Trabajo de campo

Hum… que olor tan… delicioso… Un embriagador aroma venía del piso de abajo, sin duda era algo dulce. Lo seguí instintivamente hasta llegar a la cocina en la que nacía.

– Sin pensarlo dos veces, me acerqué a la fuente.

-Me parece que a alguien le va a gustar el desayuno…

¿Eh? – me giré. Ziram estaba ahí mismo, en la cocina, acabando el desayuno. Ya había puesto en la mesa un plato de lo que parecían ser tortitas con chocolate, a juzgar por el olor.

-Si sabe tan bien como huele, desde luego que sí.

Empezó a reírse. En una situación normal me habría dado vergüenza, pero con el hambre de aquella mañana tenía otras prioridades, además de que ya empezaba a hacerme a mi nueva casa.

Bueno, no te voy a hacer esperar. Come, hoy va a ser un día intenso – No tardé mucho en hacerle caso. Y como sospechaba, estaba riquísimo.

-No creía que cocinases tan bien.

-Vamos, no es para tanto – se puso colorado – sólo es algo sencillito.

Vino a la mesa cargado con un plato hasta arriba de comida. Solomillo, verduras, pescado, varias piezas de fruta… casi se salia de lo lleno que estaba.

-¿Te… te vas a comer todo eso?

-Eh… sí. Es equilibrado, ¿no?

-Ya, pero… ¡es demasiado! ¿Cómo te va a entrar?

-Tú descuida, acabará entrando. Además, es la comida más importante, mejor que sea en condiciones.

-Una cosa es eso y otra es engullir todo lo de un día en una mañana.

-Es preventivo, por si luego se me olvida comer o no me da tiempo.

No sabía como encajar eso. ¿Olvidarse de comer?

-Estás de coña, ¿no? ¿Se te olvida comer?

-Nah, alguna vez nada más. Sólo si estoy muy concentrado en algo, si no no.

-Ya… por cierto, ¿a qué te referías con día intenso?

No habían pasado ni cinco minutos y si plato ya iba a la mitad. Literalmente engullía. Este tío…

-Es un intento de arreglar lo que pasó ayer con el espectro – me recorrió un escalofrío de parte a parte – para que vayas acostumbrándote a ciertas cosas.

A-Ah… – me empezó a entrar algo de miedo al recordar la escenita de la escoba. No sabía qué decir.

-No te preocupes, sólo vamos a dar una vuelta por ahí. Habrá algún bicho, pero no pasará nada.

-Si tú lo dices…

-Y si alguna vez me ves que me obsesiono mucho con los espectros o soy muy agresivo… hazme un favor y dame una colleja.

Empecé a reírme sin parar. Él también lo hacía, aunque en silencio.


Acabado el desayuno, nos dirigimos a la puerta de la fortaleza. De camino Ziram tomó el cuaderno negro de ayer, su escoba y el pequeño aparatito que parecía invocar a esa nube. En pocos minutos aparecimos en mi antiguo barrio, y como siempre, nadie parecía vernos. Todavía me resultaba extraño aquello de no existir para el resto, era muy raro que nadie notase que una nube había venido de la nada.

-Ya hemos llegado – sacó algo del bolsillo y me lo pasó – Ten, te harán falta.

Eran las extrañas gafas de buceo. Recordaba haberlas dejado en la mesilla de mi cuarto, así que Ziram tendría que haberlas cogido antes de despertarme yo. Decidí no dar más vueltas al asunto y ponérmelas.

El poder ver el mundo desde aquella otra perspectiva era impresionante. Toda la gente aparecía como nubecillas verdes con forma poco definida, caminando, agitándose. Miles de hilos azules partían y llegaban de miles de sitios, especialmente las cabezas de quienes pasaban por ahí. En más de un momento me pareció estar drogada; tal visión era casi alucinatoria.

-En principio hoy iba a ser una clase normal y corriente, pero he pensado que un enfoque más práctico te vendría bien.

– aún seguía ensimismada con las vistas. No me paré a pensar en la pinta que tenía, aunque no sería especialmente normal.

Ziram se puso enfrente mío, moviendo la mano derecha. No era muy cómo de ver, pero estaba ahí.

-¿Me puedes ver bien?

-Eh… sí, más o menos.

-Bien. Hoy te dedicarás a observar el mundo a través de las gafas, ¿de acuerdo? No te preocupes por dónde vas, yo te guiaré. Ah, y si te notas mareada o cansada, paramos cuando quieras.

-Vale, te sigo.

Empezamos a andar. Al principio tenía algo de miedo, ya que apenas podía distinguir mis propios pies. Iba dando tumbos intentando no perder el equilibrio, cosa que no pasó hasta pasado un buen trecho. Por suerte, Ziram me recogió antes de caerme.

-¿Vas bien?

-Sí, sólo he perdido el equilibrio un poco.

-Hum… espera, creo que ya sé cómo arreglarlo.

Se acercó y sin quitarme las gafas, empezó a palparlas, como si estuviese buscando algo. Finalmente escuché un ligero clic y la vista cambió por completo, quedando sólo los destellos verdosos que en teoría correspondían al alma de la gente. No té que el mareo se iba, y que el resto de cosas se veían muchísimo más nítidas.

-Esto será suficiente.

-¿Qué has hecho?

-Las he configurado para que sólo te muestre las almas, mientras que el resto se ve normal. Parece que ver todo a la vez es demasiado fuerte, trabajaremos en ello.

-Por cierto, ¿qué eran esas líneas azules?

-¿Las de color celeste? Información. Van desde cualquier cosa con información hasta aquello que pueda recibirla. Cambian continuamente, como si fuesen una red neuronal.

-¿Y los núcleos? ¿No se ven?

-Sólo si ves todo a la vez, me temo. Así que para aprender de eso habrá que esperar un poco.

-Bueno, dime, ¿cuál es la lección de hoy?

-¿Te acuerdas de lo que te dije acerca de las almas?

-Eh… – dudé un instante – que poseen la personalidad de una persona y que necesitan un cuerpo para no consumirse.

-No está mal. Hoy vamos a ver una especie de alma que no se consume, y que incluso puede crear otras. Aquí cerca hay una, vamos.

Caminamos hasta el parque de un par de calles más allá. Mientras llegábamos, observé detenidamente a la gente que se nos cruzaba. No sabía interpretar lo que veía en ellos, aunque había de todo. La mayoría de las almas estaban calmadas, mientras que otras vibraban sin parar, como si estuviesen nerviosas, y algunas incluso parecían chillar de dolor. Era una visión un tanto espeluznante.

-¿Por qué gritan?

-No todas las almas están igual de bien hechas. Si no la cuidas, tus cualidades empezarán a chocar unas contra otras y a agitarse como si fueses una olla a presión. Las que más sufren acaban emitiendo gritos de dolor muy agudos, están literalmente intentando salir de donde están.

-¿Y no se les puede ayudar?

-Me temo que no. Habría que modificar el alma o meterla en otro sitio. En cualquier caso, su dueño debería morir.

-Vaya… – me sorprendió un poco todo aquello. Realmente había gente que estaba muriendo por dentro sin saberlo y no se podía hacer nada para evitarlo – ¿Y si el alma sigue así, qué pasará?

-Las uniones con cuerpo y mente acabarían rompiéndose, llegando al punto en que cada parte quiere ir por su lado. Y con el tiempo… lo conseguirían.

-¿Seguro que no se puede hacer nada? – insistir no me parecía la mejor opción, pero tenía que hacerlo.

-No vas a parar hasta que te dé una respuesta, ¿eh? – sacidió algo la cabeza mirando al suelo – Por mi parte, no. De hecho, por la de casi nadie.

-¿Casi? ¿Quién podría?

-Recuerdas que te dije que cada núcleo proporcionaba una habilidad en concreto, ¿verdad? Pues hay uno, muy concreto y difícil de encontrar que… podría arreglar estas situaciones. Yo sólo he conocido a una persona capaz de eso, aunque nunca he visto ese núcleo en acción.

-¿Quién?

-Alguien que no estaba agusto con su poder, y que ya no está entre nosotros, por desgracia.

-Oh… – noté que su voz se apagaba algo, quizá se estaba poniendo algo triste al recordar.

-Te daré un consejo para el futuro. Si alguna vez pierdes a alguien querido, no te esfuerces en hacer que vuelva. Revivir algo que no debería nunca sale bien.

-… – Lo dijo muy en serio. Me gustaría preguntarle si lo había vivido, pero ya sería pasarse.

-Vale, ya estamos.

Sin apenas darme cuenta llegamos a un lateral de un parque de tamaño considerable, donde muchos críos estaban jugando. La zona en la que nos sentamos, sin embargo, estaba totalmente vacía y silenciosa.

-Bien, ¿ves algo diferente?

-Eh… ¿qué rayos es eso?

Justo en el centro de aquella zona había algo que salía del suelo, similar al capullo de una flor, esperando el momento adecuado para abrirse, pero era enorme, de casi un metro de altura. A su alrededor numerosas partículas verdes daban vueltas sin parar como si fuesen moscas.

-Yo las llamo rafflesias, esas flores gigantes que huelen que apestan.

-Bejj…

-A pesar de su aspecto, aquí nacen y se alimentan muchos espectros pequeños, es como un refugio para ellos. En ocasiones aparece alguno mayor, pero no es lo habitual.

Sin previo aviso, aquella cosa empezó a moverse y a deformarse.

-¿Eh? ¿Qué ocurre?

-Parece… que va a nacer un espectro. Y de los grandes, creo.

-¡¿Qué?!

-Ponte detrás de mí, puede complicarse – rápidamente empuñó su escoba y se cubrió con ella.

La flor seguía retorciéndose, y se notaba que algo intentaba salir de ella, aunque sin éxito.

-¿Y si… lo ayudamos a salir? – me pareció descabellado, pero algo me decía que no iba a poder salir de ahí sin ayuda.

-¿Va en serio? No sabemos qué habrá dentro.

-No será muy fuerte si no puede salir de ahí, ¿no?

-Eh… mira, es un buen argumento. Vale, le daré un toquecito. Un paso atrás.

