Mi verdadero yo: Despegue

Se acabó. Los contactos que habíamos tenido con nuestras queridas amigas eran cada vez peores: primero, observación; luego, seguimiento y hasta ahora, persecución. No hace falta ser muy inteligente para saber que el próximo involucrará algún tipo de agresión. Por supuesto, yo no iba a dejar que nos atacasen así como así a mí y a mi querido compañero, con el cual había logrado sincronizarme de forma espectacular. Después del último evento intentamos repetirlo varias veces, siempre en un entorno seguro para evitar invitados indeseados. A pesar de todos nuestros esfuerzos no pudimos volver a compenetrarnos tanto. Como mucho, yo aprendí un poco más el límite de sus capacidades y él parecía acostumbrarse lentamente a un trabajo en equipo forzado. Eran progresos, pero necesitábamos más ya. En nuestra situación poco podíamos hacer.

Salimos a la calle con el miedo en el cuerpo. Esa noche los dos apenas habíamos podido dormir, algo comprensible después de la experiencia de ayer. Cada vez acabábamos más agotados tras cada sincronía: lo hacíamos cada vez mejor, pero aún había algo que fallaba, algo que nos iba debilitando poco a poco sin que nos diésemos cuenta. De alguna forma yo sabía que ese día iba a pasar algo gordo y tendríamos que poner a prueba todo lo que habíamos logrado en los últimos años. Y como seguramente acabaríamos prácticamente destrozados, debíamos tener la mayor ventaja posible. Por eso ese día no fuimos al barrio comercial, sino que nos quedamos en el residencial a la espera de ciertas admiradoras. Conocíamos la zona de sobra, no había mucha gente y teníamos numerosos sitios en los que escondernos si fuese necesario. Estábamos preparados para lo que fuera… o eso pensaba yo.

Estuvimos sentados en un banco de una plaza cercana un buen rato, quizá dos horas, hasta que noté una sensación extraña. Nos levantamos y fuimos al centro de la plaza, en la que había un obelisco gigante bastante antiguo y deteriorado que aún así permanecía en pie. No se atreverían a atacarme en presencia de tanta gente aunque claro, aquí se puede hacer lo que se quiera: la gente no moverá un dedo si no les interesa. Hice varios escaneos de la zona desde allí, y percibía perfectamente cómo se estaban acercando procurando que no las viésemos. Ilusas. Ya deberían saber lo suficiente de nosotros como para no cometer ese tipo de errores.

A falta de unos cinco metros se quedaron quietas, lo que me extrañaba. Cuando alguien con esa mentalidad está quieto, es que está preparando algo. Estaba concentrado en seguir sus movimientos cuando sin previo aviso noté una fuerte explosión en la otra cara del obelisco, además de un impulso destructor enorme que podría haber acabado con nosotros. Nos giramos para ver qué había pasado y vimos algo muy desconcertante. al obelisco le faltaba un trozo del tamaño de un barril y aparecían un montón de grietas que indicaban que se iba a desplomar en breve. Seguí la estela de humo desde el agujero y acababa en la boca de un cañón gigantesco que sujetaba una de ellas, la morena concretamente. Nos estaba lanzando una mirada fulminante mientras su compañera se dedicaba a desafiarnos con la suya. Él, digamos que se quedó pálido ante tal escena. No se desmayó de milagro.

Apenas quedaba mucho tiempo antes de que el obelisco se cayese al suelo y acabara aplastándonos. Consideré la posibilidad de fingir nuestra propia muerte y largarnos a otra cuidad, pero sabía que acabarían descubriéndonos y todo empezaría otra vez. Decidí responder a su desafío. Nos pusimos de pie y nos situamos al lado del obelisco, que ya empezaba a dejar caer algunos pedazos. No me preocupaban en absoluto, podía protegernos a los dos y salir ilesos de allí. A pesar de ello no quería qué él viese ni ese espectáculo ni lo que pasaría después. No me gustó nada, pero no me quedó otra que dejarlo inconsciente, tomar el control y llevarlo a rastras hasta que pasase el peligro. No me costaba mantener una sincronía tanto tiempo, sobre todo si uno de los dos no presentaba ninguna oposición. Como de costumbre, aparecieron las marcas negras, esta vez más rápido que otras veces. Esperaba con todas mis fuerzas ser capaz de llevar esto en solitario.

