y lisa melena negra colgándole por la espalda. Parecía increíble que hace unos días intentara asesinarme, parecía tan tranquila… imagino que serán rachas de locura. No tenía ganas de encontrarme de nuevo con ella, aunque al parecer nadie podía verme mientras no estuviese con él. Decidí seguirla, por si averiguaba alguna cosa de aquel lugar.

Anduvimos durante un buen rato, dejando de lado varias puertas cerradas a cal y canto. También pasamos una puerta diferente al resto, con cristales a través de los cuales pude divisar su interior: había un escritorio y una cama, en la que había alguien durmiendo. No pude ver a esa persona desde fuera, de modo que debía entrar para satisfacer mi curiosidad. Por otro lado, la morena se estaba alejando poco a poco, y probablemente acabaría perdiéndola y desperdiciando una gran oportunidad de encontrar respuestas… y a él. Tomase la decisión que tomase, había que hacerlo rápido.

Me quedé de pie enfrente de aquella puerta, la cual tenía un cerrojo demasiado complicado como para abrirla sin más. Me di cuenta de esto demasiado tarde, cuando ya no podía tomar el otro camino. Estaba atascado. Me apoyé en la puerta de espaldas, recapitulando cómo había llegado hasta ahí: me enfrenté a ellas, provoqué una enorme explosión capaz de matar a cualquiera y aparecí en una sala oscura con él, con el cual hablé cara a cara por primera vez. Después, salimos de allí prometiendo ayudarnos a sobrevivir, y ahora estoy en quién sabe dónde, con esas dos locas rondando y separado del único apoyo en mi vida. Había muchas preguntas sin respuesta, y algunas podrían aclararse al otro lado de aquella puerta infranqueable. Lo único que quería era pasar.

Al cabo de unos minutos, alcé la cabeza para salir de mi trance. Sin embargo, ya no estaba en el pasillo, sino en una estancia completamente diferente: había atravesado la puerta sin darme cuenta y estaba dentro de aquella habitación. Reconozco que me quedé de piedra cuando me di cuenta, de hecho no me lo creí hasta pasado un rato. Era una habitación pequeña, con un escritorio en la pared de la izquierda y una cama en la del fondo. Me dirigí lentamente a ella sin hacer ruido para comprobar quién dormía allí. De nuevo, no pude creer lo que tenía delante de mí. Demasiadas impresiones en un solo día.

Era ella.

Su pelo rubio era inconfundible, tanto como sus ojos castaños. Estaba tendida en el colchón, totalmente inmóvil e indefensa, a merced de cualquiera que en aquel momento estuviese dentro de la habitación. Parecía descansar plácidamente después de sobrevivir inexplicablemente a aquella explosión. Podían distinguirse en su cara y en sus brazos algunas quemaduras, aunque no por ello dejaba de ser hermosa. Paulatinamente noté cómo una sensación extraña se iba apoderando de mí: estaba empezando a sudar, y mi corazón latía a toda velocidad. En mi situación, podía ser de todo: alegría, deseo, ira, venganza o decepción, todo a la vez. Iba a explotar de un momento a otro.

Intenté relajarme como pude. Me senté en aquella cama, a su lado, contemplándola. No pasó mucho tiempo hasta que se despertó y pude ver de nuevo sus ojos, enigmáticos como toda ella. Me incliné poco a poco hacia ella para verla mejor, hasta que prácticamente estuve encima de ella. Tampoco podía verme, como su compañera, lo cual fue un golpe de suerte. Podía estar en sus narices y averiguar todo lo que quisiese, y ellas no se darían ni cuenta. Las espiaría de la misma forma que ellas lo hicieron con nosotros.

Oí un fuerte sonido en la puerta; el cerrojo se estaba abriendo acompasadamente, y poco después, la morena se presentó llevando una bandeja con comida y agua, además de un frasco con cuentagotas con un líquido de color rosa brillante. Dejó todo esto en el escritorio, cogió una silla y se sentó al lado de la cama. Mientras yo, por educación, me retiré a una equina de la habitación desde la que podía ver todo con comodidad, además de escuchar su conversación:

-Buenos días.

-Buenas días. ¿Qué tal estás?

-Mejor que ayer, gracias.

-Te he dejado el desayuno en la mesa. ¿Crees que podrás levantarte?

-Sí, no te preocupes. Hace falta algo más para acabar conmigo.

-Ya lo sé.

-¿Ya se ha despertado?

-Sí. Hemos tenido una conversación… interesante. No ha tenido ningún reparo en desafiarme, incluso sabiendo que no tenía nada que hacer.

-Te gusta, ¿eh? Y eso que al principio no estabas de acuerdo en esto…

-¡Calla! No me hagas hablar, que…

Empecé a sentirme aún más confundido que antes. ¿Qué demonios ocurría?