Ziram, escoba en mano, se agachó ligeramente y sin pensarlo dos veces corrió hacia la flor y le sacudió con fuerza con la escoba, hasta casi aplastarla. No pasaron dos segundos hasta que la flor le devolvió a donde estaba con una pequeña explosión, no lo suficientemente fuerte como para tirarlo.

-¿Y eso es un toquecito?

-Son más duras de lo que parece. Bien, veamos qué ha salido.

Nos acercamos lentamente a lo que quedaba de la flor. Había numerosos hilos de color pistacho por todos lados, además de una masa verde en el centro, inmóvil.

-¿Está… muerto?

-No, sólo inconsciente – se arrodilló para observarlo mejor.

-¡Ten cuidado!

Quedaban pocos centímetros entre la mano de Ziram y el suelo cuando de repente esa cosa pareció despertarse, viéndose de un color mucho más brillante, e incluso azulado. En una fracción de segundo se abalanzó contra Ziram con mucha fuerza, y tirándolo esta vez.

-¡Ziram!

Nada más ponerse de pie, empezó a mirarme fijamente. No pasaba del metro de altura, tenía las piernas anchas y no muy largas, brazos cortos pero con músculo, tres colas de aspecto peludo, la del medio mucho más frondosa que el resto, un penacho de pelo en la cabeza hacia arriba y dos largas orejas de conejo.

-… – estaba muerta de miedo, este espectro no parecía muy indefenso precisamente.

Corrió hacia mí, aunque no tan rápido. Retrocedí de inmediato, pero perdí el equilibrio y tuve que ir hacia atrás como su fuese un cangrejo, hasta que logró acorralarme contra un árbol. De un salto se me subió al vientre y me miró directamente a los ojos, como si estuviera reconociéndome. No tenía ojos, sólo dos puntos brillantes que se movían como tales. El miedo me impedía reaccionar, y saber que había derribado a Ziram como si nada no me ayudaba en absoluto.

Finalmente Ziram se levantó y vino a ayudarme. Acto seguido, el espectro se dio la vuelta y se puso entre nosotros. Si no fuese una locura, habría jurado que intentaba protegerme de Ziram, que venía dispuesto a todo. Cuando pude levantarme, el espectro seguía pegado en su sitio, y no dejaba que Ziram se acercase.

-¿Ziram… qué ocurre?

-Si no lo veo no lo creo… – empezó a carcajearse – ¡Te está protegiendo!

-Pero… ¿por qué?

-Qué interesante… debe pensar que al tener yo dos almas y tú ninguna, iba a por ti. O eso, o te protege porque estar cerca tuyo le ayuda a no desaparecer.

-¿Qué quieres decir?

-Aunque un espectro no tenga cuerpo, instintivamente se ve atraído hacia ellos para intentar ocuparlos. Pero parece que en este caso… con estar cerca le vale. De hecho, creo que a tí te pasa algo parecido, ya que no tienes alma. No lo había visto nunca.

-Y… ¿qué hacemos?

-Yo lo quitaría de en medio, pero… es algo único, y puede que nunca lo vea otra vez.

Seguía en sus trece de protegerme. No comprendía muy bien el por qué… me daba la sensación de que no era tan salvaje como Ziram me lo había descrito.

-Tengo una idea. Con suerte, podré reconstruir la rafflesia para que pueda vivir aquí sin problemas, y podemos venir a verlo de vez en cuando, ¿te parece?

Me sorprendió que tomase una decisión tan… humana. Parecía realmente intrigado por saber más de aquel extraño ser. De hecho, aunque le costó, empezó a dibujarlo en su cuaderno, como si de un descubrimiento de tratase. No dejó que lo tocara, pero no le pegó de nuevo.

Ya empezaba a hacerse algo tarde. Sentía pena al dejarlo atrás, pero no quedaba otra opción por el momento.

-Oye… ¿y si le ponemos un nombre?

-Si cuando volvamos sigue con vida, perfecto.

¿Quieres jugar? – 3

Estuve un buen rato pensando. En Sheila. En Jill. En toda la gente que conocía. Muchas personas habían pasado por mi vida. Sólo pasado. Pocas se habían quedado. El tiempo pasaba. Yo no olvidaba a casi nadie… pero mucha gente parecía olvidarse de mí. Y lo peor era que yo no hacía nada por evitarlo. Año tras año, la gente cambiaba. Crecía. Maduraba. Hacían su vida unos con otros.

Yo no.

Nunca me ha gustado mucho la gente. Pero quiera o no, la necesito como cualquier otra persona. No había tenido muchas amistades duraderas… ni había luchado por mantenerlas a flote como habrían hecho muchos. No era consciente de las consecuencias de estar solo… hasta que lo comprobé por mí mismo. Y como tampoco me parecía terrible ir por mi cuenta, no cambié de actitud.

El problema fue que la gente cambio.

La gente ya no me olvidaba como antes. Sabían quién  y cómo era. Al cabo de un tiempo, seguían recordándolo. Por lo visto querían que entrase a formar parte de sus vidas.

Pero seguía sin hacer nada. A la vista de los demás, yo rechazaba a la gente. En cuanto se perdía el contacto, se perdía para siempre. Era como si yo fuese quien los olvidaba.

Jill vino como una persona más. Nos conocimos, hicimos amistad en seguida, nos divertíamos… lo normal. Pero cuando llegó el momento en que normalmente me alejo de quien conozco… Jill no lo hizo. A pesar de que ya no estábamos en contacto como antes, él seguía interesándose por mí. No me sorprendió demasiado, ya esperaba en que la relación se esfumase por mi falta de interés.

Me equivoqué.

Llegó el día en que ya ni hablábamos, y las pocas veces que lo hacíamos, Jill me seguía hablando como el primer día. No parecía que hubiese pasado el tiempo desde aquellos primeros días. No entendía por qué, pero tampoco quería saberlo.

Con Sheila ocurrió algo diferente. La conocí a la vez que a Jill, incluso acabamos siendo buenos amigos los tres. Pero ella era diferente al resto de las personas. Para mí lo era. Por primera vez en mucho tiempo, no quería ser olvidado. No quería que ella me olvidase. ¿Motivos? No parecía haberlos. Simplemente estaba cómodo con ella.

Pasaron los años. Sheila seguía el mismo camino que Jill, seguían a mi lado. Yo no hacía nada especial, simplemente seguía a mi rollo, aunque ahora estaban estos dos al lado. Y no quería que se fuesen. Ninguno.

La relación con Sheila debía de ser más fuerte. Siempre procuraba que no me olvidase. Que quisiera estar conmigo. Que tuviese el mismo mido a que me olvidase de ella como el que yo tenía. No prestaba atención al resto de la gente. No me hacía falta.

Le dije a Jill la verdad, cómo veía a Sheila. Decidí comprobar si mis esfuerzos habían valido la pena. En principio siguió a mi lado… pero nada más. Me conformé con mantener nuestra relación todo lo que pude. Pero el tiempo se acababa… y sabía que tarde o temprano tendríamos que separarnos.

Sin embargo, y como pasó con Jill, no me olvidó. Charlábamos de vez en cuando. Nos contábamos muchas cosas, quién sabe si eran oscuros secretos. A los ojos de ella, seguía siendo un buen amigo, diferente pero agradable. Ojalá la hubiese visto así…

Cada día que pasaba veía cómo Sheila iba haciendo su vida. Bien o mal, seguía adelante. Eso me hacía sentir raro. No conseguía sacármela de la cabeza. Todos los días pensando en qué hacía, recordando todo lo que vivimos juntos.  Llegué a desear no recordarla. Imposible. Con el tiempo, lo único que veía era cómo las posibilidades de que Sheila acabase olvidándome aumentaban sin parar. Tenía miedo de que lo hiciese, pero no hacía nada por mejorarlo. Siempre había el riesgo de meter la pata y romper la relación… aun intentando fortalecerla.

A media que pasaba el tiempo, mi relación con el resto del mundo se iba volviendo más fría. Prefería estar solo. No me importaba lo que pensase el resto de mí, si me consideraban buena o mala persona. Me daba igual. Mucha gente me dijo que no era bueno aislarse de ese modo. Yo sólo lo veía como la única forma que tenía de ser, de vivir. Nada podía dañarme de esa forma. Opiniones, críticas, influencias… todo quedaba fuera.

No sabía cómo seguir. Las cosas podían acabar mal tanto si hacía algo como si no. Quizá era mejor que me olvidasen, como acababa haciendo todo el mundo. No podría hacerlos daño, y no tendrían que esforzarse en una causa perdida como yo.

Sin embargo… tampoco quería que se fuesen. Y probablemente, ellos tampoco. Me hacían sentir diferente a como era antes, consiguieron que incluso yo me interesase por sus vidas. Era alguien completamente distinto, como si sacasen una parte de mí que yo mismo desconocía.

¿Qué debía hacer: ir a lo seguro o jugármelo todo?

Quizá no tengas que tomar ninguna decisión… mi… querido… Sahul…

¿Quieres jugar? – 2

-(Está detrás de mí… ¿Qué se supone que tengo que hacer?)

“Sólo hay una regla: no dejes que te atrape”

-(Bah, a la mierda, todo o nada)

Empecé a correr como un loco por la calle, intentando alejarme de ella lo más rápido posible. No miré atrás, no pensé en dónde ir. Sólo corrí.

-(¿Quién me mandaría a mí leer ese maldito cartel…?)

Pasaron cinco minutos hasta que me empecé a cansar. Seguí algo más, para asegurarme de estar bien lejos. No me iba a venir bien tanto esfuerzo de golpe, pero ya no tenía mucho más que perder.

Ya estaba sudando la gota gorda. Además, correr con la mochila a cuestas no era lo más cómodo ni fácil del mundo. Pensé en dejarla tirada por ahí, pero mi instinto me decía que probablemente me sería de ayuda.

-(Arf, arf, arf…)

Me refugié en un portal cercano para recuperar el aliento. Hacía tiempo que no corría tanto, y se notaba. Jadeos, dolores, ya se empezaba a nublar la vista… y el hecho de que no era precisamente un atleta.

Miré a izquierda y derecha del portal. No estaba. Bien, por fin un respiro. Tampoco había nadie en esta zona. Me senté en el suelo para descansar aunque solo fuesen unos segundos. Intenté la opción más rápida: despertarme, o al menos intentarlo.

