El Soldado de Mitra (II)

No podía dormir. Cada una de las palabras que me dijo el Soldado resonaba en mi cabeza, y no lograba comprender lo que significaban. “Pase lo que pase, no hagas nada” Me costaba creer que se pueda proteger a la gente y defender la justicia con esa mentalidad. De todos modos, al final de ese día todo se aclararía y yo tendría mi ansiada respuesta, aunque la espera era insoportable. El Soldado no se equivocó: si no llego a aceptar su proposición, tal vez no habría llegado al día siguiente.

Mientras le daba vueltas a esto una y otra vez, sonó el despertador. Sabía que no iba a pegar ojo en toda la noche, pero aun así puse el despertador a las cinco y media, para que me recordase lo que iba a hacer (y porque había quedado con el Soldado a las seis). No perdí mucho tiempo en vestirme, desayunar y salir: cuanto más tiempo estuviese pensándolo, más dudas tendría y, probablemente, me volvería a la cama. Suelo cambiar de idea a menudo, por lo que a veces no sé qué pensar y no tengo apenas opiniones. En aquel momento aún me atraía sustituir al Soldado por un día, pero al cabo de un rato me podría parecer una estupidez.

Salí a la calle y fui hasta la plaza donde estaba la estatua con tranquilidad. No era un día vacío como el anterior, pero a esas horas no hay casi gente despierta, así que el cambiazo que planeaba el Soldado podría realizarse sin problemas. Los primeros rayos del Sol eran los únicos habitantes de la cuidad, recorriendo las calles progresivamente hasta que el astro rey decidiese levantarse por completo y recordar a las gentes que empezaba un nuevo día. Estos momentos de paz y sosiego sólo duraban unos minutos, antes de que el aire se llenase de voces y las aceras de pies inquietos.

A medio camino del puente del Este comencé a vislumbrar la estatua del Soldado de Mitra. Allí seguía, con su musgo y su actitud, a mi entender, totalmente pasiva ante el resto del mundo. Nadie se imaginaría que dentro de poco iba a ser yo quien velase aquellas piedras esperando que alguien viniese a hacerme compañía, muchas veces a cambio de algo. Parecía mentira que, hace horas, esa figura marmórea comenzase a hablarme como a un igual.

Finalmente llegué a la estatua. Aún faltaban algunos minutos para las seis, así que me senté en la piedra central para ver claramente el despertar del Soldado. Pasaron los minutos y el reloj del puesto de la frontera anunció la hora con fuertes campanadas, espantando a los pocos pájaros que habían madrugado ese día. Instintivamente dirigí la mirada a a torre del puesto, y cuando volví a mirar el pedestal fue lo único que vi. No me extrañaba lo más mínimo, después de la “interesante charla que tuve con el Soldado” Me levanté para ver lo que había dejado en su antiguo puesto: el casco, la lanza y el escudo.

Consideré esos tres objetos como la señal de que mi labor debía empezar. Rápidamente me subí al pedestal, me puse el casco, tomé el escudo y la lanza y me preparé para un largo día como guardián de la cuidad. Mantener la postura del Soldado no era del todo fácil, pero sí lo suficientemente ingenioso como para poder echarse una siesta, apoyado en la lanza y el escudo y usando el casco como visera. Quizá el Soldado no se movía por alguna razón más…

Pasó la primera hora y no vino nadie. De hecho, tampoco había salido nadie a la calle. Parecía una ciudad fantasma, como de costumbre. Al cabo de un rato se veía algo de gente yendo al trabajo, con un sueño que no podían con él y el deber de sobrevivir un día más para repetirlo todo una y otra vez. Extraño porvenir el de la vida adulta en esta cuidad…

El paisaje se volvía cada vez más monótono, y cada vez me preguntaba más cómo, y sobre todo por qué, el Soldado podía estar ahí años y años, aguantando la lluvia, el calor insoportable y las cagadas de las palomas. Pensé en escuchar algo de música mientras vigilaba, aunque… era absurdo. No podría escuchar la petición de quien viniese y no podría quitarme los cascos delante de alguien. El plan se iría a la porra.

Al cabo de tres horas más, la gente comenzaba a deambular por la cuidad y ésta recuperaba el júbilo y el dinamismo que cinco veces al año le eran arrebatados, sin que pudiese hacer nada. El calendario estaba hecho así, y después de tanto tiempo, nadie lo había cambiado y nadie quería cambiarlo. Lo que se dice una cuidad estacionaria: siempre había estado y siempre estará, imposible de cambiar por la pasividad de sus habitantes y, también hay que decirlo, porque a la cuidad no le gustaba cambiar.

Tras… ¿seis horas? ¿siete? Perdí rápidamente la cuenta y lo único que me interesaba para entonces era seguir con mi trabajo. Las personas iban y venían, pero ninguna se paraba ni para una petición rápida. Pude comprobar cómo la gente tenía abandonado al Soldado y viceversa: si uno no daba el primer paso, el otro tampoco lo hacía. No me extraña que la gente fuese cada vez menos humana y se comportase como una colonia gigantesca de hormigas: los campesinos cultivaban la comida, los dirigentes organizaban la ciudad para el confort de la plebe y los soldados recorrían periódicamente la muralla de la cuidad en busca de alguna amenaza para la misma. Cada uno tenía, al parecer, una función dentro de la cuidad que cumplía, aunque no por obligación. Yo, sin embargo… no sabia qué hacer con mi vida.

