Mi verdadero yo: El séquito

Un sonido de pájaros entraba por la ventana, que había estado abierta toda la noche para intentar mitigar el efecto del calor. El sol había salido hace unos minutos y ya se notaban las altas temperaturas desde primera hora de la mañana. Ver el amanecer no era mi espectáculo favorito, pero en aquel momento era lo único que se me ocurría, especialmente si no había podido dormir en toda la noche. Sabía que era por el calor, aunque me hubiese gustado pensar que era sólo por eso. Aquellos ojos castaños que vimos la noche pasada se habían instalado en mi mente y no querían largarse. Y si la mente está ocupada, no se puede pegar ojo.

Él, en cambio, durmió plácidamente durante ocho horas, pasando del sofocante calor y al parecer ajeno a mis pensamientos. Estuve contemplando su sueño hasta que se levantó por el hambre y la necesidad de ir al baño, y después de aliviarse fuimos a desayunar para reponer fuerzas tras una larga noche. Aquel día no había nada que hacer, o al menos nada era lo suficientemente urgente como para prestar atención a tales horas. Aún teníamos algo de sueño, pero acabé convenciéndole para que fuésemos a dar un paseo por la cuidad y recordar viejos tiempos, a pesar de que el quería quedarse en casa viendo la tele. Si no es por mí…

Estábamos ya en el portal cuando se nos ocurrió ir a la zona comercial de la cuidad. Normalmente está abarrotada y apenas se puede caminar, pero cuando es temprano parece más una zona fantasma que el origen de la riqueza. No teníamos un rumbo fijo, simplemente cruzábamos la zona mirando al suelo sin fijarnos demasiado en los edificios y en la poca gente que había por allí. Sin embargo, al menos yo acabé fijándome en una de las callejuelas por casualidad y, para mi sorpresa, volví a ver los ojos castaños que no me habían dejado dormir. Toda la noche preguntándome quién era, qué sabía y sobre todo en qué nos afectaba.

Desde luego no iba a desaprovechar aquella ocasión. No me gusta esperar a una segunda oportunidad; a la mínima, allá voy, y no me importa lo más mínimo lo que pase. Decididamente tenía que alcanzar a aquella persona y hablar; podía saber demasiado, y eso no nos convenía en absoluto. Así que, de golpe, dimos media vuelta y nos adentramos en aquella callejuela que nos alejaba del barrio comercial. No obstante, él no se dio cuenta ni de lo que había visto ni de mis verdaderas intenciones, así que me acompañó sin ninguna pregunta.

Ya habíamos recorrido parte de aquel diminuto laberinto cuando aparecieron de nuevo los ojos. Esta vez eran diferentes, de color claro y sin el aspecto enigmático de los de anoche, sino más bien… obsesivo. Los dos nos fijamos en esta nueva mirada y fuimos a por ella como quien persigue un taxi. A medida que avanzábamos nos adentrábamos más y más en una parte de la cuidad que no conocíamos, pero no parecía importarnos, con tal de llegar al fondo. Sin embargo, lo cierto es que íbamos totalmente a ciegas, después de tanto tiempo sin recorrer a fondo la cuidad.

Perdimos rápidamente la noción del tiempo, ya que cuando miramos al reloj más cercano, nos dimos cuenta de que habíamos estado tres horas buscando aquellos ojos entre las callejuelas. Ya ni sabíamos por qué lo hacíamos, especialmente él, que empezaba a agobiarse como cuando le da un ataque de histeria, y de los gordos. Empezó a respirar violentamente, a sudar y a ponerse más y más nervioso, así que decidí parar y ayudarle. Sabía que debía calmarle como fuese, o las consecuencias podían ser terribles para ambos. Conseguí que se sentase en la diminuta acera y me dispuse a calmarle antes de que le diera un ataque de verdad.  La verdad es que había aguantado mucho más que otras veces, lo cual era un gran paso por su parte. Ahora, era yo quien debía darlo todo para proteger a mi compañero. Me costó cerca de media hora, pero al fin logré que se calmase y que recobrase la cordura. El peligro había pasado… de momento.

No me  di cuenta hasta después de un rato, pero los dos pares de ojos estaban observándonos desde el otro lado de la calle. No pude distinguir sus caras, pero eran dos personas, de estatura y edad similares, jóvenes y, al parecer, mujeres, aunque esto ya lo sospechaba después de ver sus ojos durante toda la mañana. Nos levantamos y fuimos hacia ellas, pero justo cuando llegábamos al final de la calle, empezó a cruzársenos un montón de gente que caminaba rápidamente en todas direcciones; habíamos vuelto a la zona comercial, y seguir a alguien en esas condiciones era inútil. A pesar de ello, me esforcé en localizarlas entre el gentío y verlas claramente por primera vez, por si volvíamos a encontrarnos. Mientras, él recuperaba su confianza al regresar a un lugar conocido, al amparo de su antigua cuidad natal. Finalmente, fuimos a comer a un bar cercano, ya que tanta carrera y persecución nos habían dejado exhaustos.

Mientras comíamos, yo recordaba y pensaba una y otra vez en aquellas dos mujeres que nos habían estado vigilando: una, rubia; la otra, morena; y un sentimiento de compenetración entre ambas tan fuerte que asustaba, casi tanto como el que había entre él y yo.

 

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