Llegada

Cuando se disipó la luz, desperté en el suelo de un extraño pasillo. Notaba que no era un suelo duro e incómodo, sino que estaba encima de una especie de alfombra mullida. Efectivamente así era. En aquel pasillo había una alfombra roja que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, al igual que el resto de la estancia en la que me hallaba. Extrañada por el lugar donde había despertado, me levanté lentamente, procurando no caerme. Al contrario de lo que pensaba no tenía ninguna magulladura ni moratón, aunque sí que estaba terriblemente cansada, y no sabía por qué.

En el momento en que por fin logré incorporarme, eché un vistazo a mi alrededor. Detrás de mi había una simple pared con un engranaje enorme que servía de adorno. Estaba oxidado y no parecía haberse movido en mucho tiempo. Parecía que si se intentaba mover se rompería en mil pedazos, así que no se me ocurrió tocarlo. En el techo de aquel pasillo había, cada pocos metros, un arco de lo que parecía ser mármol y entre ellos una lámpara de araña con unas bombillas sin forma, que contenía cristales que brillaban con fuerza. Esa misma disposición se repetía una y otra vez hasta que no se podía distinguir nada a lo lejos.

Las paredes del pasillo eran casi tan monótonas como el techo. Las columnas de los arcos se repetían continuamente, y el color blanco de los muros se veía ocultado por extraños mosaicos que no había visto en mi vida. Aquel pasillo parecía simplemente una imagen copiada indefinidamente, como cuando se pone un espejo delante de otro.

Después de malgastar un tiempo considerable en averiguar dónde estaba, decidí mirarme a mí misma. Llevaba una ropa que no había tenido nunca, pero aun así me pareció la vestimenta más normal del mundo: una camiseta de manga corta, unos vaqueros y unas deportivas, y nada más. Todo me quedaba perfectamente y era muy cómodo, de modo que no me preocupó lo más mínimo la procedencia de aquella ropa. No tenía hambre, ni sed… sólo estaba cansada sin aparentemente ningún motivo, pero se pasó al cabo de unos minutos. Había pasado de apenas poder moverme a poder correr cuanto quisiera en casi nada. No sabía cuanto tiempo llevaba en ese lugar. ¿Acaso llevaba ahí unos minutos u horas? ¿Tal vez días o incluso semanas? Y si eso era así, ¿alguien se estaría preocupando por mí?

Como no encontraba ninguna respuesta en aquel pasillo, empecé a andar poco a poco para ver qué había al final. Probablemente no hubiese nada del otro mundo, o sería un pasillo infinito, o quizás en mitad del camino me despertaría de ese extraño sueño y volvería a estar en mi cama. Más de una vez he deseado justamente eso, que todo fuese un sueño y que en algún momento todo acabará y volverá a la normalidad. Nunca pasaba. Todas las desgracias que había tenido últimamente me conducían a una serie de depresiones, lágrimas y, todo hay que decirlo, intento de suicidio. Ha habido gente que ha intentado ayudarme, pero nadie lo ha conseguido; siempre me escapaba del hospital después de dejar K.O. a los médicos y me daba a la fuga. Dos semanas después me encontraban en algún punto de la ciudad viviendo como un animal, me metían en el psiquiátrico y aparentemente me recuperaba al cabo de un mes. Llevaba con esa vida tres años ya… y deseaba que acabase de una vez. Pero nunca terminaba…

Al cabo de quince minutos andando observé que la alfombra estaba gradualmente más limpia en comparación con el principio. No me asustaba la posibilidad de que hubiese alguien; me asustaba mi reacción o la suya al vernos. Poco a poco comencé a distinguir una figura a lo lejos. Se movía rítmicamente, como si… estuviera barriendo. A medida que avanzaba la figura fue haciéndose más nítida, hasta llegar a comprobar que era una persona. Era un chico, adolescente, de unos 16 ó 17 años, con la piel blanca y un pelo negro como la noche. Llevaba una ropa muy rara: tenía puesto una especie de chaleco con botones con unos faldones que se extendían hasta las rodillas, y tenía los muslos cubiertos con unas mallas negras. Tenía muñequeras en muñecas y tobillos, y lo que más me impactó fue que iba descalzo. Estaba ensimismado en su tarea, barriendo la alfombra del pasillo porque el polvo ya empezaba a acumularse.

Me acerqué a él y, cuando estaba a unos tres metros de distancia, me miró. Me quedé totalmente petrificada ante su cara. Era diferente a cualquier otra cara; sus ojos eran negros e inexpresivos, y a la vez eran signo de una vida solitaria pero feliz. Me miraba de forma directa, sin ningún tipo de reparo, y para mi sorpresa, cuando se dio cuenta de que había alguien más con él en el pasillo, dejó de barrer, sonrió y empezó a hablarme:

-¡Anda, si tenemos visita! ¿Qué te trae por aquí?

No supe qué contestar. Parecía amigable y simpático, aunque era obvio que había estado solo mucho tiempo. Realmente necesitaba ver a alguien. Tardé un poco en reaccionar, y finalmente lo hice torpemente:

-Esto… yo… ¿Quién eres?-Fue lo primero que se me ocurrió preguntar.

-¿Yo? Bueno, eso está a la vista, ¿no? Soy el que barre aquí.

-Ah… Y ¿dónde estoy?

-Mmm… eso es más difícil de explicar de lo que parece.

-¿Y no me lo puedes decir así, sin más?

-No, por favor, perdería la gracia. Dejaré que lo descubras tú solita.

No sabía por qué, pero esa mezcla de desenfado y un poco de arrogancia me agradaba. Era un absoluto desconocido para mí, pero me sentía bien hablando con él. Tenía algo especial que me impedía dejarle y seguir con mi camino. Además no tenía nada que hacer, de modo que seguí hablando con mi misterioso acompañante.