Con la caída de los últimos trozos del obelisco se levantó una densa polvareda que cubrió por completo nuestro campo visual. Instintivamente salté hacia atrás en el momento en que detecté que algo se estaba abalanzando hacia mí. En efecto, la morena atravesó el polvo de un salto espectacular y al aterrizar clavó en el suelo una cuchilla de medio metro al rojo que seguramente iba dirigida a nuestro pecho. Tenía los ojos inyectados en sangre y una expresión obsesiva en su rostro. No tardó lo más mínimo en levantarse y arremeter de nuevo varias veces intentando alcanzarme. Pude esquivar todas sus estocadas pero se movía mucho más rápido de lo normal, por lo que no pude hacerlo con comodidad.  Intentó asestarme un tajo desde un ángulo muerto que me era imposible esquivar, así que no tuve más remedio que parar la cuchilla agarrándola directamente con la mano. Quemaba, y mucho, pero no por el calor, sino por todo el odio que se había depositado en ella. Cualquiera que fuese atravesado por eso sería incapaz de levantarse, por mucha voluntad que tuviese. Acabé arrancándosela de sus manos y lanzándola lejos de mí. Era un instrumento puramente destructivo.

Desprovista de arma, la morena decidió atacarme directamente. Ahí tenía ventaja: estaba totalmente descontrolada y sus golpes serían erráticos e imprecisos. Probé a enfadarla un poco más esquivándola con descaro para que fallase cada vez más. Al cabo de varios intentos estaba ya cansada y se movía más lentamente, probablemente debido al cansancio. Jadeaba a menudo y le costaba respirar bien, e incluso parecía que se le nublaba la vista. Él habría parado en ese momento, pero yo no. Y él ahora no podía hacer nada que me lo impidiese. Jamás me había divertido como entonces, frustrando las extrañas esperanzas de alguien que intenta vencerme burlándome en cada movimiento. Pero como hasta yo tengo mis límites, acabé con aquella danza aprovechando su último ataque para colocarme debajo de ella, levantarla y lanzarla hasta el otro lado de la plaza. No parecía poder levantarse después de aquello: perfecto, una amenaza menos.

Ahora quedaba la rubia que, para mi sorpresa, no se había movido de su sitio en toda la pelea. Ahí seguía con su mirada desafiante y una mueca que decía entre risas “ahora verás”. Comenzó a andar hacia mí con paso regular, totalmente tranquila y sin ningún tipo de vacilación ni expresión facial que la delatase. Debía saber que yo podía aprovecharme de esos gestos tal y como lo había hecho con la morena, así como muchas otras cosas de mí que podía volver en mi contra. Al parecer era el cerebro de ese grupito y, por tanto, la más peligrosa. Debía andarme con cuidado; no iba a ser tan fácil como antes.

Sin previo aviso y con un control absoluto, empezó a correr hacia mí con decisión. Me preparé para un nuevo asalto, y también empecé a correr. Cuando sólo estábamos separados un metro, la rubia me lanzó un primer golpe al pecho, no tan fuerte como los de la morena pero extremadamente preciso. Afortunadamente pude evitarlo frenando un poco antes y separándome de ella, pero pronto comprendí que tenía las cosas claras desde el principio. No pretendía hacernos daño, sino acabar con nuestra sincronía y poder tener pleno acceso a él. Y si de paso prolongaban su inconsciencia para que no pudiera defenderse, mejor. Definitivamente esto era otro nivel.

Aquella rubia calculaba a la perfección todos sus movimientos: dosificaba sus fuerzas, observaba lo que hacía y cambiaba de estrategia según variase la situación. Su segundo golpe fue un directo a mi tabique nasal que no tuve más remedio que encajarlo y aguantarme el orgullo. El tercero, al plexo solar, suficiente para cortar la respiración a cualquiera y dejarlo fuera de combate. Pero yo no era cualquiera, y él tampoco. Aguantamos los golpes como pudimos y le devolvimos esa mirada desafiante del principio. Sonrió sorprendida y me miró de arriba a abajo de forma extraña, casi seductora. Aproveché ese momento de descanso para empezar a correr alejándome de ella, lo que la dejó aturdida y confusa. Aun así, a las pocas décimas de segundo ya estaba persiguiéndome aun cuando eso no entraba en sus planes; sí en los míos, en los que ya era hora de pasar a mi terreno y tener una ventaja decisiva.

