Mi verdadero yo: Derrota

Notaba un intenso y fuerte dolor en todo mi cuerpo. Apenas podía moverme sin maldecir a todo el mundo. Cada hueso, músculo y demás órganos estaban machacados hasta ser polvillo. Los dos estábamos para el arrastre, tendidos en la azotea de un edificio cualquiera después de habernos estrellado en nuestro fantástico vuelo. Maldito el momento en que se me ocurrió salir de ahí así… Ya sé que no me importa, pero la recuperación es insoportable. Por si fuera poco, tantas horas de sincronía habían hecho mella en nosotros y apenas podíamos sobrevivir sin la ayuda del otro. Nuestro lazo se había hecho más fuerte, pero a la vez más débil. Dependíamos tanto de nosotros que no podríamos defendernos como antes… éramos más vulnerables que nunca.

No sabía cuanto tiempo llevábamos inconscientes en aquella azotea. Probablemente haya sido día o día y medio, lo suficiente como para que se nublase por completo y se hiciese de noche. No se veía mucho desde aquel promontorio: las calles estaban vacías, la luna había desaparecido y reinaba un silencio espeluznante. Ya no reconocía las calles por las que hace unos días había perseguido, corrido y luchado por nuestras vidas. Ya me había recuperado del golpe, pero él no había tenido la misma suerte: aún seguía inconsciente por el cansancio, la pelea y la sincronía, y si queríamos irnos de allí debía llevarle yo todo el rato. Ojalá pudiese hablar con él… me sentiría mucho más tranquilo y protegido.

Ya habían pasado varias horas y todo seguía igual que cuando me desperté. Me parecía muy raro que no apareciesen esas dos, aunque después de la tunda que les di no me sorprende que también estuviesen recuperándose. No quería tentar a la suerte, así que me sincronicé con él y le llevé a un lugar más seguro, a nivel de la calle. Decidí bajar del edificio escalando por la pared en vez de saltar al suelo directamente; ya había tenido demasiadas emociones en muy poco tiempo. Me sorprendió que no hubiese ninguna luz dentro del edificio, tal vez porque era muy tarde o por un apagón en toda la ciudad. Me costó más de lo normal hacer un escaneo por si acaso nos seguían, aunque afortunadamente estábamos solos en aquel momento. Quizá estábamos demasiado solos… no pude detectar a ninguna persona en toda la ciudad, lo que me aterró bastante.

Estuve andando un buen rato hasta que logré orientarme. Habíamos acabado en pleno barrio comercial, bastante lejos de donde despegamos. Era muy improbable que fuese una casualidad: aquí ellas tenían todas las de ganar en un posible ataque, sobre todo con él aún inconsciente y yo sin conocer la zona, y sospechaba cuál iba a ser su siguiente movimiento, como cuando se persigue una presa. Lo miras, lo sigues, corres tras ella, la atacas y la cazas. Tenía un mal augurio en ese momento, algo me decía que no iba a salir de aquella situación. En cierto modo me reconfortaba. Tal vez acabase todo esa noche.

De repente, noté dos destellos en mi mente, como las señales que habitualmente recibo al escanear. Uno de ellos era de color rojizo y estaba terriblemente acelerado; el otro, azul, brillaba más débilmente. Pude intuir que eran ellas: se acercaban rápidamente y no parecían detenerse ante nada. Desde luego no tenía la menor intención de pelear otra vez, pero tampoco iba a dejar que me atrapasen por las buenas. Simplemente dejé que se acercasen hasta situarse a dos metros de nosotros. La oscuridad impedía ver nada, de modo que tuve que utilizar un escaneo débil para saber dónde estaban. Habrían llegado en un coche, a juzgar por la velocidad, y frenaron de inmediato al ver que no huía de ellas. No las culpo; yo tampoco sabía lo que hacía.

Se bajaron del coche y comenzaron a caminar hacia nosotros, como si hubiésemos quedado en aquel momento y aquel lugar. Mientras yo miraba despreocupadamente al suelo ellas se pusieron cada una a mi lado, más tranquilas que el día de la pelea pero no con mejores intenciones. Comencé a andar lentamente por la calle mientras me acompañaban, sin entablar contacto visual ni ningún tipo de movimiento violento. Inesperadamente y en contra de mis convicciones, inicié una conversación que jamás olvidaré:

-¿Qué es lo que queréis?

-…

-Tranquilas, no puede oíros.

Eso pareció hacer que se sintiesen más relajadas, dispuestas a revelarme su plan antes de llevarlo a cabo. Me hacía alguna idea de lo que querían, o más bien, a quién. La siguiente voz que oí fue de la rubia, que estaba a mi derecha:

-Tú deberías saberlo ya. Perfectamente puedes adivinar qué tenemos en mente, lo que vamos a decir y hacer… En fin, nada nuevo para ti, ¿verdad?

-Te queremos a ti.

