El Soldado de Mitra (IV)

Después de aquel fatídico día, dormí hasta olvidar. Pasé el día entero refugiándome en mi pequeño y particular mundo onírico intentando eliminar cierto recuerdo de mi cabeza… pero me perseguía incluso ahí. Aun así pude mantenerme inconsciente hasta el día siguiente; no me importaba en absoluto que alguien pudiese necesitarme. Ya había tenido la experiencia de “ayudar” a la gente y no quería repetirla. Lo siento, mundo. Cerrado por causa mayor.

Al día siguiente, me desperté sin ninguna gana de salir a ver la cuidad tras mi heroica hazaña: gracias a mí, dos personas se habían ido para siempre y una tercera andaba libre cuando debía pudrirse entre rejas. Sabía que todo el mundo iba a estar hablando del tema, así que me levanté pronto para tener unas pocas horas de tranquilidad. No comprendía por qué, pero volví a levantarme poco antes de las seis de la mañana, lo que me recordó muchísimo a aquel día. A pesar de ello no me desanimé y me enfrenté a la realidad.

Como de costumbre, la cuidad aún estaba en aquella deliciosa fase en la que todos los mecanismos internos se engrasaban y lo único que se oía era el silencio que acompañaba a un reloj bien fabricado. Crucé el puente del Este sin pensarlo mucho y me dirigí a la estatua del Soldado de Mitra, que mantenía su eterna y desafiante pose frente a la cuidad. El musgo que crecía sobre él le daba un toque antiguo y poderoso, aunque a la vez protector. Todavía no sé por qué me cedió su puesto por un día, y tampoco estaba seguro de querer saberlo.

Como no quería estar cerca de la estatua cuando la cuidad se pusiese en marcha, crucé el puente del Oeste y me senté en uno de los miradores del parque del Templo a ver la estatua del Soldado desde lejos. No era una visión estupenda, pero podía ver claramente si alguien se acercaba o no. Aunque después del destrozo de la fama que cometí, era muy posible que nadie visitase más al protector de la cuidad. Quizá había acabado con una leyenda antiquísima en un solo día y, por fortuna, nadie pareció enterarse de la verdad.

Ya habían pasado unas cuantas horas desde que me senté cuando alguien fue a la estatua. No se podía distinguir muy bien su aspecto desde el mirador, pero la silueta y sus movimientos me resultaron enormemente familiares. Al poco tiempo reconocí el porte arrogante y altivo del hombre de negocios al cual ayudé a salvar su condenado pellejo. Probablemente haya acudido a la estatua a agradecer al Soldado su ayuda y evitar así un justo castigo. Sentí unas ganas terribles de ir hacia él y partirle la cara, pero seguí la recomendación del Soldado aunque no tenía ningún motivo: “Pase lo que pase, no hagas nada” A los pocos minutos, el hombre se marchó tal y como lo hizo en su día, aunque permaneció un rato agachado entes de irse. Definitivamente no era un hombre muy orador.

Aproveché que no había nadie en el parque a esa hora para echar una cabezadita. Era irónico dormir después de haberlo hecho durante un día entero, pero era la única forma de acelerar los acontecimientos. Cuando desperté, me asomé de nuevo al mirador y dirigí mi mirada hacia la estatua, momento en el que vi a una persona pequeña agachada a los pies de la estatua. Tuve la sensación de que aquella persona era la mujer que fue a visitarme, pero eso era muy poco probable, por no decir imposible. La diminuta figura se fue rápidamente y aproveché la ocasión para acercarme a la estatua. Había algo que no me olía nada bien.

Para no encontrarme de cara con la estatua, tomé un atajo hacia el puente del Sur y lo crucé rápidamente, antes de que nadie pudiese aparecer y verme observando de forma extraña la zona. Al llegar al pedestal di una vuelta a su alrededor y observé que la mata de arbustos estaba un poco desordenada. Eché un vistazo rápido y encontré, para mi sorpresa, un maletín negro lleno de billetes clavadito al de cierto personaje. No quise tener demasiado tiempo esa cosa en mis manos, de modo que lo metí de nuevo entre los arbustos y, al notar la presencia de alguien, me escondí detrás de la estatua en busca de un mínimo refugio.

