Mi verdadero yo: Confía en mí

Derecha. Derecha. Izquierda. Todo recto durante 100 metros.

¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Y para qué? Sé que tengo que correr y no mirar atrás. Sólo veo calles y calles mientras cruzo la cuidad a gran velocidad. No sé quién me persigue, y tampoco me importa. Siento que mi pellejo está en peligro. Noto una presencia cada vez más cerca; va a atraparme. Sólo veo una salida. Una rampa, al final de la calle, sin ninguna vigilancia, y puedo alcanzarla con un poco de esfuerzo.

Qué demonios, vamos allá. Ya falta menos. Venga, que son sólo unos metros. Oh, oh, parece que detrás de la rampa no hay nada. ¿Qué hago, freno o salto? Arrggghh, odio esto…

No sé cómo acabará esto. Estoy sobrevolando la cuidad y apenas puedo ver el suelo bajo mis pies. Sé que me voy a pegar una buena y… tengo miedo.

¿Dónde estaba? Ah, sí, en mi cuarto. Todo había sido una pesadilla, o al menos un sueño nada agradable. No recuerdo haber pasado tanto miedo… nunca, ni siquiera durante mi vida antes de conocerle a él. Era una sensación aterradora, volando encima de la nada, huyendo de algo desconocido y luchando por la vida… la odio. Y lo pero es que tengo sospechas de qué me ha regalado esta pesadilla.

Desde el momento en que las vi no he podido dejar de pensar en ellas, preguntándome quiénes eran, qué querían y sobre todo, qué sabían de nosotros. Ahora le envidio a él, que no se había fijado en ellas ni en su extraña expresión, mientras que yo he tenido la peor noche de mi vida. ¿Por qué me estará afectando tanto?… … Está claro que tengo que evitarlas como sea; si no… esto podría acabar con nosotros.

Nos levantamos dos horas después de despertarme. Como de costumbre él había dormido como un marmoto, ajeno a mí y a mis preocupaciones. Teníamos pensado volver al barrio comercial, no para internarnos en ese laberinto, desde luego, si no para… bueno, para recordar un poco la ciudad en la que se crió. Yo no la he visto mucho, pero ya sé que la gente de esta cuidad no se preocupa por nada ni por nadie a menos que les afecte personalmente. A veces no comprendo cómo una ciudad puede desarrollarse con esa ideología, pero yo no encuentro ninguna mejor.

Allí estábamos, en aquella zona en la que se había puesto a prueba nuestra relación, al parecer con un resultado satisfactorio. No vi a ninguna de esas dos, pero por si acaso revisé bien la zona mientras caminábamos para asegurarme; no detecté nada. Por fin me sentía aliviado después de lo de la noche anterior, aunque tenía la sensación de que no duraría mucho. Aquellas miradas… habían acabado por traumatizarme, y no poco. Seguimos andando durante un buen rato cruzando aquel barrio de un lado para otro. Todo parecía marchar con normalidad, pero al llegar a cierto punto noté una sensación de peligro extremadamente fuerte. Jamás había sentido algo así: aunque quisiese no podía realizar el más mínimo movimiento, mientras al mismo tiempo no podía dejar de temblar de miedo. Estaba a punto de explotar de la angustia en cualquier momento.

A duras penas realicé otro escaneo de la zona, para confirmar mis sospechas. Cuando acabé e interpreté los resultados no caía en mí de miedo: nos estaban siguiendo, y desde muy cerca. Podía notar hasta sus latidos, intensos y rápidos como si bombeasen adrenalina en vez de sangre. Todos los puntos de sus cuerpos, estaban ahora en mi mente, recorridos por millones de impulsos nerviosos. Y sus ojos… enfocaban directamente a nosotros, eso seguro, mirándonos con auténtica desesperación. Tenía que escapar como fuese, y sólo había una opción: muy a mi pesar, le agarré y, sin ningún tipo de explicación previa, nos pusimos a correr como locos lejos de esas dos psicópatas.

En aquel momento, él no tenía ni idea de nada, ni por qué corríamos, ni adónde íbamos, ni mucho menos cómo iba a acabar todo. No le culpaba, yo tampoco lo sabía. Simplemente quería estar lo más lejos posible de ellas, y lo único que se me ocurrió fue correr. Él simplemente lo hacía para seguirme. Para que no nos pasase lo del otro día procuramos ir por calles que conocíamos perfectamente, aunque pronto nos alejamos del barrio comercial para poder correr mejor. No miré atrás hasta que ya habíamos corrido durante un cuarto de hora, y lo peor fue que nos estaban persiguiendo a gran velocidad, demasiada para mi gusto. Teníamos que aumentar el ritmo o nos cogerían, pero antes de eso intentamos despistarlas entre las calles como ellas hicieron con nosotros.