La contestación de la morena me sorprendió, me había pillado desprevenido. Ya estaba perfectamente claro, iban a por mí. Fuera lo que fuera, debía cuidar de mi compañero a toda costa, más en estos momentos tan peliagudos.

-¿Qué va a pasar con él?

Las dos parecieron mirarme desconcertadas. No debía de ser muy común en mi preocuparme por alguien, pero él era alguien especial, y se lo merecía.

-Te preocupas mucho por él, ¿verdad?-Preguntó la morena.

-…

-Lo tomaré como un sí. Lógicamente, también tendremos que llevárnoslo, pero no creas que vamos a cuidar de él. De eso tendrás que encargarte tú. ¿Podemos confiar en ti? Ya sabes que os necesitamos a los dos… vivos.

Miré a ambas fijamente a los ojos y comprobé que en el fondo querían que fuese lo menos doloroso posible. Aunque todos sabíamos que no iba a ser así.

-…

La rubia se colocó a mi lado y me acarició lentamente el brazo, como si sintiese lo que iba a pasar después. Acabé mirándola a los ojos y comprobé que no tenía otra opción. Cuando acabé de suspirar volvió a dirigirme la palabra:

-Dame la mano, anda. Será más fácil.

Acabé accediendo. Tomé su mano y entrelacé mis dedos con los suyos. Era una sensación desconocida para mí, una mezcla de desconfianza y compromiso que no podía salir bien. Pero ya estaba cansado. De correr, de luchar, de preocuparme por salvar el pellejo. Así sin más comencé a pasear con mis dos escoltas, una de la mano y la otra cogida del brazo. Nos estaban llevando a nuestro destino, en el que posiblemente pasaríamos el resto de nuestra vida. Un lugar desconocido y siniestro en el que encajaríamos perfectamente y estaríamos atendidos todo el día. No teníamos escapatoria.

-¡Oh, venga ya!

¿Qué había sido eso? Noté una voz extremadamente familiar resonando en mi cabeza, una voz que por un momento me había hecho recobrar la esperanza. Era su voz. No comprendía cómo, pero me estaba hablando directamente, como si supiese de mí o de nuestra relación.

-¡Vamos, reacciona! ¡Lucha!

No quería hacerle caso, pero no le faltaba razón. Si quería protegernos como es debido, no podía rendirme con tanta facilidad. Probablemente fallaríamos, nos cogerían y todo habría sido inútil. Sin embargo, diantres, ya iba siendo hora de plantarles cara.

-¡Acaba con esto de una vez por todas! ¡Confío en ti!

Esas últimas palabras fueron el impulso homicida que necesitaba para reaccionar, ahora con fuerzas renovadas. Ellas estaban distraídas, sin saber lo que les esperaba. Esbocé una sonrisa diabólica para coger confianza y pasé a la acción.

En primer lugar, me desembaracé de mis escoltas separando violentamente los brazos, desplazándolas lo suficiente como para poder moverme a mis anchas. Me agaché en el suelo y empecé a concentrar todas mis fuerzas para usarlas en un único y devastador ataque. Rayos de color púrpura aparecieron a alrededor, cargándome hasta niveles impensables incluso para mí, que nunca había llegado tan lejos. Lo más parecido fue hace un año, cuando casi nos matamos al intentar conocer nuestros límites. En aquel momento no estaba dispuesto a acabar de esa manera, así que había que andarse con cuidado. Mientras, las dos se habían alejado unos metros y me contemplaban desde lejos con cara de espanto.

-¡Venid a por mí ahora!- Grité riéndome con odio.

Las dos jóvenes se miraron, decidiendo quién de las dos se encargaría. La que lo hiciese probablemente no saliese con vida, pero pude ver que no les importaba. Su vínculo era tan fuerte que darían la vida por su causa sin pensarlo. Era una unión admirable. Tras un rato pensándolo, al final fue la rubia la que asumió el papel. Su compañera sacó la cuchilla al rojo que hace unos días intentó clavarme y se la entregó. Arma en mano, la rubia se dirigió en solitario hacia mí. Los dos teníamos miedo, eso era evidente.

Se puso a mi lado, arrodillada, resistiendo a duras penas las quemaduras que le estaba provocando toda la energía que había acumulado. Empezó a llorar, en parte por el dolor, en parte por lo que pensaba hacerme. Empuñó con fuerza la cuchilla y, sin previo aviso, me besó en los labios como si fuera la última vez que nos viésemos. Y fue en ese mismo momento cuando noté el ardiente acero de la cuchilla en mi interior, abrasándome y consumiéndome lenta y dolorosamente.

Se había acabado todo. Lo único que se me ocurrió en ese momento fue cerrar los ojos y disfrutar de aquel beso mientras liberaba de golpe todo lo que tenía dentro. Sencillamente, me entregué al momento a la vez que una luz blanca nos envolvía hasta el final.

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