Efectivamente, alguien estaba frente al Soldado rezando para hacer una petición. Nada más ir la voz de aquella persona vino a mi mente el recuerdo de aquel pobre joven que vino a verme al final del día.  Mientras me repetía una y otra vez que no era él, su oración acabó convenciéndome de lo contrario: aquel joven estaba de nuevo vivo y pedía ayuda para su largo viaje. Ante tantas impresiones enfrentadas, mi cabeza estuvo a punto de estallar.

No lograba entender qué estaba pasando: lo único que tenía claro es que aquel desastroso día se estaba repitiendo exactamente igual, exceptuando el hecho de que yo estaba detrás del pedestal y no encima. Y lo peor de todo es que sabía exactamente lo que iba a ocurrir:  dentro de nada, el hombre de negocios llegaría y le propinaría una santa paliza por, supuestamente, haberle robado su preciado dinero. Entonces, el Soldado detendría al hombre antes de que fuese demasiado tarde y, finalmente, todo saldría mal.

No iba a consentir tremenda injusticia, pero tampoco podía hacer nada sino quería provocar otra tragedia. Algo me decía que de nuevo debía permanecer inmóvil, espectante ante tal atrocidad. Reconozco que fue duro ver la lluvia de golpes hasta que el hombre tomó su maletín y se fue tan rápido como vino. Allí estaba el joven, tendido en el suelo y con no pocas magulladuras. Había llegado mi hora; si bien no podía pararlo, al menos no actuaría en vano.

Rápidamente me acerqué a él, le tomé del brazo y le llevé a arrastras hasta el hospital más próximo, que se encontraba al otro lado del puente del Norte. Al cabo de veinte minutos llegamos al puesto de urgencias del hospital, donde me aseguré de que estaba bien atendido y que se recuperaría lo antes posible. Realmente no lo conocía de nada, pero pensé que era lo mínimo que podía hacer.

Acto seguido, salí del hospital y me dirigí a donde en su día acompañé al hombre de negocios, en busca de aquella mujer. Estaba en el mismo sitio, con un montón de dudas acerca de lo que había hecho. Me senté un rato a hablar con ella, y se sorprendió de que supiese lo que hizo; técnicamente, estaba ella sola en ese momento y yo me encontraba a unos cien metros de distancia. No le conté la verdad porque, bueno, sería un poco inverosímil, y me limité a revelarle la identidad del dueño y el destino de ese dinero. La acompañé al puesto fronterizo, que estaba a unos pocos metros, y le contamos al encargado todo lo ocurrido. Asimismo, pedí que aquella mujer estuviese segura durante los próximos días, para evitar que nadie tomase represalias y darle cobijo mientras buscaba una vida mejor para ella y los suyos.

Cuando me despedí de mi nueva amistad, me invadió un fuerte sentimiento de ira hacia la única persona que no había recibido lo suyo. Al contrario que otras veces, cuando me reprimo y descargo mi ira contra la pared del murallón de la cuidad, di rienda suelta a una mezcla de justicia y venganza que me llevó sin pensarlo a la estatua del Soldado de Mitra. Mi sorpresa fue enorme cuando al llegar vi que no había estatua, sino sólo la lanza, el casco y el escudo que una vez sostuve con mis propias manos. No comprendía por qué, pero tenía la sensación de que era una señal del Soldado: me estaba dando lo necesario para ajustar las cuentas con ese tipo, y desde luego no iba a desaprovecharlo.

Me puse el casco, tomé el escudo y así la lanza con firmeza para después salir en su busca. No me llevó mucho tiempo encontrarle; tan sólo tuve que ir al edificio de su empresa y esperar que saliese, lo cual ocurriría en unos minutos. En aquel momento comenzó una fuerte tormenta que oscureció la cuidad, lo que me haría irreconocible a los ojos de la gente, al menos como mi identidad real. Y al caer los rayos mi equipación brillaba espeluznantemente. Me encantaba.