Sin pensarlo demasiado, nos metimos por la primera calle que giraba a a derecha, una calle estrecha que separaba las partes traseras de los edificios. Había un montón de cosas en nuestro camino y desafortunadamente no pudimos evitarlas todas, aunque eso no nos paró. En nuestra carrera el debió darse cuenta de que estábamos huyendo de alguien y empezamos a sincronizarnos al correr, lo cual hizo que recorriésemos la calle sin problemas. Pensábamos seguir todo recto, pero no nos dimos cuenta de que se habían separado y que teníamos a otra corriendo también desde delante. Inmediatamente giramos de nuevo a la derecha, en un callejón al que apenas llegaba la luz del Sol. Cada vez estábamos mas dentro de aquel laberinto de asfalto en el que ya nos habíamos perdido.

La vía estaba libre. No oíamos muchas pisadas por detrás salvo las nuestras, que hacían salpicar el agua de los numerosos charcos que había en aquella diminuta calle. Al parecer eso fue lo que alertó a nuestras perseguidoras, que aparecieron de repente desde nuestra derecha, a punto de pillarnos. Instintivamente giramos a la izquierda, ya sin tener ni la más mínima idea de adónde íbamos. Apostaría a que él las vio por primera vez, aunque dudo que le provocasen la misma impresión que a mí. Aun así, no frenó en ningún momento, lo que me reconfortaba.

Acabamos en una calle un poco más amplia que parecía acabar de nuevo en el barrio comercial, casi como la primera vez. No nos lo pensamos dos veces: empezamos a correr aún más rápido, echando todo lo que teníamos, con la esperanza de dejarlas atrás. Sin embargo, no parecía funcionar: llevábamos mucho tiempo corriendo y apenas nos quedaban fuerzas. Para cuando nos dimos cuenta, sólo se veía una rampa destartalada al fondo de la calle, exactamente igual que en mi pesadilla. ¿Acaso se estaba repitiendo todo lo de aquel sueño? ¿Eso era lo que pasaba? Esperaba con fuerza que no, porque ya conocía el final… o al menos cómo continuaba la historia.

Estábamos parados, a unos 50 metros de la rampa. Nos estaban pisando los talones, incluso podíamos verlas acercándose, y no os quedaba mucho tiempo. Me estaba preocupando más de lo conveniente, y no podía pensar con claridad. Él, por otro lado, estaba observando el lugar para ver si encontraba alguna otra salida cuando de pronto le llegó una especie de iluminación que le aclaró muchísimo las cosas. Me di cuenta rápidamente de lo que pretendía hacer: correr hacia la rampa, saltar y de una manera que desconocía, salir sanos y salvos de ésta. La idea me parecía tan mala como dejar que nos atrapasen, pero él tenía un fuerte sentimiento de que todo iba a salir bien. Normalmente soy yo quien le da el valor para este tipo de cosas, pero esta vez era él el que velaba por los dos. Su convicción era tan fuerte que rápidamente me hizo levantarme y empezar a correr con él. Éramos un equipo de nuevo.

Sabía que esta era nuestra última oportunidad y teníamos que hacerlo lo mejor posible. Empezamos a correr. Al poco tiempo nuestros pasos comenzaron a sonar al unísono, moviéndonos con la perfección y sincronía de un reloj bien fabricado. Como siempre que esto pasa, comenzaron a aparecerle por el cuerpo las marcas oscuras que indicaban mi presencia y que estábamos perfectamente integrados. Sin embargo, esta vez era mucho más intenso: teníamos una absoluta compenetración entre nosotros y eso provocaba que nuestras pisadas se volviesen de color violeta nada más retirar el pie, a la vez que empezaba a aparecer tras nosotros una estela del mismo color. Atravesábamos la calle como un destello púrpura, acelerando más y más hasta que llegamos al extremo de la rampa. Sin pensar en la consecuencias, saltamos.

La escena de mi pesadilla se estaba repitiendo, pero esta vez no tenía miedo; confiaba plenamente en él. No sabría decir cuánto estuvimos en el aire, quizá unos diez segundos, pero con la velocidad que llevábamos fue suficiente para aterrizar unos cincuenta metros más allá. Nuestra toma de tierra fue un poco aparatosa: rodamos un poco por la acera haciendo que la gente se apartase a nuestro paso, aunque ni aun así se inmutó. Nos incorporamos rápidamente tras nuestro aterrizaje y echamos un vistazo atrás para ver a nuestras perseguidoras. Estaban paradas encima de la rampa, mirándonos atónitas e impotentes.

Lo último que hicimos en ese momento fue un gesto de despedida a aquellas dos mientras reanudamos nuestra carrera en dirección a casa, ahora a ritmo normal. Nuestro recuerdo final de aquel día fueron esos ojos que se alejaban a medida que corríamos y nos apuntábamos un tanto a nuestro favor: ese día estuvimos más unidos que nunca.

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