El Soldado de Mitra

Aquella mañana era un día vacío. Era tradición que, cinco días al año, toda la ciudad se paralizaba. Nadie salía a trabajar, nadie iba a comprar, nadie iba al colegio… Nadie salía a la calle estos días del año, y la gente los pasaba en casa sin hacer… nada. Es precisamente por esto por los que estos días me encantan. Aquella mañana salí a la calle para disfrutar de estos días en los que la cuidad parecía completamente abandonada.

En la plaza al otro lado del puente del Este se encontraba la estatua del Soldado de Mitra, que representaba a un antiguo guerrero persa que, según contaban, era encarnación de la justicia, la verdad y… el ganado. Allí estaba con su escudo, su lanza y su casco, vigilando las tres piedras que tenía al lado de su pedestal, en las que la gente podía orar y hacer peticiones. El Soldado podía hacerlas realidad o no, según quisiese.

Desde hace algún tiempo iba menos gente a visitarle, y la estatua comenzaba a cubrirse con musgo (que, por cierto, le quedaba muy bien). Se comentaba por la ciudad que nunca había cumplido una petición, ni siquiera había evitado ciertas injusticias que venían asolando la ciudad desde hace un tiempo, por lo que todo el mundo empezaba a pensar que la supuesta leyenda era mentira. Y así pasaba la estatua, día tras día, contemplando un paisaje vacío.

Ese día la estatua estaba sola de verdad. Durante los días vacíos no era obligatorio quedarse en casa, aunque ninguna persona salía a la calle, hecho al que jamás encontré explicación racional. Podía pasear tranquilamente, sin nadie interponiéndose en mi camino y sin tener que esperar a otra persona. Me sentía la única persona en la cuidad…  y me gustaba. Por eso fui a ver al Soldado de Mitra.

Crucé el puente del Este y me dirigí a la zona de peticiones de la estatua. Tras contemplar un momento los estragos que el tiempo y la falta de cuidados estaban haciendo en ella, me arrodillé en una de las losas y me dispuse a  hablarle de persona a persona:

     -Soldado de Mitra, hoy quiero hablar contigo. Hace tiempo que no haces nada, según la gente de la cuidad. Se supone que eres el protector de la justicia y la verdad, aunque últimamente esta ciudad ha carecido de ambas, y no has hecho nada. No vengo a recriminarte tus acciones, sino a hacerte una pregunta muy sencilla:¿Por qué? ¿Por qué te quedas ahí cuando la gente realmente te necesita? ¿Por qué no escuchas a la gente que te pide ayuda? ¿Por qué?

Sentía que me invadía un sentimiento de rabia que no podía controlar. Normalmente era capaz de controlarme, pero a veces… a veces… deseaba dejar salir todo lo que tenía dentro y arrasar con todo. Pero aquel día no tocaba. Mientras respiraba pausadamente para tranquilizarme, noté la presencia de alguien. Para mi sorpresa, el Soldado de Mitra de había bajado del pedestal y se encontraba arrodillado a mi lado.

     -La gente no suele venir a hacerme ese tipo de preguntas, principalmente porque no vienen. Y mucho menos me descubro ante las personas, a no ser que, en cierto modo, lo merezcan. ¿Quieres saber cómo decido a quién hacer caso y a quién no? Muy bien, estás en tu derecho. ¿Quieres saber si protejo a la cuidad y sus gentes? Estupendo, de hecho la gente debería saberlo. Pero no esperes que te lo diga, porque es algo que se aprende por uno mismo. Sin embargo, si tantas ganas tienes, te propongo un trato, bastante sencillo, he de decir.

Lo que más me sorprendió del Soldado no fue que pudiese moverse o hablar, sino que estaba arrodillado a mi lado, es decir, me consideraba un igual. Por eso, no dudé en responder a su pregunta:

     -¿De qué se trata?

   -Como te he dicho, es algo muy simple: sustitúyeme. Sólo por un día, ni uno más, ocupa mi puesto. Nadie te reconocerá, ni reparará en tu presencia. Sólo te pido que respetes una regla: pase lo que pase, no hagas nada. ¿Te atreves?

     -Espera… ¿Nada? ¿Nada de nada? ¿Todo lo que he de hacer es estar ahí de pie todo el día?

     -Sí. La verdad es que deberías estar una semana entera y no tendría que darte ninguna recomendación, pero me has caído bien.

     -… … … Hecho.

   -¡Genial! Bueno, como hoy es un día vacío y no va a venir nadie, no puedes hacerlo hoy, así que empezaremos mañana, ¿te parece?

    -Bueno, fácil parece.

    -Ya te lo dije. Simplemente ven mañana a mi estatua a las seis. Así nadie verá el cambio. No pasa nada si no vienes, aunque algo me dice que no vas a poder aguantar mucho tiempo sin conocer la verdad… ¿Me equivoco?

Negué con la cabeza y, mientras el Soldado subía de nuevo a su pedestal, me despidió con la mano antes de volver a tomar su inmóvil pose de siempre.

Mientras volvía a casa, pensé profundamente en las palabras del Soldado: “Pase lo que pase, no hagas nada”  ¿Acaso lo que tenía que hacer era lo que ha estado haciendo durante todo este tiempo? Me parecía una idea muy poco inteligente. No podía sacarme esas palabras de la cabeza. Pero, al fin y al cabo, la gente iba a rezarle a él y no a mí. Por algo será.

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