Un nuevo hogar

Era una tarde lluviosa, de esas que le quitan a cualquiera las ganas de hacer nada. Yo estaba sentado tranquilamente en mi sillón favorito de terciopelo, observando por la ventana cómo las gotas iban limpiando la atmósfera tan cargada de la que gozábamos últimamente. El calor de la chimenea a mi derecha me hacía contemplar aquella escena a salvo de la dureza del clima. Mientras, en medio de la alfombra del salón, mi hija Riley jugaba despreocupadamente con una marioneta vieja de su madre que le regalé el año pasado, ajena a todo lo que había pasado últimamente.

Volví a mirar la calle intentando distraerme, cuando sin previo aviso noté una voz a mi lado:

-Papá, ¿me puedes contar un cuento? Me aburro un poco.

Me giré rápidamente para atender la petición de mi pequeña criatura, que sujetaba su marioneta mientras me tiraba repetidamente del pantalón:

-¿Un cuento? Mmm… a ver de dónde saco yo ahora un cuento…

-Podrías inventarte uno, hace tiempo lo hacías.

Era cierto. Un par de años atrás, cuando Riley tenía cinco años, me pasaba horas y horas tratando de que se durmiese, incluso le contaba mil y un cuentos para lograr que se cansase lo suficiente. Pero nada era suficiente para ella; todos los cuentos que le contaba no tenían apenas sentido para ella, que ya había desarrollado una gran inteligencia por aquel entonces. Llegó un momento en que no me quedó más remedio que inventarme una historia cada día y contársela. Sin embargo, en estos dos años ya no necesitaba una historia cada noche, como mucho una al mes, por eso me sorprendió que quisiese escuchar de nuevo mis creaciones.

-Supongo que puedo improvisar algo… Ya sé, te contaré la leyenda de Tesáride.

-¿Tesáride? ¿Y eso qué es?

-Bueno, ahora lo sabrás…

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La siguiente historia ocurrió mucho antes de cualquier otro acontecimiento conocido. Tesáride era el nombre de una antigua civilización que colonizó un planeta ahora desaparecido. De hecho, fue la primera civilización de la que se tiene constancia. Los habitantes de Tesáride, de origen desconocido, llegaron del espacio a un planeta rocoso y totalmente desierto. Al cabo de un tiempo, los colonizadores extendieron todas las formas de vida que llevaban consigo en el planeta, al que llamaron Tesarus, hasta ocuparlo totalmente y formar un ecosistema gigante en el que vivieron durante… bueno, durante mucho tiempo.

Los habitantes de Tesarus basaban su convivencia en el equilibrio y los acuerdos entre personas. No necesitaron ningún dirigente, pues se bastaban a sí mismos para formar un gobierno justo y una sociedad respetable y pacífica. Y así, Tesáride avanzó y creció rápidamente hasta el momento en el que aparecieron los problemas. Con un desarrollo tan grande los recursos del planeta se iban agotando rápidamente, a pesar de los numerosos intentos por parte de todos de frenar este hecho. Hicieron todo lo que pudieron, pero no pudieron sacar a Tesarus del agujero en el que ellos mismos lo habían metido. Fue una noticia terrible para toda la civilización.

Tesarus estaba totalmente perdido, pero sus habitantes no perdieron la esperanza y, para recuperar parte de su hogar y continuar así con su historia, echaron mano de su arma más poderosa: el pacto. Todos los grandes bloques en que se agrupaban llegaron a un acuerdo mundial totalmente prioritario. Si no podían salvar su planeta, utilizarían sus restos para construir uno nuevo, un planeta que duraría eternamente y que asegurase tanto su propia supervivencia como la de sus huéspedes; un planeta inteligente. Se trataba de la mayor hazaña de Tesáride, que precisaría una completa dedicación de todos sus ciudadanos.

El plan era que todas las fábricas e industrias del planeta construyesen un mecanismo gigantesco, del tamaño del núcleo del planeta, que dirigiese todas los procesos: el crecimiento de las plantas, el clima, la posición de océanos y continentes… todo sería controlado por el propio planeta, obligando a sus habitantes a adaptarse y mejorar, y no al revés. También se unieron todos los sabios, ingenieros y científicos, planificando durante meses semejante monstruosidad, la cual se iba construyendo progresivamente en el lugar del espacio en donde iba a estar su nueva casa. Realmente aquel fue el mayor esfuerzo colaborativo: los habitantes trabajaron como uno solo, logrando su objetivo antes de que el planeta explotase y acabase con sus vidas.

Cuando llegó el momento, todo estaba preparado: a medida que el planeta salía despedido, el propio mecanismo capturaba sus restos y los incorporaba a su estructura, engordando cada vez más hasta un cubo de enormes dimensiones acabó por formarse. Sin embargo, aún no habían acabado con su labor. Para que funcionase, el mecanismo necesitaba una gran cantidad de energía, pero toda la energía disponible ya se había gastado en su creación. Si no hacían algo, todo el esfuerzo habría sido en vano y Tesáride estaría condenada a desaparecer.

No sé si valorarlo como un acto de valentía o de estupidez, pero lo único que se les ocurrió para poner el planeta en marcha fue sacrificarse: entregando sus vidas al mecanismo, éstas se convertirían en energía capaz de encender la máquina y hacerla funcionar durante el tiempo suficiente para que otra civilización descubriese el planeta y se instalase allí. Y así, todos y cada uno fueron saltando al núcleo, formando parte de lo que fue su antiguo planeta y comprometiéndose a no dejar jamás que muriese de nuevo. Tesáride habría logrado su objetivo: salvar su hogar.

Y desde entonces, el planeta cúbico flota por el espacio sin rumbo fijo, variando regularmente como el perfecto mecanismo que era, a la espera de que alguien aprovechase el regalo de los primeros pobladores.

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-…

-¿Y bien? ¿Qué te ha parecido?

Riley tenía una expresión un tanto rara. Había estado escuchándome todo el tiempo, pero algo no encajaba para ella. Tenía miedo de que me hiciese alguna pregunta y no supiese contestarla, como había ocurrido alguna vez.

-No sé… ¿De verdad te lo acabas de inventar?

-Claro. ¿Cómo iba yo a saber que hoy mismo me pedirías que te contase un cuento?

-Ya, eso es cierto…

Aún seguía pensativa, pero no parecía que iba a continuar con su interrogatorio.

-Me ha gustado mucho, papá. Gracias.

Después, me dio un beso en la mejilla y volvió a la alfombra, a seguir jugando con su marioneta. Mientras, yo regresé a mi antigua posición, observando el cielo lluvioso de aquella tarde, al calor de la chimenea. Tesarus andaba por allí arriba, esperando tal y como había hecho desde tiempos inmemoriales…

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