-¿Y cómo se supone que hago eso?

-Fácil. Si no sabes dónde estás ahora, da un paso atrás y piensa dónde estabas la última vez.

No me había parado a pensar cuál era mi último recuerdo. Durante todo ese tiempo no me había hecho falta, y en ese momento me costaba recordar hasta el más mínimo detalle. Empezaba a dolerme la cabeza, pero quería seguir intentándolo.

-Pues… no me acuerdo muy bien. Recuerdo que… estaba en la calle cruzando una carretera… vi un coche a mi derecha… y… luego está todo en blanco. Después he despertado aquí.

Aquel chico se apoyó en su escoba con cara de reflexionar lo que le había dicho. Realmente no parecía que estuviese pensando mucho, sólo me miraba. Tuve que decirle algo para sacarlo de su trance.

-¡Eh, despierta!

-Vale, vale… no hace falta que grites…

-¿Y bien? ¿Te sirve de algo?

-No es a mi a quien tiene que servir esa información.

-¿Y qué hago?

-¡Piensa! ¡Pon a trabajar esas neuronas! ¡A veces la explicación más absurda es la más lógica!

Empecé a pensar. No conseguía nada al principio, pero cuando miré a aquel chico y asintió, todo empezó a cobrar sentido. La carretera, el coche, el dolor que tenía al despertar, mi recuperación a gran velocidad… sólo había una conclusión posible. Intentaba asimilarlo, pero no podía. Y cada vez estaba más nerviosa.

-No me digas que… no… por favor, no…

-¡Premio! Sí, efectivamente has pasado a mejor vida. Descanse en paz, buena suerte en la otra vida… bla, bla, bla…

-¡Oye, que esto es algo muy serio! ¡Acabo de darme cuenta de que he muerto! ¿Te parece que es cosa de risa?

 Aquel chico empezaba a calentarme. Sabía perfectamente cómo sacarme de quicio, y lo estaba haciendo de maravilla.

-¿Por qué te pones así? En el fondo, es lo que querías, ¿no? Acabar con tu sufrimiento, tener una nueva vida, algo por lo que merezca la pena vivir… y parece que lo has conseguido.

Su expresión facial y modo de hablar habían cambiado completamente. Ya no era el joven y simpático barrendero, sino un tipo más oscuro capaz de cualquier cosa por conseguir lo que se propusiera. Sus ojos mostraban una mentalidad más malvada y salvaje, muy distinta a la apacibilidad de antes.

-Espera, ¿cómo demonios sabes tú eso?

-Bah, el cómo da igual. Lo importante es que he dado en el clavo. Y ahora tengo una propuesta que hacerte… y creo que te va a interesar.

-¿Cómo estás tan seguro?

El chico se había apoyado de nuevo en la escoba, mirando hacia el suelo y moviendo repetidamente la cabeza, suspirando a la vez.

-Si es que no piensas… ¡todo esto podría ser muy fácil si colaborases un poco!

-¿Perdona?

-Siii, no piensas. No te hagas la tonta. Sabes por qué estás aquí. Sabes que en el fondo has elegido estar aquí. Y también sabes que, en cuanto te haga cierta propuesta, aceptarás sin hacer preguntas.

Se acabó. Ya era demasiado. Aquel tipo había logrado sacarme de quicio tras múltiples intentos. Quería respuestas, y las quería rápidas y claras, así que le agarré del chaleco y lo acerqué violentamente hacia mí.

-Escucha: o me dices lo que quiero saber o te meteré esa escoba por cierto sitio.

-Me gustaría verlo.

Nos estábamos mirando, yo con esa mirada homicida que era ya propia de mí, y él con una totalmente descarada y desafiante. No le importaba nada quién fuera el otro: trataría de igual modo al dueño del mundo que a la basura más inmunda. Y lo peor… es que eso me gustaba. Por fin, alguien capaz de aguantarme sin problemas, de comprender mi situación y sobre todo, de estar a mi nivel de locura. Encima, tenía toda la razón en todo. Decidí soltarle y dejar que se explicase… si lo hacía.

-Gracias-dijo sacudiéndose su ropa.

-Y ahora, empieza a cantar. ¿Por qué iba a aceptar tu oferta?

-Porque durante todo el tiempo de nuestra improvisada charla, que ha sido de una media hora, has estado soportando todos mis intentos por provocarte, cuando en cualquier momento podías haber finalizado la conversación y seguir andando como si tal cosa. Además, has aceptado que un completo desconocido, osease yo, te dijera que has muerto y no has reclamado ninguna prueba que lo respaldase, señal de que o eres una persona enormemente crédula o que, en el fondo, no te ha importado aceptar que tu vida había acabado.

Cada palabra que decía se me clavaba como un puñal en la espalda. Todo su razonamiento estaba derribándome sin piedad, y yo no podía hacer otra cosa más que pensar “¡mierda!”.

-Ah, y yo podría ser un simple actor de esta enorme cámara oculta diseñada para volverte loca, un mero producto de tu imaginación, un agente de una facción secreta del gobierno, o sencillamente un chico que barre y te revela la verdad como regalo de bienvenida a tu nueva etapa.

A medida que hablaba, volvía a ser el joven de antes. Cara solitaria, ojos vacíos, en definitiva, la persona con la que me encontré por primera vez.

-Ahora, si no tienes nada que decir, me gustaría acabar de barrer.

Y así siguió aquel joven, avanzando por el pasillo moviendo acompasadamente su escoba mientras yo le observaba inmóvil, atónita, y sin tener idea de qué iba a ser de mí a partir de entonces.

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