-Bueno, vale. Al menos ya has encontrado a alguien tan loco como tú.

-Muy graciosa. Te recuerdo que fuiste tú quien lo eligió.

-Sí, pero creo que te gusta más que a mí, ¿verdad?

-Cambiemos de tema, ¿quieres? ¿Qué tal las quemaduras?

-Escuecen todavía un poco, pero se puede soportar.

-Extiende el brazo.

La rubia obedeció. Su amiga tomó el frasco y cogió unas cuantas gotas de aquel líquido rosa, para después echarlas en las quemaduras. Las heridas empezaron a cubrirse de aquel líquido brillante, que al parecer era un cicatrizante o un calmante.

-Aún tardará unos días en curarse, pero están mucho mejor.

-Gracias. Por cierto, ¿cómo está él?

 -¿Él? Escondido, y al parecer no quiere salir. Habrá que sacarlo a lo bruto.

-¿Vas a empezar con fuerza?

-¿Qué quieres? Ya deberías saber cómo es.

-Ya… ¿Qué tenías pensado?

-No tengo ni idea. Supongo que iré improvisando según se comporte.

-Tampoco te pases, no vayas a matarlo el primer día.

-Tranquila, él le protegerá.

Aquella conversación que había empezado de forma inocente estaba desviándose a una zona más terrorífica. Si pensaban que yo estaba dentro de él y querían sacarme a la fuerza, mi compañero no iba a aguantar mucho sin mí. Era cierto que podía protegerle, pero sólo si estaba con él, y la verdad es que en ese momento no podíamos estar más alejados. Debía encontrarle sí o sí, y pronto.

-No le hagas mucho daño, ¿quieres?

-Vaya, vaya, mira quién se ha encaprichado. Y luego dices de mí, ¿eh?

-…

-Descuida. Sabré controlarme. ¿Se puede saber cómo es que te gusta de repente?

-No sé… es mono.

En cuanto la morena abrió la puerta, salí a la velocidad del rayo. Tenía que dar con él y meterme dentro para poder aguantar la tortura a la que nos iban a someter. Pero había un problema considerable: no sabía dónde estaba, y no podía seguir a la morena, llegaría demasiado tarde.

Se me ocurrió algo totalmente descabellado, pero que podía funcionar. Si intentaba sincronizarme con ella tal y como lo hacía con él, podría acceder a su memoria y encontrar dónde le tenían recluido, además de lo que planeaban hacer con nosotros y, lo más importante, qué sabían de mí. Debía hacerlo rápido, ya que es mucho más difícil sobreponerse a alguien consciente y sobre todo, con una mentalidad tan fuerte como la suya. No me quedaba otra opción.

Respiré hondo, intentando relajarme al máximo antes de entrar en acción. Solté el aire. Salté hacia ella y comencé con la sincronía. Era fuerte, mucho más de lo que pensaba. Hacía todo lo posible por echarme y volver a tomar el control de su cuerpo y su mente. Apenas podía contenerla y procurar que no hiciese ruido para no alertar a la rubia. Tenía poco tiempo, de modo que fui a lo más prioritario, la celda. Ir a las escaleras, bajar, seguir por el pasillo y buscar una puerta con una ventanita. ¡Ya está!

Salí de ella no por voluntad propia, sino porque habría logrado expulsarme pillándome algo desprevenido. Estaba en el pasillo, encorvada y jadeante, y tenía esa mirada homicida con la que me recibió cierto día. Me daba igual; ya sabía la localización de la celda y dudo mucho que pudiese alcanzarme. Sin embargo, empezó a correr en la dirección contraria, probablemente buscando un atajo. Había que actuar rápido. Su vida estaba en juego.

Regresé a las escaleras y bajé al piso de abajo de un salto, aterrizando como pude. Recorría el pasillo corriendo todo lo que podía, buscando a la vez aquella puerta con ventana. Tardé un buen rato en encontrarla, pero por fin había llegado. Allí estaba él, con una camisa de fuerza y encadenado a la pared por el cuello como un animal. Intenté atravesar la puerta como antes, pero no podía por mucho que me esforzase. Probé a concentrarme un poco, pero no funcionaba. Nada. Después de tanto, no podía ayudarle.

La morena se estaba acercando, armada con un látigo, una porra y un puño americano en su mano izquierda. Estaba enfadada, me imagino que después de lo que le hice, aunque no sé si se dio cuenta de que estaba fuera de la celda. Se acercó a la puerta y empezó a abrirla. En cuanto tuve un poco de espacio, entré en la habitación rápidamente y volví a mi antiguo hogar junto a él. Estábamos juntos de nuevo tras esa horrible experiencia de soledad.

Me preparé para lo peor, mirando a aquella desquiciada que tenía una sonrisa maquiavélica en el rostro mientras sujetaba el látigo que, en pocos instantes, iba a restallar contra nosotros.

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