Poco antes de que aquel hombre saliera del edificio, me coloqué justo delante de la puerta para que lo primero que viese fuera a mí. Iba a repetir aquel momento en el que le amenacé con la lanza y casi lo trincho como a un pavo. No pensaba hacerlo, claro está, aunque no me faltaban ganas. Sin embargo, me bastó con mantener la postura vigilante para meterle el miedo en el cuerpo y sólo me dio tiempo a apuntarle con la lanza antes de que empezase a correr. Rata…

Le perseguí por la cuidad durante un rato, corriendo bajo la lluvia mientras los relámpagos violetas indicaban que la cuidad estaba enfadada. Normalmente, cuando algo no va bien en la cuidad, los canales de cristal por los que circula la energía desde el núcleo de la cuidad al resto comienzan a volverse violetas y negros, además de cualquier tipo de rayo, chispa u otra fuente de energía.  Además, un cuento popular decía que los canales podían indicar la dirección de aquello que más se deseaba, si es que realmente se merecía. Sólo era un cuento, pero no me dejó de sorprender el que un canal morado intenso fuese siguiendo a aquel hombre en su huida. Parecía que la cuidad me estaba ayudando.

Siguiendo la pista del canal luminoso logré acorralar a aquel tipo en un rincón de la muralla cercano a las minas. Mientras buscaba cómo escapar de su destino, yo me fui acercando a él con ánimo de que “reconsiderase” su forma de actuar. No me fue necesario mucho más; aquel indeseable ya había recibido suficiente por entonces y aún faltaba la sorpresa del juicio, la investigación y su posterior encarcelamiento. Por fin se había hecho justicia.

Finalmente regresé a la estatua del Soldado de Mitra para devolverle sus pertenencias, con quizá demasiado cansancio tras haber corrido bajo la lluvia con varios kilos de peso de más. Aun así no me arrepentí de nada de lo que hice. Justo cuando dejé las armas en el pedestal y me giré para comprobar por dónde volvería el soldado, volví a mirar hacia delante y descubrí la silueta inmóvil y desafiante del Soldado de Mitra, que no parecía haber desaparecido durante toda la noche. No se puede tener una conversación con él, la verdad.

Poco antes de volver a casa pasé por el hospital donde había dejado a aquel joven. Ya hacía varias horas de aquello, y sin embargo nadie se explicaba la sorprendente mejora del apaleado joven, que estaba ya en una habitación cogiendo de la mano a la que me imagino era la persona tan especial a la que iba a buscar en su viaje. Ambos me dieron las gracias por lo que había hecho aunque no fuera nada del otro mundo, y me limité a contestar que ya recibiría mi recompensa en su momento. Efectivamente así fue.

Salía del hospital y la lluvia comenzaba a rendirse y a retirarse a su hogar. Los canales violetas ya volvían a tener su color cerúleo original, los operarios nocturnos hacían su ronda en busca de incidentes o defectos en el sistema y yo paseaba tranquilamente recordando estos inquietantes días. ¿Qué era lo que había ocurrido? ¿Acaso el día que sustituí al Soldado había sido un sueño? ¿Tal vez una predicción o un viaje en el tiempo? ¿O quizás el Soldado me había dado una nueva oportunidad de aprender cuál era su labor y la nuestra? Preguntas, preguntas y más preguntas, y ninguna respuesta a la vista. No conocería toda la verdad hasta dentro de mucho tiempo, pero siempre recordaré las palabras del Soldado de Mitra:

“¿Quieres saber cómo decido a quién hacer caso y a quién no? Muy bien, estás en tu derecho. ¿Quieres saber si protejo a la cuidad y sus gentes? Estupendo, de hecho la gente debería saberlo. Pero no esperes que te lo diga, porque es algo que se aprende por uno mismo.”

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Aquella mañana era un día vacío. Era tradición que, cinco días al año, toda la ciudad se paralizaba. Nadie salía a trabajar, nadie iba a comprar, nadie iba al colegio… Nadie salía a la calle estos días del año, y la gente los pasaba en casa sin hacer… nada. Es precisamente por esto por los que estos días me encantan. Aquella mañana salí a la calle para disfrutar de estos días en los que la cuidad parecía completamente abandonada.

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