Mi verdadero yo: Así es mi vida

Nuestra vida era feliz desde hacía ya tiempo. Él no sabía de mí, yo apenas sabía de él, no había problemas entre nosotros y las cosas marchaban bastante bien. Después de muchas luchas, habíamos conseguido independizarnos y teníamos un período de merecido descanso. Nos conformábamos con poco, a decir verdad: una casa, comida y estabilidad emocional. No sé él, pero yo sabía que lo tercero era lo que más nos convenía. Así, hace dos años nos mudamos a su cuidad natal, lejos del bullicio de la capital y las numerosas “apariciones” que intentábamos dejar atrás con nuestra mudanza.

Desde hace días nuestra relación había alcanzado una especie de clímax: el me proporcionaba un hogar y cierto contacto con el mundo, y yo a cambio le protegía de cualquier problema que pudiese tener, además de darle el empujoncito que necesitaba a menudo. Todo esto desde el más absoluto anonimato, para no provocar la ruptura de nuestra relación. En los últimos dos meses, sus resultados académicos aumentaron notablemente, gozaba de una salud de hierro e incluso había iniciado un cierto contacto con una persona que, para él, significaba bastante. Nunca entendí ese encaprichamiento que me agobiaba cada día, pero al parecer le servía como refugio en situaciones complicadas.

Nuestro último descontrol había tenido lugar hace una semana, cuando sufrió un ataque de pánico, a mi entender no justificado, al reflexionar sobre su futuro. Sin embargo, fue una prueba excelente para nuestro autocontrol, y nos sirvió para afianzar nuestra relación y los conocimientos que habíamos adquirido durante los últimos años. La idea de cuantiosos daños materiales y personales ya ni se nos pasaba por la cabeza, y en ocasiones simplemente veíamos el pasado como una serie de obstáculos superados con éxito. Jamás hubiese pensado que llegaríamos a este punto, sobre todo pensando en los primeros días.

En cuanto a aquella persona por la que sentía un especial interés, no era nada del otro mundo. Durante un tiempo estuve pensando por qué le gustaba: no había atracción física excesiva, ni un sentimiento de admiración hacia capacidades superiores, ni siquiera un mínimo interés en su prosperidad en la vida; sencillamente, no encontraba ninguna razón para establecer esa relación. Aun así, si le preguntase a él directamente, probablemente me respondería que no tiene ni idea. Así es lo que él conoce como amor. Para mí, en cambio, el tener un vínculo así con cualquiera ya era por no decir imposible, incluso con él, que constituía una parte considerablemente importante de mi vida.

Los días pasaban uno detrás de otro, sin ningún cambio aparente ni sucesos relevantes. Y tenía ese mismo presentimiento cuando nos tocó bajar la basura cierto día. Se nos ocurrió la idea de dar un poco de emoción al asunto y subirnos al contenedor de basura mientras el camión lo levantaba. Ese rasgo de estupidez que nos caracterizaba nos prometía que todo iba a salir bien: cuando él estuviese en lo alto del brazo mecánico de aquel monstruo de acero y, tras tirar la bolsa a aquel abismo, yo tenía que darle el valor necesario para saltar al saliente de la cabina y permanecer de pie mientras el camión nos daba un paseo por la cuidad, y saltar en marcha cuando tomase la dirección al vertedero. Ninguno de los dos sufriría ningún daño y, como a la gente le daba igual todo, nadie nos diría nada.

Así lo hicimos. Todo salió tal y como lo llevábamos planeando desde hace varios días. Y el resultado fue satisfactorio para ambos: habíamos logrado una mayor coordinación de nuestros actos, él había recibido una buena dosis de adrenalina y yo me divertía mientras veíamos el paisaje a vista de basurero. Volvíamos muy contentos a casa aquella noche que transcurría como todas las demás, serena y calurosa como venía siendo normal.

Todo era como había sido siempre. Todo, menos unos ojos castaños que me pareció distinguir en la oscuridad y que, al parecer, lo habían visto todo.

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