Nada. La sensación era mucho más diferente de en un sueño normal. Podría ser un sueño mucho más profundo para que notase tanto… realismo.

Intenté analizar la situación detenidamente, recordando todo lo que podía de aquel cartel. Ya sabía que debía huir, y que las cosas no tenían sentido aquí. Pero decía más cosas…

-(¿Cómo era… “Olvídate de la gente que conoces, nadie te ayudará aquí”?)

Si el cartel estaba en lo cierto, debía afrontar esto solo. Aunque algo me asaltó la mente: ¿para qué advertir de que la gente no es de fiar, si ni siquiera había gente por aquí?

Decidí mi siguiente movimiento: ir a ver al Jill de este mundo. Me serviría para poner a prueba las palabras del cartel, además de estar en un sitio más seguro que en plena calle. Sabía que era una mala idea.


-(Bueno, veamos qué tiene preparado el destino ahora…)

No tardé demasiado en llegar a casa de Jill, vivíamos relativamente cerca. Lo que fue difícil fue abrir la puerta del portal, ya que no contestaba al telefonillo. Pensé en un momento en irme de allí, pero se me ocurrió algo más impulsivo. No había nadie en toda la calle, así que agarré la mochila con fuerza y la usé como ariete par romper el cristal.

-(Sabía que la mochila me serviría de algo…)

Hubo ruido, bastante de hecho por el eco entre los grandes edificios de la calle. Me preocupó alarmar a mi perseguidora, pero no la vi por ningún sitio. No la había visto desde que salí corriendo de la parada del autobús. Si esto realmente era real y me estaba volviendo loco… me iba a meter en un buen lío.

-(Por favor, que me equivoque…)

El ascensor subía lentamente hasta el séptimo piso. No me parecía el lugar más seguro, pero subir todos esos pisos andando era aún peor que dejar que me atrapase.

-(¿Y si está, qué le digo yo a éste ahora? ¡Me tomaría por loco!)

Realmente iba a ciegas en ese momento. No sabía si iba a encontrarlo, y mucho menos si podía confiar en él. El cartel ya me había advertido que no. Ojalá se equivocase…

-(Esto es raro… la puerta parece forzada)

Forzada no, lo siguiente. No había ni cerradura. A través del hueco de la puerta se podía ver toda la casa revuelta y patas arriba, como si hubiesen entrado a robar.

-¿Jill? ¿Estás aquí?

Nadie contestó. Decidí entrar. Sorteé como pude todo lo que había tirado por el suelo hasta llegar al dormitorio. Tenía curiosidad por saber si las reglas seguían siendo diferentes. ¿Qué diría el Internet de este sitio?

-(Será mejor que cierre la puerta…) – Intenté bloquearla con alguna cosa que encontré por ahí, aunque sabía que era algo bastante inútil.

-(Veamos qué le pasa al mundo hoy…)

Encendí el ordenador. Con lo descuidado que era Jill, ni siquiera me preocupé de una contraseña que no existía. Sabía que podía encontrarme cualquier cosa, como ocurrió con el reloj. O como en este caso, no había casi nada, sólo la ventana del chat abierta.

-(Imposible… si acabo de encenderlo… Hey, parece que estaba hablando con alguien)

Vi unas cuantas frases en la parte superior de la ventana, pero nada más intentar leerlas las letras empezaron a cambiar rápidamente.

-(Perfecto, ahora esto… Me pregunto quién estará al otro lado…)

Sheila: Jill, ¿estás ahí?

-(No, cualquiera menos ella… por favor, que no seas tú…)

Era innegable. Era ella. Hacía unos seis meses que no sabía nada de ella. ¿Por qué? ¿Por qué no podía sacármela de la cabeza? ¿Qué tenía de especial que hacía que se anclase en mi cerebro como una garrapata?

-(No… esto no puede estar pasando…)

Sheila: Jill, dime algo, estás empezando a preocuparme.

-(¿Qué hago ahora? ¿Le cuento la verdad o me hago pasar por Jill?)

Demasiado poco tiempo para tomar una decisión tan grande. Tenía que responder o sospecharía algo. Y lo que menos quería es que, fuese ella de verdad o no, entrase en este embrollo.

Jill: Sí, estoy aquí. 

Tenía que pensar como Jill, ponerme en su pellejo, para no levantar sospechas.

S: Vaya, por fin contestas. ¿Pasaba algo?

Manos a la obra. Si pudiese conseguir cualquier información de este lugar, bienvenida sea.

J: Nada, estaba en el baño.

S: Esos detalles sobran, ¿vale?

J: Pues entonces no preguntes, que algún día te va a pasar factura.

S: Todavía no sé cómo te aguanto. Por cierto, ¿qué tal ayer?

J: Eh… refréscame la memoria, ando algo perdido.

S: ¿No se supone que quedaste ayer?

Vaya, Sheila sabía que Jill y yo íbamos a quedar. Extraño. Me pregunté por qué no vino, aunque no tardé en encontrar un motivo razonable.

J: Ah, sí, ya me acuerdo.

S: Lo tuyo ya no tiene remedio. En fin, ¿qué te dijo? ¿Cómo le va?

No me lo podía creer. ¿Sheila estaba preguntando por mí? No es que me pareciese algo extraño digno de una conjunción astral, pero me pareció… un poco cotilla. Decidí responder, esta vez por mí mismo.

J: Si hubieses venido lo sabrías.

S: Ya estamos otra vez. ¿Quieres dejar ese tema ya? No… no quiero verle, eso es todo.

J: Ya. Y sin embargo preguntas cómo le va, ¿no?

Seguro que estaba poniéndose roja como un tomate. Incluso si no fuese ella de verdad. Empezaba a estar cómodo aquí.

S: Oye, tú y yo vamos a acabar teniendo un problema, ¿eh?

J: Bueeeno, no te enfades. Le va bien. Con baches y tirando poco a poco, pero bien. ¿Contenta?

S: ¿Tanto te costaba?

J: Pues qué quieres que te diga, si. Podías haber venido ayer con nosotros, fue bastante entretenido. Aunque no lo quieras ver a diario, al menos un día. 

S: Ya lo sé, pero… no me sentiría cómoda. Todavía no me creo que lo haya ignorado todo este tiempo…

¡¿Lo sabía?! ¿Jill se lo había contado?

-(Y mira que le dije que guardase el secreto… ¡Jill, te voy a matar!)

Decidí lanzar algo desesperado. La situación lo requería.

J: ¿Aún no has pensado en decirle nada?

S: ¿Yo? ¿Y por qué no lo hace él? ¿Por qué en todos estos años no ha dicho nada? Que tampoco era tan difícil…

J: Si no me equivoco, tú has estado también en esa situación… 

S: Ya, pero yo me he lanzado. Vale, me he estrellado siempre, pero al menos lo he hecho. ¿Por qué él no puede?

J: Quizá por miedo.

S: ¿Miedo a qué? ¿Al rechazo? ¿A un no? No creo que sea peor que cargar con eso todos estos años.

J: Vamos, piensa un poco, ya sabes cómo es. Siempre va a lo suyo, no cuenta apenas nada, no se relaciona… bastante me cuesta ya sacarlo de vez en cuando. Confía en muy poca gente; tú y yo somos de los pocos afortunados que han conseguido traspasar esa burbuja en la que vive.

S: No creas que me vas a hacer sentir culpable con eso.

J: No lo intento. Sólo quiero que te des cuenta de que… tiene a muy poca gente a su lado. ¿Cómo reaccionaría si una de las relaciones que tanto le ha costado crear se va al garete de la noche a la mañana? ¿Cómo podría volver a confiar en nadie después de eso?

S: Mira, se acabó. No quiero seguir con este tema.

Y se desconectó. No me creía lo que había hecho. Había hablado con Sheila de lo que sentía por ella… Y… por fin había descubierto qué me impedía seguir adelante…

Al final, todo era miedo…

Miedo a estar solo.

Como ahora.

¿Quieres jugar?

“¿Quieres jugar?

Empieza por suponer que tu mundo no es tu mundo. Que nada de lo que piensas, sientes o haces es cosa tuya. Olvídate de la gente que conoces, nadie estará aquí para ayudarte. Olvídate de todo lo que sabes, las reglas son muy distintas. No podrás pensar en otra cosa más que en seguir corriendo e intentar escapar… si puedes.

Sólo hay una regla: no dejes que te atrape.

¡Que comience el juego!”

-(…)

Curioso cartel.

-(En serio, ¿a quién se le ha ocurrido poner esto en mitad de la calle?)

Volví al banco. Jill no tardaría en llegar. Ya hacía casi un año que no nos veíamos: entre los estudios, el trabajo y demás apenas coincidíamos, como mucho chatear y poco más. Ya tenía ganas de quedar otra vez con él, como en los viejos tiempos.

Apareció doblando la esquina. Alto, algo corpulento, con el pelo corto, barba de pocos días, chaqueta y los típicos vaqueros.

-Volvemos a vernos – le dije aún sentado.

-Si – me levanté para saludarlo con un apretón de manos. – ¿Cuánto tiempo hace, un año?

-Más o menos. Bueno, ¿adónde vamos?

-Conozco un buen bar cerca de aquí, si quieres podemos tomar algo.

-Marque el rumbo, capitán.

En pocos minutos llegamos a aquel bar. Él pidió un refresco. Yo una botella de agua. Generalmente pido algo de picar, pero… no me apetecía demasiado. Había algo que me intrigaba.

-¿No pides nada más? Mucho has cambiado tú…

-No, no tengo hambre hoy.

-Huy, huy, huy… a tí algo te pasa. Venga, cuéntaselo al Tito Jill.

-Jill, por favor…

-A ver, dime… ¿es por quien yo creo que es?

Perfecto. Recordándome que llevaba encaprichado de la misma chica desde hace años y que todavía no me había atrevido a decirle lo que sentía.

¿Qué? ¡No!

-Ya… pero quizá sea por otra cosa… u otra persona…

-…

-Vamos, despierta de una vez. No puedes estar siempre encerrado en esa coraza. Algún día tendrás que soltarlo todo.

-Lo sé.

-¿Y por qué no lo haces?

