El Soldado de Mitra (III)

El día se acababa. El Sol ya estaba lanzando sus últimos rayos de luz antes de desaparecer por debajo de la muralla y retirarse a su morada, al otro lado de la ciudad, donde amanecía. Estaba pensando en todo lo ocurrido y esperaba a que el Soldado regresase. Sabía que no iba a ser muy amable, después de desobedecer su única orden. A pesar de ello, tenía la conciencia tranquila y no le temía, pese a ser mucho más fuerte que yo.

Tal y como esperaba, el Soldado se presentó al caer la noche. Sus pasos podían distinguirse a varios metros de distancia; no había gente en la plaza y no parecía que fuese a haberla, así que no había peligro. Pudo venir por el puente del Sur, aunque el sonido rebotaba contra todos los objetos e impedía averiguar su procedencia. Sin embargo, no vino cruzando el puente del Norte, ya que ése era el que estaba delante mío.

Mientras llegaba, aproveché para bajar del pedestal y quitarme el pesado equipo del Soldado. Todo un día con eso puesto me había dejado para el arrastre y sentía que no podía aguantar la postura ni un minuto más. Además, tenía ganas de hablar con el Soldado y que me contase el por qué de su comportamiento. Yo en persona había comprobado que ayudar a los demás no costaba tanto como para dejar que la cuidad pensase que mi supuesta leyenda era sólo una mentira. Vi llegar al Soldado con las manos detrás de la cabeza y una actitud despreocupada e indiferente ante la vida. Vamos, lo que siempre había hecho.

Sin embargo, su expresión cambió radicalmente al situarse a mi lado. Iba negando con la cabeza mientras sonreía de forma extraña y parecía pensar: “Y mira que te lo dije”

     -Y mira que te lo dije…

     -…

     -¿Qué fue lo que te dije? Pase lo que pase, no hagas nada, ¿verdad? ¿Tan difícil era?

     -No, pero… ¡no podía permitirlo! ¡Aquel hombre le estaba…!

     -Sé lo que ocurrió. Sé por qué lo hiciste. También sé lo que te dije. Y, a diferencia de ti, sé más cosas.

     – ¿A qué te refieres?

    -Vayamos por partes, ¿de acuerdo? Será más fácil: primero, llegó un hombre adinerado, echa una oración rápida y se va, olvidándose un maletín lleno de… atrayente parné. Después llega una mujer, bastante necesitada, por cierto, ve el maletín, toma la mitad del dinero y se va.

      -Sí, y no parecía muy conforme con lo que había hecho.

      -Finalmente, aparece un joven y encuentra el maletín medio vacío. Poco después regresa el hombre adinerado, contempla el panorama, empieza a extraer conclusiones y lo demás puede ser cancelado por el comité antiviolencia de la O.N.U.

      -Ahí fue cuando intervine. No podía estar con los brazos cruzados ante tal injusticia y no hacer nada al respecto.

       -Y ahí fue cuando te equivocaste. Al igual que hiciste las dos primeras veces, tendrías que haber permanecido inmóvil una vez más. Sólo una. Y las cosas habrían acabado mejor.

       -¿Acabado mejor? ¿Acaso ha pasado algo?

      -La verdad es que sí. No tendría que haber ocurrido, pero decidiste meter tu nariz en ciertos asuntos en vez de estar ahí arriba sin hacer nada.

      -Creo que estoy empezando a liarme.

      -Hace unas horas ha acabado un juicio, bastante conocido en la cuidad, en el que el acusado ha salido declarado inocente, a pesar de las numerosas pruebas en su contra y del descontento general. Ni qué decir que la noticia ha corrido como la pólvora a los pocos minutos de emitir el veredicto. ¿Tienes alguna idea de quién era el acusado?

     -Un juicio conocido… ¡…! ¿No te referirás a…?

     -Premio. Aquel hombre adinerado no llevaba un maletín lleno de pasta por casualidad. De hecho, era justo la cifra necesaria para sobornar al juez y al jurado. Todo parecía estar claro: pruebas concluyentes, testigos fiables, antecedentes a porrillo… Sin embargo, el tribunal no consideró esto suficiente y, al acabar, el jurado y el juez emitieron el veredicto “inocente” en estéreo. Extraña sonrisa de satisfacción la de tu primer visitante.

     -… ¿Eso es todo?

     -Lamentablemente no. La noticia del juicio ha quedado ensombrecida por otro hecho más relevante y más… accidentado.

     -¿Accidentado? ¿Ha…ha habido un accidente?

     -Sí. Casi al mismo tiempo que acababa el juicio,  un avión que había despegado rumbo a… un lugar bastante lejano ha tenido un accidente en pleno vuelo y se ha estrellado. La mayoría de los pasajeros se han salvado, pero ha habido algunos que no han tenido tanta suerte… ¿Te dice algo?

      -No me digas que en ese avión iba…

    -Sí. Aquel joven cumplió su promesa y realmente dio su vida por la persona que buscaba… Al parecer la paliza que le propinaron no fue lo suficiente como para hacerle cambiar de idea y cogió el avión por los pelos. Una pena.

     -… … … ¿Has acabado?

     -… … No.

    -¿También la mujer…?

     -…

     -No, no puede ser… ¡no puede ser!

     -Digamos que ha decidido abandonar a su familia por no poder ocuparse de ella. Me encontré una nota suya agradeciéndote que haya podido irse con la conciencia tranquila… en parte.

De repente noté como una nube de desesperación y culpabilidad se cernía sobre mi cabeza y oscurecía rápidamente mi vida. Era incapaz de asimilar todo eso de golpe… y no pude aguantar mucho más.

     -……… Todo es culpa mía… Todo… ¿Por qué? ¿Por qué abandonaría mi puesto? ¿POR QUÉEEEEEEEEEEE?

Empecé a darme cabezazos contra el pedestal. Ni yo quería parar, ni el Soldado intentó pararme. Los golpes no dolían nada en comparación con todo lo que había provocado.

     -Escúchame. Tú no podías saber que iban a ocurrir estos… imprevistos. Simplemente actuaste para defender a quien lo necesitaba, lo cual dice mucho de ti.

Mientras, yo seguía intentando reducir a gravilla esa monstruosidad de mármol usando la cabeza.

      -Oye, como me rompas el pedestal te va a caer una buena…

Decidí parar. No fue por esa “amenaza” del Soldado, de hecho dudo que fuese una amenaza. Pero aquellas palabras despreocupadas me tranquilizaban después de haber tenido el peor día de mi vida. Me arrodillé en la piedra central y permanecí ahí un buen rato, llorando y culpándome por todo lo que había hecho. Sentí a la vez un ataque de tristeza y de rabia, y no podía controlarme demasiado en estas situaciones. Notaba que el Soldado estaba preocupado por mí, aunque no entendía por qué.

Era mi culpa y sólo mía.

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