Después de mucho esperar, cuando la gente estaba trabajando y la plaza se encontraba vacía, llegó alguien. Un acaudalado hombre de negocios (cuya cara, por alguna razón, me sonaba conocida) vino y se arrodilló en la piedra central. Depositó su maletín a un lado y comenzó a rezar. No me interesaba mucho lo que decía aunque intentaba prestar atención a sus peticiones, para ver si podía ayudarle en algo, pero cuando quise agudizar el oído aquel hombre se había marchado. Debió irse de repente y bastante rápido, porque no le quité el ojo de encima a su maletín. Seguía mirándole incluso cuando ya se fue. … Pasaron unos minutos hasta que me di cuenta de que estaba mirando un maletín cuyo dueño había olvidado coger antes de irse, lo que señala mi poca velocidad de procesamiento en algunas ocasiones.

Tras mi “revelación” vi en ese maletín una primera oportunidad de ayudar a la gente. Sólo tenía que encontrar a aquel hombre y devolvérselo, y después la noticia correría sola. Sin embargo, recordé las palabras del Soldado: “Pase lo que pase, no hagas nada” Me sentó bastante mal tener que aguantar todo el puñetero día impasible a todo cuanto sucediese a mi alrededor…, pero esas eran las instrucciones del Soldado.

 Poco después, se acercó a las piedras una mujer. Nada más verla advertí su desesperación, su pobreza y la enorme necesidad de comer algo caliente. Se quedó de pie delante mío, sin decir nada, aunque podía verse claramente lo que necesitaba: una vida mejor para ella y los suyos. La impotencia que sentí en aquel instante al no poder ayudarla casi me obliga a renunciar a la labor de inmediato, aunque se fue esfumando poco a poco, especialmente cuando la mujer encontró el maletín. Casi se desmaya al ver el dinero que tenía dentro y rápidamente vio la solución a sus problemas. Sin embargo, aunque necesitada, era honrada, y sólo cogió la mitad del dinero. Meditó llevar el resto al puesto de guardia para que localizasen al dueño, pero eso le traería más problemas. Antes de partir, me agradeció el haberla dirigido al maletín (aunque yo no hice nada) y se disculpó varias veces por lo que había hecho. Sentí rabia y a la vez alegría; era un cóctel molotov de emociones. Aun así permanecí inmóvil ante el sutil robo que se había cometido en mis narices.

Al final del día, llegó un joven a mi presencia. Llevaba algo de prisa, aunque se arrodilló para hacerme una petición. Iba a emprender un viaje en busca de cierta persona, por la que entregaría su vida, según confesó. Era evidente que lo único que necesitaba era fuerza y determinación en su travesía. No sabía cómo ayudarle exactamente, pero entonces las palabras del Soldado me parecieron la mejor ayuda. Si su voluntad era fuerte, no necesitaba mi ayuda para nada. Así comprendió mi perenne pose, y fue al levantarse cuando vio el maletín. Lo tomó en sus manos y lo abrió, viendo sólo la mitad del contenido, aunque no se le pasó por la cabeza el cogerlo. Tal vez ahora el maletín regresase a su propietario.

Dicho y hecho. Mientras el joven contemplaba el interior del maletín, llegó su legítimo dueño. Fue ver el maletín a medias y a una persona sujetándolo, y los cabos que ató sirvieron de mecha a la artillería. Sin pensárselo dos veces, arremetió contra el joven, propinándole una santa paliza mientras le acusaba de robarle el dinero. Aquello ya fue la gota que colmó el vaso; ver a aquel joven recibiendo semejante somanta sin haber hecho nada me hizo olvidar las palabras del Soldado, agarrar firmemente la lanza y el escudo y bajar de un salto al suelo. Pese a que sentí unas ganas terribles de ensartar a aquel facineroso, pude contenerme al ver su cara de incredulidad, al igual que la del joven.

Detuve a ese hombre de inmediato, ayudé al joven a levantarse y le expliqué a ambos la situación. El joven, como pudo, me agradeció la ayuda y partió hacia su viaje, pero el hombre no se mostró tan respetuoso. Quería recuperar a toda costa su dinero y no parecía que fuese a cambiar de opinión. Aunque a regañadientes, le acompañé hasta encontrar a aquella mujer, que aún estaba indecisa sobre qué hacer con el dinero. En contra de mis expectativas, no se asustó al verme (aunque llevaba todo el armamento) y, tras una pequeña charla, accedió a entregar el dinero y se disculpó con aquel hombre, el cual estaba más ocupado en contar su capital. Cuando me quedé a solas con él, le “persuadí” para que no se le ocurriese vengarse de aquella mujer. Se quedó pálido como un cadáver al ver la lanza que podía convertirlo en ídem, pero se le pasó al poco tiempo, cuando se marchó con su maletín.

Acabado ese extraño malentendido, regresé al pedestal y volví a adoptar mi pose, esperando a que acabase el día. No sabía lo que iba a decir el Soldado al enterarse de que había abandonado el puesto, pero no me importaba demasiado. Al fin y al cabo, había ayudado a varias personas a la vez, y eso me reconfortaba.

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