Ni yo mismo lo sabía. Incluso la gente con la que coincidía a diario apenas sabía nada de mí. Yo no hacía nada por solucionarlo… estaba agusto. Pero desde hace tiempo me iba asaltando la duda. ¿Por qué era así? ¿Aparentaba ser algo que no soy o simplemente era mi personalidad?

-¿Hay alguien ahí?

-¿Eh?

-Te has quedado embobado, como siempre.

-…

-Cambiando de tema… hay una chica detrás tuyo que no ha dejado de mirarte desde que hemos entrado.

-¿En serio? – Y como cualquiera habría hecho, me giré. O al menos lo intenté antes de que Jill me parase.

-Hey, no te gires, parece tímida.

Decidí seguirle el juego.

-Bueno, venga, dime. ¿Como es?

-A ver… – Levantó la cabeza para observar sin ser visto – pelirroja, alta, algo delgada…

-¿Con gafas?

-Sí. ¿La conoces? ¿Sabes quién es?

-No. No sé cómo se llama, ni he hablado con ella en la vida.

-Eh… es una broma, ¿no?

-Me temo que no.

-¿Y cómo sabes que tenía gafas? No me vengas con que ha sido pura suerte.

-Lleva observándome desde hace… a ver que cuente… cinco años, si no me equivoco.

-¡Cinco años! ¡Cinco! ¿Y ni siquiera sabes cómo se llama? ¿Tú estás tonto o qué?

-Nah, no me interesa.

-Que no te interesa… ¿no has pensado que puede estar en la misma situación que tú? ¿Sin atreverse a decir nada por miedo a no merecer lo que quiere? 

-…

-Tienes que decidirte de una vez. O te lanzas al vacío… o empiezas a fijarte algo más en el resto del mundo. No te conviene seguir así.

-…

-Piénsalo al menos, ¿vale?

-Que sí, pesa’o.

-Más te vale. Y ahora cuenta, ¿cómo te va en lo tuyo? ¿Sigues como siempre?

Seguimos charlando de cualquier tema hasta que empezó a anochecer. Era increíble cómo el tiempo podía pasar tan rápido cuando hablábamos, aunque fuesen las mayores tonterías del universo. No estaba así de cómodo con cualquiera.

-Bueno, ya nos volveremos a ver. Y a ver si no es al año que viene.

-Vaaaale, haré un esfuerzo.

Aquella noche no pude dormir muy bien. Lo más lógico habría sido que las palabras de Jill me estuviesen manteniendo en vela, pero… no era eso. Por alguna absurda razón, era ese dichoso cartel. Lo que decía era perturbador…


-(Ay… menuda nochecita…)

Bueno, pues a esperar al autobús para ir a clase. Apenas había dormido pensando en el dichoso cartel, así que parecía literalmente un muerto viviente.

-(Vaya, hoy el autobús se retrasa… ¿habrá atasco?)

Y seguía sin venir. Algo gordo tendría que haber pasado, nunca había tardado tanto. Pero el autobús no era lo único que no pasaba…

-(Qué raro… no veo a nadie por aquí…)

Comprobé la hora, como si fuese a cambiar algo.

-(Esto es muy raro…)

Por fin vi a alguien a lo lejos. Una sola persona. Quieta. Mirando al suelo. No se le veía la cara. Pero por su aspecto… pude reconocer quién era.

-(Uh… ¿qué hace ella aquí a estas horas?)

Era la chica del bar, la que Jill había notado verme de forma furtiva. Ya estaba acostumbrado a verla girarse en cuanto la miraba, pero… ahora daba miedo. Estaba al otro lado de la carretera, enfrente de mí.

-…

Levantó la cabeza rápidamente. Fue aterrador. Tenía la mirada perdida, como si estuviese en trance. Movía la cabeza de un lado a otro lentamente, como si estuviese siguiendo el ritmo de una melodía. Pero a excepción de mi reproductor de música… no sonaba nada. Y sólo yo podía escucharlo.

-…

Empecé a ponerme nervioso. Ahí seguía, inmóvil, sin hacer nada, moviendo la cabeza al ritmo de la música que sólo yo escuchaba. Todo estaba siendo muy raro. Lo más probable es que fuese un sueño. No estaba seguro, pero fue lo primero que se me ocurrió.

Volví a mirar la hora. Sin sentido, pero volvía hacerlo. Las agujas no se movían. Esperé unos segundos. Nada. Pensé en que se hubiese parado, pero la hora no tenía sentido, hace unos minutos lo había visto funcionar.

“Olvídate de todo lo que sabes, las reglas son muy distintas.”

Recordé la frase de aquel cartel. Era lo único que parecía encajar aquella mañana. No había nadie salvo ella, el tiempo no parecía pasar, las cosas estaban volviéndose cada vez más raras…

Volví a mirar donde estaba la chica. No estaba.

-(Por favor, que no esté donde creo… que no esté donde creo…)

Empezó a ponérseme la piel de gallina. También a sudar. Un sudor frío cargado de miedo. Y a los pocos segundos, un susurro confirmó mis sospechas:

-¿Quieres jugar?

Dar el paso

-(Oye, ¿no hay alguien subido en la azotea?)

-(Sí, sí que… espera, ¿qué hace? ¿Por qué se sube a…? ¡S-Se va a tirar! ¡Hay que avisar a la policía!)


-(Curioso día… normalmente hace bueno en esta época del año…)

Comienzan las sirenas.

-(¿Hum…? Oh, ya ha llegado la policía… qué bien…)

Varios coches patrulla comienzan a poblar la carretera frente al edificio. Los guardias comienzan a acordonar la zona y a alejar a los curiosos.

-(Y mucha gente… bah, qué más da.)

Algunos señalan a lo alto. Otros gritan, como si quien estuviese ahí arriba fuese quien más les importa. Hay quien incluso hace fotos. Cualquier cosa es válida para la red.

-(Me pregunto cuánto tardará esto en convertirse en noticia… veámoslo.)

Saca su móvil del bolsillo. En pocos segundos se conecta a la red y busca lo que le interesa. Más de medio millón de resultados para “Suicida en la calle principal”, de los cuales un millar estaban en la fecha correcta. No habían pasado ni diez minutos desde que se le pudo ver desde abajo.

-(Ay… ¿tan vacías están sus vidas que tienen que meterse en la mía?)

Fija su mirada en la gente. No conoce a nadie. Todo el mundo está mirando al mismo sitio, aunque no sepan siquiera quién es. Caras angustiadas, tristes… por un completo desconocido. Podía verse algún brote que intentaba convertir la concentración en un disturbio, ante la labor contenedora de los guardias. No tenían que hacer frente a estas situaciones muy a menudo, pero eran conocidos por ser de porra fácil.

-(Oh, ha venido. No tardará mucho en subir.)

Algo captó la mirada entre el gentío. Una persona en concreto. Su melena oscura y su rostro eran inconfundibles. No se supo qué hizo, pero atravesó el cordón policial y entró escopetada en el edificio. Varios agentes intentaban frenarla a los pocos metros de la puerta.

-(¿Debería echarle una mano?)

Se colocó en el filo del bordillo de la azotea, a punto de saltar. No pensaba hacerlo en ese momento, pero captó la atención de los guardias. Pudo entrar sin problemas. Tras perderla de vista, se alejó del borde.

La puerta de la azotea se abrió tras unos minutos. Quería correr hacia donde estaba, pero pensó que quizá se tiraría. Decidió ir lentamente. La estaba mirando. De espaldas, pero mirando. No era la misma mirada de otros días. Era fría. Penetrante. Intensa. Parecía que podía mirar hasta la propia alma. No se le podría esconder nada.

-Has venido. No estaba seguro de si aparecerías o no.

-O-Oye… ¿qué haces?

No podía haber dos voces más diferentes. La de él era monótona, sin ninguna emoción en sus frases y sus sentencias. La de ella, por el contrario, estaba cortada por los nervios y los sentimientos encontrados en ese momento.

-Acércate, sin miedo. Ya he tomado mi decisión, así que… no hay peligro.

-¿E-Estás… seguro?

-Para bien o para mal, sí.

Se acercó a él, paso tras paso. Meditaba antes de dar el siguiente, sin perderlo de vista ni un instante. Estaba tranquilo, con las manos en los bolsillos, mirando al tendido. Curioso cómo el resto de la gente pasaba por un gran sufrimiento.

-(¡Q-Que se tira!)

Se sentó en el borde de la azotea. Invitó a ella a hacer lo mismo, pero no quiso. No le importaba. Podría hablar con ella aunque estuviese detrás de él, temblando como una hoja.

-¿P-Por qué?

Por fin hizo la pregunta que ambos estaban esperando. Nadie quería hacerla, pero era inevitable. No se veían apenas, quizá dos o tres veces al año. Alguna vez quedaban de forma esporádica, para contar anécdotas y recordar el pasado. Pero la charla nunca duraba demasiado. El tiempo había hecho mella en esa relación tan peculiar.

-Si te soy sincero, no tengo una respuesta a eso.

-¿C-Cómo que no? ¿M-Me estás diciendo que vas a suicidarte sin una razón?

Parecía más alterada de lo normal. No le gustaba esa situación. No sabía cómo arreglarlo, así que se dejó llevar.

-Razón para suicidarme, no tengo. Sin embargo, tampoco tengo razones para hacer ninguna otra cosa.

-¿Qué?

-Mi camino se acaba aquí, eso es todo.

-¡Mentira!

Acabó enfadándose. Esa actitud serena incluso en los peores momentos la ponía enferma. Lo había comprobado en el último año, cuando no reaccionaba ante casi nada. No se callaba sus opiniones, por crueles y poco convenientes que fueran. Tampoco podría mentir, sería peor todavía. Lo único que le quedaba era ser aséptico y pasar de todo.

-…

-¿Ya te has olvidado de lo que me dijiste? ¿N-No querías cambiar las cosas?

-Sabes que no.

-¿Entonces simplemente te has rendido?

-Simplemente ya me da igual. Mírame, estoy sentado en una azotea, frente a una caída de más de diez metros. ¿Crees que ahora me importan mis anteriores metas?

-P-Pero… ¡tiene que haber una razón para que no lo hagas!

-Adelante, soy todo oídos.

Se dio media vuelta, se espaldas al gentío. Se podían escuchar los gritos al más mínimo movimiento. Los guardias seguramente estaban pensando en cómo atajar la situación.