También debió confundirse al ver que no corría hacia la calle más cercana, sino a la pared. Salté de pronto a ella y empecé a trepar como un lagarto hasta llegar al tercer piso, y entonces me adentré en la calle para que ella me siguiera. Iba saltando de pared en pared mientras la dejaba seguirme a na distancia prudencial. Acabamos llegando a un cruce desde el que podía ver toda la escena con claridad. Estaba parado en lo alto de una esquina mientras de reía de ella  para intentar provocarla, pero no funcionó. Simplemente adoptó una posición de guardia esperando mi jugada. Salté a la equina contraria y al tocarla firmemente con los pies me impulsé hacia ella, que aún estaba de espaldas. Recibió un certero zarpazo en la zona lumbar a la vez que saltaba de nuevo para volver a mi posición. Pasé a la esquina de la derecha, volví a lanzarme y la arrollé con fuerza mientras saltaba hacia la contraria. Regresé por mi mismo camino golpeándola de nuevo y continué de esquina en esquina bajando para atacarla tan rápidamente que no tuviese tiempo de reaccionar. Intentó seguirme con la mirada, pero al poco tiempo le propinaba un golpe desde un punto muerto. No sé cuánto aguantó antes de caer exhausta de rodillas, unos veinte ataques, tal vez, para finalmente ver cómo tampoco era capaz de enfrentarse a mí. Mientras, yo la contemplaba desde una esquina riéndome para mis adentros.

Mi expresión pasota y desenfadada cambió por completo cuando se levantó dispuesta a todo con tal de acabar conmigo. Realicé un escaneo sin sentido y la vi con mucha más intensidad, rabia y sobre todo, mala idea. Por fin había conseguido cabrearla, pero todavía mantenía un perfecto control de su cuerpo y no parecía que fuese a rendirse si no fuese de forma cadáver. Daba auténtico miedo, pero no me achanté ante el seguramente último asalto. Bajé de la equina; quería luchar con igualdad de condiciones con ella porque se lo había ganado a pulso. Mantenía una actitud luchadora ante ella, pero sabía que no iba a poder mantener la sincronía durante mucho más tiempo. Lo que fuese tenía que hacerlo rápido: improvisar, huir, matarla… daba igual. El tiempo corría.

Esta vez ataqué yo primero: un certero zarpazo a su cuello para cortarla la respiración, seguido de una palmada en el oído y un golpe de torsión en el brazo derecho. Respondió con un rodillazo que a mi parecer era un golpe “ilegal” pero que pude desviar con la pierna, y la devolví un golpe con la mano en las costillas. Pude notar cómo su corazón latía con fuerza y de forma caótica, e incluso sentí lástima por ella, cada vez con menos posibilidades de salir victoriosa. Decidí darla un respiro y parar para que recuperase el aliento aunque eso podía llevar a una derrota. Ninguno nos creíamos que me estuviese preocupando por ella.

Finalmente, comenzó nuestro último movimiento: ella saltó sobre mí como un animal en un intento desesperado por estrangularme. Conseguí frenar sus manos con las mías y acabamos cara a cara, mirándonos sabiendo que, tarde o temprano, uno de los dos acabaría ganando. Tenía frente a mí a los ojos castaños que habían conseguido tenerme en vela varias noches y de los que había huido hasta ahora. Comprendí para mi desgracia que jamás iba a poder acabar con ella sin, en cierto modo, acabar conmigo. Y desde luego, ese día no iba a poder hacerla mucho más daño.

Tenía que irme ya, así que la empujé ligeramente hacia atrás, la hice caer haciéndola una zancadilla y la agarré para después empujarla contra la pared como había hecho con la morena. Aún seguía consciente, por lo que pudo verme huir dando un salto empleando las pocas fuerzas que me quedaban, perdiéndome entre las nubes mientras se desmayaba. No me importaba dónde aterrizar ni si me hacía daño; sólo quería irme de allí.

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