-¿No has pensado en tu familia? ¿Cómo afrontarán esto?

-Casi toda mi familia ha pasado de mí olímpicamente. Nunca se han preocupado lo más mínimo, como si yo no existiese. Ni siquiera cuando algo grave pasaba, nadie se molestaba en ver cómo estábamos en casa. Y mucho menos reconocer la verdad. Ninguno de ellos ha hecho algo que merezca la pena en la vida; al parecer yo se lo he estado recordando una y otra vez. Y los que no ha pasado de mí, ya no están. Dudo mucho que nadie se moleste por esto. Quizá hasta les haga un favor.

-Lo…

-No lo sientas, no tienes por qué. Ya es parte del pasado, no hay forma de cambiarlo.

-Y… ¿no hay nadie importante en tu vida?

La conversación era cada vez más difícil. Ella no se sentía nada bien al escuchar todo aquello, y él jamás lo había sacado a la luz.

-La vida es difícil cuando eres diferente. Tú ya deberías saberlo. La gente no nos entiende, nos considera extraños, condena nuestra forma de pensar. Todo está definido en base a algo que es “normal”, y en cuanto aparece algo diferente, por miedo a que suponga una amenaza, se elimina. Nuestra vida siempre ha estado llena de obstáculos, se nos ha negado todo lo que al resto por derecho le corresponde. Nadie aprecia lo que hacemos, ni ven a lo que podemos llegar. ¿Crees que en un mundo así le importo a alguien?

-…

Empezó a llorar. Todo lo que había dicho lo había sufrido en sus propias carnes. Cada fracaso en la vida, cada decepción, cada noche gritando sin consuelo. Era innegable. No los aceptaban. Nadie se preocupaba por ellos. Estaban solos en el mundo, y lo único que podían hacer era sobrevivir por uno mismo.

Su mente estaba confusa. Algo habría que pudiese hacerle cambiar de idea. Lo que fuese, lo más básico, algo que arraigase en lo más profundo.

-¿Y… y yo…?

Jamás otras palabras costaron tanto pronunciar.

-¿Tirando de sentimentalismos para intentar convencerme? Arriesgado, pero no por ello despreciable.

-…

-Si te lo estás preguntando, sí que significas algo para mí. Sabes cosas de mí que nadie sabe. Puedes comprender lo que he pasado mejor que nadie. A pesar de nuestro poco contacto, siempre había algo que me quitaba el sueño. Ha sido así desde que nos conocimos. No pude hacer nada como antes después de que entrases en mi vida. Ni siquiera cuando ya no estábamos juntos seguías teniendo un gran efecto. Nunca nadie llegaba donde tú pusiste el listón.

-… -Hacía minutos que no podía contener las lágrimas. Más por lo que estaba oyendo, era porque no estaba logrando nada. Lo iba a perder.

-Cada sueño en el que te colabas, cada recuerdo grabado en mi memoria, cada mensaje… las pocas veces que nos veíamos no hacían otra cosa sino empeorarlo. Desde aquel primer día de clase… te adueñaste de mí. Yo ya no era yo. Ni siquiera pude atreverme a decirte lo que sentía. ¿Miedo, vergüenza, falta de interés? Quién sabe. Sabía que podría estar a tu lado, un apoyo que tanta falta hace en la vida. Pero no me veía en esa situación. Quería, pero a la vez no. Algo me frenaba siempre.

-… Y-Yo…

-Ya lo sé. Hace tiempo que lo sé. Y aun sabiéndolo, no hice nada. Me quedé quieto, viendo pasar el tiempo. Una oportunidad tras otra, desperdiciada. No quería saber nada de algo que no estaba intentando evitar. Veces y veces preguntándome lo mismo: “¿Estaré haciendo lo correcto?” Y ver todo el tiempo que no…

Dejaron de hablar durante un rato largo. La policía ya tenía pensado el plan de entrada en el edificio, con un psicólogo y demás personal para evitar lo que, por otro lado, era inevitable.

Se acababa el tiempo. Si quería hacer algo, debía hacerlo ya.

-Supongo que esto cuenta como nuestra quedada anual.

-Supongo… – Se había sentado con él en el borde de la azotea, mirando a la gente que se ponía cada vez más nerviosa y descontrolada. No se molestaba en contener las lágrimas, a pesar de que ya eran inútiles.

-No pienses que esto es culpa tuya. Ni de nadie. Es lo que he elegido. -Se volvió a poner de pie, de nuevo en el límite. –Perdóname por dejarte sola.

Se miraron una última vez antes del momento del golpe. Quería seguir mirándolo, pero los enfermeros se apelotonaban alrededor, intentando reanimarlo. Los guardias hacían lo posible por contener a la gente, que ya empezaba a alborotarse. Todo acabó como se sabía que iba a acabar.

-No te preocupes… nos volveremos a ver… pronto.

El reino de Morfeo

Esa noche no pude dormir.

Nada, por mucho que lo intentaba, ni un poco. Mi segundo día con Ziram y había logrado traumatizarme, y se supone que esa era mi nueva vida.

Y además, seguía haciendo mucho calor.

Imposible dormir.

Pensé en salir al patio de los cultivos y dar un paseo. Me levanté, recoloqué rápidamente las sábanas y me dirigí a la ventana. No había nadie en ese momento. Ziram estaría durmiendo, seguramente. El silencio era increíble, demasiado como para no inquietar. Nada más salir al pasillo bajé las escaleras procurando no hacer ruido y llegué al patio sin problema.

Me senté en los escalones por los que se bajaba al suelo, contemplando el cielo. Había luna llena esa noche. Era… tranquilizadora, hacía que lo de aquella mañana no fuese más que una anécdota, en vez de la terrible experiencia que fue en realidad.

No volvía cruzar palabra con Ziram desde lo del espectro. Ni en la comida, ni en las horas de después… ni siquiera a la hora de dormir. Siempre lo encontraba atareado allá donde fuese: preparando la comida, trabajando el suelo, leyendo… no me atreví a hablar con él por miedo a cómo reaccionaría. Lo único parecido a contacto que tuvimos fue el pijama de verano que probablemente me dejó en la cama antes de que me fuese a dormir. Era más cómodo que la ropa de antes, y sorprendentemente volvió a acertar con la talla. Tenía muchas dudas. ¿Quién era Ziram? ¿Por qué ese comportamiento tan volátil? ¿Y de dónde sacaba esa ropa?

Al poco tiempo de sentarme, me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Me dejó helada, tanto que empecé a tiritar aun haciendo tanto calor. Dirigí la vista al patio de nuevo.

No estaba sola.

Había alguien de pie, mirando también a la luna. La oscuridad lo cubría por completo, aunque me pareció que era Ziram. Me levanté sin pensarlo dos veces. No quería hablar con él, pero esto no podía seguir así. No buscaba una explicación, una disculpa… ni siquiera un hola. Por alguna razón, sólo quería estar con él otra vez.

No pude reaccionar a tiempo. Poco antes de llegar a él, se giró y me agarró del cuello. Y a apretar. Fuerte. Muy fuerte. A los pocos segundos ya ni podía respirar. Forcejeé todo lo que pude para intentar soltarme, pero ese dolor me lo impedía. No conseguía coordinar ni un solo movimiento. Lo único que podía hacer era mirar cómo me estaban estrangulando. Miré a Ziram a los ojos, pero… no eran los suyos. Era él, pero su mirada no. Sus ojos eran rojos, y ni siquiera tenía pupilas. Se movían muy rápido, sin enfocar a nada. Si ya tenía miedo, con esos ojos ya estaba perdida.

-Eres… débil… – Su voz era extraña, no se parecía a la de Ziram. Parecía distorsionada.

-A… Agh… – Por supuesto, no podía hablar. Ni sabía por qué lo intenté.

¿Te crees que mereces estar aquí? ¿Que puedes empuñar mi espada como si tal cosa?

-… – Notaba ya una fuerte presión en la cara. Parecía que los ojos se me iban a saltar como siguiese así.

-No eres digna de ser mi sucesora. Nunca lo serás. Eres patética…

Se me empezó a nublar la vista. Ya ni distinguía lo que tenía delante. Sólo sabía que no iba a pasar de esa noche, y que alguien parecido a Ziram estaba acabando conmigo.

Lo último que pude ver fue a alguien, en lo alto de la torre central. Llevaba una especie de bastón, y algo parecía salir de su espalda. Y un destello azul venía de su rostro, hasta que la luz lo envolvió todo.

—–

-¡Eh! ¿Me oyes? ¡Despierta!

-¿Eh? ¿Z-Ziram?

-Sí, soy yo. Despierta, estabas teniendo una pesadilla.

-¿Era… era un sueño?

Parece que así era. Seguía en la cama todavía. Era de día, hacía calo y Ziram estaba sentado a mi lado, escoba en mano. No parecía el psicópata obsesionado con los espectros de la mañana anterior, sino el chico despreocupado de siempre. Cada vez estaba más confusa, nadie podía cambiar de forma de ser con tanta facilidad.

-Sí. Me levanté y te oí gritar, así que entré. ¿Estás bien?

-S-Sí… gracias.

-Pues venga, te espero abajo, el desayuno está listo.– Se levantó y fue rápidamente hacia la puerta.

-Espera, una cosa…

-¿Sí?

-¿Estoy aquí para sustituir a alguien?

-¿C-Cómo dices…?- Su expresión cambió de par en par. Extrañado, pero también asustado.

-En el sueño, alguien me decía que no era digna de ser su sucesora… ¿Estoy aquí por eso?

-¿Sustituir? Lo dudo mucho. Además, es un sueño, no tienes de qué preocuparte.

-Vale, ahora bajo. Ah, y gracias por el pijama.

-¡De nada! – Y se por el pasillo hasta que dejé de oír sus pasos.

Demasiadas preguntas en mi cabeza, y sólo habían pasado tres días. Ziram me daba cada vez menos confianza, y estaba claro que me ocultaba algo. Tenía la impresión de que no iba a decir nada tan fácilmente… y que quizá necesitaría ayuda.

Pero… ¿en quién podría confiar?

El poder de la escoba

-No nos desviemos del tema – Ziram volvió a coger aire y regresó a su forma anterior tan rápido como antes, casi sin darme tiempo a mirarlo. Incluso su voz cambió, aunque antes no me di ni cuenta – Sigamos con la clase.

-¿Qué toca ahora?

-Eh… tu cometido como guardiana. El principal objetivo de un guardián, aparte de las tareas encomendadas, es ocuparse de que ciertas… criaturas no anden sembrando el caos por ahí. Las llamamos espectros, y pueden ser muy pesadas a veces.

-Espectros… ¿son monstruos del más allá o algo así?

-No del todo. Te explico: esa bola luminosa que viste en tu juicio también se usa para captar las almas de los fallecidos y modificarlas en función del resultado que obtuvieron. Cuanto peor resultado tengan, más cambian.

-…

-Sin embargo, de vez en cuando un alma se resiste a pasar por el juicio, quizá por su deseo a seguir viviendo, y se escapa de este “sistema”. Se convierte entonces en un alma aislada que lucha por sobrevivir, un espectro.

-Espera, ¿no dijiste que un alma aislada se consume hasta desaparecer?

-Así es. – Ziram sonrió casi imperceptiblemente. Se alegraba de que le prestase atención, seguro. – Por eso los espectros devoran a otras almas, aisladas o no, para compensar este desgaste. Por eso son tan problemáticos. Deja unos cuantos por ahí y no quedará un alma sana en kilómetros.

-Entonces, nuestro deber es eliminarlos.

-A los peores, sí. Pero no a todos. Existen algunos que no devoran almas, simplemente captan las “partículas” de alma que hay en el ambiente. Otros sufren muy poco desgaste al ser almas sin casi defectos. Y también los hay relativamente pacíficos, aunque desconozco el motivo. Por eso, además de exterminar a los queden problemas, también hay que estudiarlos.

-Por cierto, ¿cómo son los espectros?

-Acompáñame, creo que tengo uno por aquí.

Salimos por la puerta de la cocina a la terraza, donde el sol daba de lleno. Aún hacía calor, incluso más que antes. Ziram tomó la escoba que estaba apoyada en el cristal de la puerta y sacó algo de su bolsillo. Parecía una pelota, aunque casi transparente, con un brillo verdoso.

-¿Para qué es la escoba?

-Ahora lo verás. Da unos cuantos pasos atrás.

Dejó la esfera en el suelo, entre nosotros. Empuñó fuertemente la escoba, la levantó y la descargó con fuerza contra ese objeto, provocando un pequeño estallido con un destello luminoso. Y finalmente, donde estaba la esfera ahora había un gusano de medio metro, hecho de luces brillantes, que se retorcía y buscaba un modo de escapar.

-Bejj…

-Así es un espectro. – Acercó la escoba al gusano y dejó que se enroscase en el palo. Luego lo levantó y me lo acercó, algo que no me parecía del todo bien.

-Oye, no me acerques esa cosa.

-Vamos, es inofensivo. Éste sólo va a por la carroña, no se atreve con almas enteras. Además, tú ya no tienes alma. ¿Qué peligro hay?

No estaba muy convencida. Tener a semejante cosa a centímetros de mi cara no era muy agradable.

-Además… tendrás que acostumbrarte a vivir con estos bichos, o no durarás dos días aquí.

-Ah… qué bien.

-Dime, ¿qué quieres que haga con él? ¿Lo mato o lo devuelvo a la bola?

-¿Ma… Matarlo? – En ese momento me dio miedo. Mucho miedo. Acababa de sacar a esa cosa de la esfera, y en pocos segundos quería matarla delante de mí como si tal cosa. No sabía qué responder. – ¿Por qué vas a matarlo?

-Es un espectro. Se alimenta de las almas, tanto de vivos como de muertos. No tienen ningún propósito en el sistema y sólo lo ponen en peligro. ¿Por qué no iba a hacerlo?

-P-Pero… no te ha hecho nada…

-Pero puede hacerlo. En cuanto este pequeñín crezca un poco, podrá zamparse a cualquiera sin problemas. O lo matamos, o nos matará a nosotros.

-… – Era demasiado. Ziram miraba a esa cosa como si estuviese poseído, como… como si fuese a disfruta haciéndola sufrir. De hecho, hasta el propio gusano se alejaba de él, intentando escapar.

Sí… lo mejor será acabar cuanto antes…– Sacudió la escoba y el gusano cayó al suelo. Rápidamente reptó hasta ponerse detrás de mí, huyendo de Ziram.

-Aunque… quizá sea más apropiado que lo mates tú. Será una buena iniciación.

-¿Y-Yo? – Estaba enloqueciendo por momentos. ¿Cómo iba a matarlo yo?

-Sí. Aprovecha ahora. Ten, te dejo mi escoba. -Me tendió la escoba, ofreciéndomela. Instintivamente la cogí, aunque no sabía qué hacer. Miré hacia atrás. Aquel espectro estaba todavía ahí, encogido, intentando sobrevivir. ¿Tenía yo derecho a acabar con su existencia sólo porque era un peligro?

-…

-…

Me quedé paralizada. No… No me creía que ésta era mi nueva vida. Viviendo sola con un maníaco que no tenía la más mínima duda al acabar con casi cualquier cosa. El decidir así sobre el destino de los demás… No. No podía tomar ese tipo de decisiones. No estaba hecha para ello.

-No… No puedo matarlo.– Le devolví la escoba antes de caer de rodillas derrotada. Estaba totalmente bloqueada. Ziram me miró de forma inexpresiva, como otras veces. Se limitó a sacar otra esfera del bolsillo y a tirársela al gusano, que volvió al interior con otro destello. Tras recogerla y guardarla, dejó la escoba en su sitio y volvió a la cocina.

-…

No entendía nada. Ziram había sido agradable hasta que sacó al espectro. Se volvió alguien diferente. Lo mismo ocurrió cuando me arrebató el alma en la torre.

¿Quién es el verdadero Ziram?

Lecciones de la vida

-¿Guardiana de qué?

-Ah, eh… no es tan fácil de explicar. Básicamente eres mi aprendiz. Te enseñaré a qué me dedico y me ayudarás cuando sea necesario.

-¿Y por qué? Quiero decir… ¿A qué viene esto?

-A que ésta es la única forma que tienes de recuperar tu alma. Si haces bien tu trabajo, te la devolveré poco a poco hasta que sea tuya de nuevo y puedas hacer lo que quieras sin el impedimento que soy yo.

-¿Impedimento?

-Sí. Mientras yo tenga tu alma, todas tus emociones, sentimientos, reacciones, etcétera pasará primero por mí y luego te afectarán a ti.

Entonces él supo lo del dolor del pecho de antes aunque yo no se lo dijera… él también sintió mi miedo y mi dolor de aquel momento…

De todos modos, no creas que voy a sentir lo que tú sientas, yo tengo mi propia alma y prevalece ante una… prestada. Simplemente no podrás ocultarme nada.

¿Por qué? ¿Por qué siempre se me adelantaba y sabía lo que tenía en mente?

-En fin, empecemos por lo más básico. Toma asiento.

-¿Vamos a dar la clase en la cocina?

-Podemos ir a otro sitio, si quieres, pero usar el aula para una persona… me parece un poco ridículo.

-No, no… Aquí vale.

-Bien – Mientras yo tomé una de las sillas de la cocina, él sacó un cuaderno negro, pequeño y desgastado, y empezó a hojearlo sin mucho interés.


En primer lugar, debes saber que todo ser vivo se compone de tres partes que están en equilibrio: cuerpo, mente y alma. El cuerpo es… bueno, el cuerpo. Está hecho de átomos, células, órganos… y es lo que hace que un ser vivo nazca, crezca, se reproduzca… y finalmente muere. Digamos que es la parte física y material de un ser vivo.

La mente engloba toda la información que ese ser vivo posee. Todos sus recuerdos, conocimientos, habilidades, datos… todo eso constituye la mente. Es el componente más inestable, ya que si ese ser vivo muere, toda su mente se esfuma. Como tus recuerdos cuando llegaste aquí. Hasta que no se te “estabilizó” al entregarme tu alma, tus recuerdos se desvanecieron poco a poco desde el momento de tu muerte. También es el componente que más fácil se crea, ya que cualquiera puede imaginarse e inventarse cosas. Se concentra principalmente en el cerebro o similar del ser vivo, aunque no es el único sitio.

En cuanto al alma, es el componente del que menos información tenemos. Sabemos que en ella residen las emociones y sentimientos de una persona, así como la actitud y el modo de vivir de dicho ser. Su personalidad, en otras palabras. Si eres alguien agresivo, amable, temeroso… eso depende del alma que tengas. No desaparece tan fácilmente como la mente, aunque si está aislada se va degradando poco a poco. De hecho, tanto mente como alma existen en gran medida gracias al cuerpo, que impide que desaparezcan.


-…– No sabía qué decir. Todo aquello era tan extraño… sólo podía escuchar a Ziram.

-¿Sigues ahí?

-¿Eh? Sí, sí, te escucho.

-Me da que contigo funcionarán mucho mejor las lecciones prácticas… Ten, ponte esto.

Me lanzó unas gafas. Pude ver que eran similares a unas gafas de buceo, aunque parecían distintas.

-¿Gafas de buceo? ¿Por qué?

-Póntelas, te abrirán los ojos.

Lo hice. Nada más colocarme las gafas, mi visión cambió por completo. Veía la misma cocina, a Ziram… pero diferente. Todo tenía un extraño brillo rojo, no muy fuerte. Algunas cosas, como el horno o el frigorífico, tenían además algo azulado, y lo mismo les pasaba a mis manos. En cuanto a Ziram, una luz verde intenso partía de su pecho, como si saliese de su corazón. ¿Qué era todo eso?

-Impresionante, ¿eh? Ahora estás viendo las cosas como realmente son. Cualquier cosa material se verá rojiza. Cualquier cosa que tenga algo de información, como una máquina, se verá azul.

-Entonces eso verde es… ¿tu alma?

-Nuestras. La tuya y la mía. Mientras la recuperes, yo cargaré con las dos. Por eso tú no tienes la luz verde pero yo sí.

Observé algo más. Me costó algo distinguirlo, pero dentro de la luz verde había un punto diminuto. Me levanté y me acerqué a Ziram para verlo mejor. Era una especie de bola, no más grande que una pelota de tenis, de color azul oscuro. No brillaba. Simplemente estaba ahí.

-No es por interrumpirte, pero…

Me quité las gafas y volví a la realidad. Me había acercado tanto a él que prácticamente estaba encima de él. Me miraba, desde arriba, algo sorprendido. No tardé mucho en darme cuenta de qué había hecho.

-Lo… lo siento, yo…– Empecé a enrojecerme a velocidades increíbles. ¿Cómo podía haberme abalanzado sobre él de ese modo?

-Tranquila, es comprensible. Ibas tras una bola azulada, ¿verdad?

-Pues… sí… ¿Qué era? – Volví a sentarme en la silla, intentando pensar que eso no había ocurrido.

-Verás, normalmente cuerpo, mente y alma no aguantan juntos por sí solos, tarde o temprano alguno de ellos es consumido por los demás. Por eso, en el caso de seres humanos hay una cuarta parte, un elemento estabilizador que impide que el resto haga ¡puf! Lo llamamos núcleo.

-Núcleo…

-Hay varios tipos de núcleo, cada uno con un color. Además de estabilizar al ser vivo, su se usa correctamente el núcleo otorga ciertas… habilidades.

-¿Por ejemplo?

-Eso depende del núcleo. Pero por ponerte un caso… el robot de ayer, tan grande, se paró porque tú se lo dijiste. Corrijo, tu núcleo se lo dijo. En un momento de tanta tensión se activó de forma inconsciente y pudiste pararlo.

-Entonces mi núcleo es… ¿de las máquinas?

-Impresionante. Yo tardé un par de horas en llegar a esa conclusión. En efecto, tu núcleo parece afectar a las máquinas. De hecho, creo que en un tiempo podrías poner en marcha el microondas con sólo pensarlo.

-¿Lo dices en serio? Me resulta difícil de creer…

No sabía si era cierto o no, aunque eso explicaría lo que aquel robot. Estaba viendo muchas cosas raras, pero eso…

-¿Y el tuyo? ¿Qué hace?

-El mío… je je… es… un poco embarazoso… – Parecía que le daba vergüenza hablar de eso. En seguida le subieron los colores y empezó a sudar.

-Vamos, no será tan horrible como controlar una lavadora a distancia.

-Bueno, pero no te rías.

-Vale.

Cerró los ojos y cogió aire varias veces, soltándolo de golpe. Y en pocos segundos, el Ziram que conocía se fue. Su pelo creció, sus rasgos cambiaron, su cuerpo se modificó ligeramente… y acabó convirtiéndose en una mujer.

-…

-Eh… ¿qué?… – No sabía qué decir.

-Bueno, di algo… – La vergüenza aún se notaba en su cara, toda roja. Era muy parecido a como era antes, pero… en versión femenina. La ropa disimulaba sus demás rasgos, pero se veía perfectamente que era una mujer.

-Guau… ¡Cómo mola!

-¿De verdad? ¿Te gusta?

-¡Es increíble! Incluso me das algo de envidia…

-Anda ya…

-¡Mírate! ¡Tienes un cuerpo increíble!

-… Gracias.

Había visto muchas cosas extrañas desde que llegué… pero me estaba gustando este mundo cada vez más.

El comienzo – II

Las llamas empezaban a extenderse por todas las habitaciones y pasillos, quemando todo a su paso. Tuvieron que sortear algún que otro escombro y demás obstáculos, aunque no hubo graves problemas. El principal inconveniente era el calor y el humo, el cual parecía afectar mucho más a Eva que a Ben.

-¡Vamos, Eva! ¡No podemos pararnos!

-Voy, voy… – A cada segundo que pasaba tosía de peor forma. Definitivamente no se encontraba bien.

-¡Eva! ¡¿Qué te ocurre?! ¿Puedes respirar?

-No… No muy bien…

-Ten – Ben se quitó la chaqueta del uniforme y cubrió a Eva con ella para que el humo no la afectase tanto.

Siguieron su camino a través del salón, ahora más lentamente. Ben tenía que cargar cada vez más con ella, que ya apenas se podía tener en pie. Cuando faltaba ya poco para salir, se la cargó a la espalda y decidió esforzarse él por los dos. Lo extraño fue que no encontraron ningún guardia en la puerta, sólo algunos cuerpos chamuscados. Ya fuera, miraron el edificio en el que se habían criado, ahora siendo consumido por el fuego que Ben había provocado. Ambos sintieron algo de pena al abandonar ese lugar, pero ya sabían que debían irse.

-¿Estás mejor, Eva?

-Sí, gracias, Ben… pero no quiero que cargues conmigo. Bájame.

-¿Estás segura? ¡Si no te tienes en pie!

-¡Sí, bájame! – Y Ben la dejó en el suelo para que descansase, mientras él examinaba la zona por si algún guardia los vigilaba.

No parece que haya nadie aquí, lo cual es… muy raro. No debemos quedarnos mucho tiempo aquí, los guardias llegarán en seguida.

-Y… ¿Adónde vamos? Esta… era nuestra casa…– Eva estaba empezando a arrepentirse de lo que habían hecho. Una vida entera tirada a la basura de golpe… era duro.

Escúchame – Ben se puso de rodillas delante de ella, y le sujetó suavemente la cara con las manos para que lo mirara – Acordamos hacerlo, ¿te acuerdas? Prometimos empezar una nueva vida juntos, lejos de aquí. Ya no podemos dar marcha atrás.

-B-Ben…

-Juré protegerte el día en que te conocí, y lo haré. Si te caes, estaré ahí para levantarte. Si te deprimes, te daré una razón para sonreír. Y si me muero en el intento, regresaré del maldito infierno para volver contigo. No estarás sola, nunca.

-… – Eva se dio cuenta por fin de cómo la veía Ben. No supo cómo reaccionar, todo aquello estaba pasando muy rápido.

-Y ahora hay que irse de aquí, rápido. ¿Vale?

-Sí. Vamos. – Eva se levantó por sí misma, con fuerzas renovadas tras las palabras de Ben.- Creo que ya sé dónde podemos ir, pero hay que subir.

¿Al nivel de arriba? Pero… si son…

-No son tan malos como nos los han descrito, Ben. Son personas, como nosotros. – Eva tosía de vez en cuando. El humo estaba haciendo estragos en ella, pero lo disimulaba para no preocupar a Ben.

-Está bien. ¿Por dónde salimos?

-Por la puerta del bosque. Apenas está vigilada.

Eva conocía bien esa puerta. Algunas noches tenía ciertas “crisis” nerviosas y a la mañana siguiente amanecía en un bosque, con la ropa rota y a veces cubierta de sangre. Se alarmó las primeras veces, aunque no llegó a haber víctimas humanas, tal vez algún animal de campo. En ese bosque había una puerta roja oculta por los árboles, que llevaba de nuevo al barrio en el que estaba el salón. De tantas veces haciendo el mismo camino ya sabía de memoria qué hacer para subir al otro nivel.

En pocos minutos llegaron a la salida del nivel en el que estaban, no muy lejos del salón. Procuraban no ser demasiado vistos por la gente, aunque la llamativa ropa de Eva no ayudaba demasiado. La abrieron sin problema ya que ella conocía la combinación, aunque el fuerte ruido debió alertar a los guardias, que sin duda estaban tras ellos. Al salir se encontraban en el bosque de la ciudad, completamente nevado. Ben apenas había visto la nieve desde que se fugó de casa, por lo que se quedó enmudecido al recordarla. Además, era de noche, algo que muchos del nivel de abajo no sabían qué era.

-¿N-Nieve? ¿Y es de noche?

-(plof)

Escuchó un ruido sordo a su lado. Eva se había desplomado y estaba tiritando de frío en mitad de la nieve. Su uniforme de bailarina en el salón no era precisamente ropa de abrigo, además del hecho de que ese día iba descalza.

-¡Eva! ¡Espera…!

Inmediatamente Ben se agachó y le recolocó la chaqueta. Cargó con ella en brazos de nuevo y empezó a caminar por aquel bosque, desconocido para él. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad pudo ver que no había nadie, a excepción de un par de manchas de algo oscuro, que probablemente fuese sangre.

-(Eva… esto… ¿es cosa tuya?)

No pasó mucho tiempo hasta que Ben pudo vislumbrar una colina. El suelo parecía estar pavimentado, y se veía alguna fuente de luz en la lejanía.

-Hey, Eva, ya he… – Aún seguía temblando, pero no tanto como antes. Se había dormido tras tanto ajetreo, y parecía… feliz. Se agarraba a la ropa de Ben y no se separaba de su pecho. Incluso parecía sonreír.

-(¡Vamos, por aquí! ¡Hay huellas!)

De pronto, se escucharon las voces de los guardias. Les iban pisando los talones desde que salieron de aquella puerta, y no tardarían en darles caza. Ben no pudo hacer otra cosa que empezar a correr como un loco hacia lo alto de aquella colina. Sin embargo, entre el cansancio, el peso de Eva y aquellos artefactos que robaron del salón, una carrera entre la nieve no era precisamente fácil.

-(¡Vamos, ya son nuestros!)

Ya faltaba poco para llegar a la cima, donde se encontraba una valla metálica bastante alta. No sabía cómo iban a saltarla, lo importante era llegar. Apenas le quedaban fuerzas, pero siguió corriendo.

-(¿Qué ha sido eso?)

Notó una fuerte punzada en el muslo derecho, y después otra en el costado izquierdo. Pronto supo que eran balas. Aquellos guardias ya estaban lo suficientemente cerca como para no fallar el disparo, como así fue. Las fuerzas de Ben se desvanecieron de golpe. Ya no podía ni tenerse en pie, y mucho menos cargar con Eva, quien tras la caída acabó a un par de metros de Ben. Acabó despertándose y pudo contemplar cómo Ben intentaba levantarse a pesar de sus heridas.

-¿B-Ben? ¡¡Ben!! ¡¿Q-Qué…?!

-¡Ya no podéis huir! ¡Estáis rodeados!

Los guardias llegaron a donde estaban, casi al pie de la valla. Los acorralaron en segundos, sin dejar de apuntar. Eva se arrastró hacia Ben y lo abrazó con todas sus fuerzas. Aún respiraba, pero no duraría mucho. Estaba perdiendo mucha sangre. Eva, sin saber qué hacer para salvarlo, empezó a llorar. Y a enfadarse. Mucho. Aquellos guardias habían condenado a Ben. Debían pagar. Debían morir.

-(Deben… ¡Deben morir!)

Eva empezó a retorcer la ropa de Ben de la rabia. Aún seguía llorando, pero no había ni rastro de tristeza en su rostro, sólo ira y frustración. Se prometió a sí misma controlarse, pero aquella noche no. Se levantó poco a poco, dejando caer la chaqueta. Sus ojos se habían vuelto rojos e infundían el miedo extremo en aquellos guardias.

-¿Qué…? ¿Qué está pasando? ¿No será también…?

-¡¡HABÉIS MATADO A BEN!!

Eva empezó a gritar como un animal. Su voz iba dejando de ser humana poco a poco, y el espacio a su alrededor comenzó a brillar con una luz roja. Se notaba que estaba en un inmenso dolor, y que no iba a acabar nada bien para ninguno. Ben ya estaba inconsciente, así que no podría ver aquel espanto.

La sangre y los gritos surgieron en pocos segundos. La masacre no duró mucho más que con las ovejas, y el resultado fue muy parecido. La nieve se tiñó de rojo en una zona considerable, y la valla acabó destrozada por aquella zona. Los guardias quedaron irreconocibles. Eva, ya al límite de sus fuerzas, volvió a la normalidad y se desmayó junto a Ben. Y la oscuridad inundó de nuevo la zona ocultando la escena a cualquiera.

A cualquiera, excepto a dos ojos castaños que, desde la ventana de la casa tras aquella valla, habían visto todo.

El comienzo

Aquella noche una tormenta estaba asolando la ciudad. Llevaba así casi todo el día, y no parecía que fuese a parar fácilmente. Las nubes habían oscurecido el cielo del todo, provocando una oscuridad casi perpetua. Esa misma noche hubo jaleo en los barrios bajos. Se escuchó una gran cantidad de disparos, golpes e incluso alguna que otra explosión. El lugar no podía ser otro que el salón de variedades del barrio, donde los más pudientes se reunían para negociar o aliviar tensiones tras un día de trabajos de dudosa legalidad. Sin embargo nadie, o casi nadie, habrían pensado que las cosas iban a cambiar pronto.

El conflicto comenzó con la llegada de los tres líderes de la zona al salón, donde iba a cerrarse un negocio que implicaba ciertos… artefactos, más exactamente armas. En concreto tres, una por cada líder, procedentes del dueño del local. Estaban encerrados en arcones para su seguridad y transporte, así como para que nadie supiese lo que había dentro.

La reunión y la entrega comenzaron como estaba planeado, sin que el personal del local sospechase lo más mínimo, a excepción de uno de ellos que empezaba a notar que las cosas no encajaban del todo. Esta oveja descarriada era Ben, un friegasuelos que se crió en el salón desde crío y que llegó a ser consciente de la verdad tras aquel lugar y los lavados de cerebro a quienes allí vivían y trabajaban. Fugado de casa a una muy temprana edad, Ben empezó una nueva vida trabajando en aquel lugar, a pesar de que nunca era recompensado.

Desde que entró, Ben sólo tenía ojos para Eva, la principal bailarina del salón y la más solicitada por su gran talento. También era la favorita de los líderes, lo cual la hacía gozar de ciertos privilegios, si bien apenas se aprovechaba de su posición. Eva sólo veía a Ben como un buen amigo, ya que no compartía su opinión de que estaban allí retenidos contra su voluntad y que hubiese algo más grande y oscuro tras las puertas de la sala de reuniones. A pesar de ello lo tenía en gran estima por su ingenio y su carácter lanzado cuando se requería, además de que ambos se conocían de críos.

Durante los últimos días antes del incidente, Ben había empezado a investigar qué había dentro de aquellos arcones. Con frecuencia se dejaba llevar por sus intuiciones y llegaba a conclusiones realmente absurdas que nadie tenía en cuenta hasta que, por alguna razón, eran ciertas. Por eso Eva, aunque sabía que el plan de Ben era una locura, creía que algo iba a cambiar por una vez.

El plan era sencillo: fugarse del salón y empezar una nueva vida. Para ello aprovecharían que todo el personal estaría ocupado con los tres líderes y que el despacho del dueño, donde guardaban esos arcones, estaría vacío. Así, mientras Eva los mantenía ocupados el tiempo suficiente, Ben se colaría y robaría alguno de esos extraños artefactos para tener una oportunidad más de escapar. Entrar fue fácil, lo que costó más fue abrir los arcones. Cada uno de ellos tenía una cerradura de combinación, imposible de forzar, por lo que averiguar la combinación correcta llevaría más tiempo de lo disponible.

El primer arcón contenía un estuche alargado con un par de revólveres de cañón ancho. No había munición alguna ni cargadores de ningún tipo, por lo que Ben intuyó que no la necesitaba. Eran relativamente ligeros y muy manejables, y estaban decorados con líneas de color naranja. En cuanto al estuche, parecía una enorme caja con una correa unida a un cinturón, el cual ajustaba perfectamente. Sin pensarlo dos veces, se colocó el estuche, guardó los revólveres y se dispuso a abrir el segundo arcón.

Averiguar la combinación le llevó algo más de tiempo que antes, y temía que Eva no pudiese contenerlos lo suficiente. Sin embargo, sabía que los nervios no ayudarían en una situación así, de modo que intentó controlarse todo lo que pudo. En el segundo encontró una espada, de hoja muy ancha y mango corto, de poco más de medio metro de longitud. La hoja tenía varios agujeros y un solo filo, además de varias pistas de color rojo. Venía acompañada por la vaina, abierta por ambos extremos, y también acoplada a un cinturón. Pesaba bastante más que los revólveres y se manejaba mucho peor. Consideró el dársela a Eva, aunque no estaba muy seguro de si era una buena idea.

Ben imaginaba que ya no le podía quedar mucho más tiempo, pero se atrevió a probar con el tercer arcón. Algo le daba confianza, quizá fuese tener ya dos de esas armas en su poder. A pesar de eso, nada impidió que el dueño se levantase de su sillón, regresar a su despacho y pillarlo con las manos en la masa.

-Veo que a alguien le gusta meterse donde no le llaman.

Instintivamente, Ben dejó de intentar abrir el arcón y empuñó uno de los revólveres. Acto seguido, se levantó apuntó a su jefe y padre adoptivo.

-No lo haría si no me dieses motivos.

-Vamos, vamos… deja eso. No sabes ni qué es ni cómo funciona…

-¿Apretar el gatillo y ya?

-Hazlo si quieres, no funcionará…

-¿Cómo que no funcionará?

-Esas armas están diseñadas para que sólo un determinado tipo de personas puedan usarlas. El odio y la venganza deben correr por sus venas para que puedan hacer algo. Además… hay que tener algo especial… y me temo que tú no lo tienes.

Ben empezó a enfadarse. Esa actitud arrogante le hizo recordar todo por lo que había pasado. Tras tantos años, ni un trato amable, ni un mísero apoyo, siempre trabajando. Tuvo que aprender a vivir por las malas, y sólo podía agachar la cabeza y aceptar lo que él mismo había escogido…

-En fin, acabemos con esto.

Varios hombres grandes como armarios aparecieron detrás del dueño del local. Sin duda era su equipo de seguridad, dispuestos a callar a Ben a golpes si era preciso. No venían solos. Dos de ellos estaban sujetando a Eva, que se retorcía sin resultado.

-¡Eva! ¡Suéltala!

-¿Te crees que no nos daríamos cuenta de vuestro plan? ¿No te pareció sospechoso que la puerta del despacho estuviese abierta con tales objetos detrás?

Se enfadó más todavía. Todavía empuñaba el revólver, esta vez con más fuerza. Dudaba sobre si disparar, pero motivos no le faltaban. Lo único que tenía en la cabeza era salvar a Eva y escapar los dos de allí, a cualquier precio. Incluso si debía convertirse en un asesino… lo haría por ella.

-Tú… ¡Tú…!

El dueño se acercó a Eva para verla más de cerca.

-Eva, has sido importantísima para que este negocio se levantase… – acercó su mano a su rostro – una pena que tengamos que acabar con vosotros…

La cara de los guardias cambió. Estaban asombrados, quizá incluso tenían miedo.

-NO… LA… ¡TOQUES!

Ben estaba encendido. Apretaba los dientas y su mirada era más propia de una bestia que de una persona. Sus ojos habían tomado un color cobrizo, casi naranja. Y ambos revólveres, ya desenfundados, empezaron a brillar.

-¿C-Cómo estás…? ¡No! ¡No es posible! ¡Vosotros, acabad con él antes de que todo esto vuele por los aires!

Pero no pudieron. El miedo les impedía reaccionar. Lo único que podían hacer era ver a Ben. Había puesto los brazos en cruz, y miraba hacia abajo. Los revólveres brillaban cada vez más, como si fuesen a explotar.

-¡No puede ser cierto!

Una explosión sacudió todo el barrio, rompiendo cristales por doquier. Varias llamaradas salieron del despacho, ahora incendiado, y consumieron a quien estuviese por delante. Los guardias estaban carbonizados. El dueño estaba también muy mal, pero seguía vivo. Eva y Ben estaban ilesos, lo cual era casi un milagro. Ben se dirigió a su agonizante jefe, mirándolo con desprecio.

-…– Tenía ganas de rematarlo y hacerle pagar por todo. Pero no pudo evitar regresar con quien había salvado.

-¡Ben! – Eva se lanzó sobre él y lo abrazó. Estaba temblando.- ¿Qué ha sido eso?

-… – Aún estaba en shock. No se imaginaba que él hubiese hecho todo eso. ¿Era cosa de aquellas armas o era él?

¡Ben, tenemos que irnos!

-¿Eh?-volvió en sí – ¡Espera! Ten, por si hay problemas – le pasó la vaina con la espada.

-¿Quieres que yo… pelee?

-Sí. Tenemos que protegernos el uno al otro, como hemos hecho siempre.

Se cogieron de la mano, haciéndose la promesa de que siempre estarían ahí, para ayudar al otro. Siempre.

-¡Vamos, hay que salir de aquí!